DOMINGO 8 DE FEBRERO, 2026

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

En Vietnam, apenas termina la Navidad, la gente comienza a prepararse para el Tết, el Año Nuevo Lunar, pasando casi sin darse cuenta de una alegría a la siguiente. Todavía recuerdo cómo los hogares iban cobrando vida poco a poco: los pisos cuidadosamente limpiados, el altar familiar renovado, las flores colocadas con sencillez y las luces encendidas suavemente, como si la casa misma respirara esperanza. No eran preparativos apresurados, sino gestos llenos de sentido. Limpiar era una manera de soltar lo que ya no servía. Encender la casa era un deseo silencioso de que el nuevo año comenzara con claridad, paz y bendición. No había una larga pausa de invierno ni la sensación de que la celebración tuviera que esperar. Incluso el aire parecía más liviano, y los corazones más dispuestos a acoger lo que venía.

Aquí, en los Estados Unidos, el ritmo es distinto. La Navidad suele terminar justo cuando el frío se vuelve más intenso, los días se acortan y la primavera todavía parece lejana. Sin embargo, ese contraste nos ayuda a descubrir algo profundamente humano y profundamente espiritual del Tết: su insistencia serena en que la luz debe cuidarse con intención. El calor no llega solo; se construye. La luz no aparece únicamente en las decoraciones, sino en las puertas que se abren para recibir a la familia y a los amigos, en el respeto a los mayores, y en los niños que reciben el lì xì—pequeños sobres rojos que no llevan solo dinero, sino bendiciones, ánimo y esperanza para el futuro. En estas tradiciones sencillas, los corazones se calientan, los lazos se fortalecen y la alegría echa raíces sin hacer ruido.

Por eso el Evangelio de hoy nos resulta tan cercano. Jesús mira a sus discípulos y les dice: “Ustedes son la luz del mundo” (cf. Mt 5,13-16). No lo dice como un elogio, sino como una misión confiada a personas comunes que aprenden, día a día, a seguirlo. Esa luz no está hecha para ser admirada de lejos ni guardada para ocasiones especiales. Está hecha para vivirse: en la paciencia cuando cuesta, en el perdón cuando duele, y en la generosidad que no espera nada a cambio. Vivida de manera sencilla y fiel, esa luz ayuda a otros a encontrar el camino y les recuerda que Dios no los ha olvidado.

El profeta Isaías nos recuerda que esa luz brilla con más fuerza cuando se vuelve concreta: cuando se comparte el pan con el hambriento, cuando no se ignora al afligido, cuando la compasión se convierte en acción (cf. Is 58,7-10). San Pablo dice lo mismo con otras palabras, recordándonos que el poder de Dios no depende de discursos brillantes ni de argumentos ingeniosos, sino que se manifiesta en la humildad, la sinceridad y la confianza (cf. 1 Co 2,1-5).

Al entrar en el Año del Caballo, se nos ofrece también un símbolo lleno de fuerza y dinamismo. En muchas culturas asiáticas, el caballo representa energía, resistencia, fidelidad y perseverancia. No se queda inmóvil ni avanza sin convicción; sigue adelante con propósito. Espiritualmente, este año nos invita a no instalarnos cómodamente en la fe, sino a seguir caminando, llevando la luz que hemos recibido a nuevas situaciones, nuevas relaciones y nuevas formas de servicio. El Año del Caballo nos anima a perseverar con esperanza, confiando en que la gracia de Dios nos sostendrá incluso cuando el camino se haga largo.

Junto con los sacerdotes de nuestra parroquia, les expreso mis mejores deseos a todos ustedes, para que este Año Nuevo Lunar esté colmado de paz, alegría y esperanza renovada. Los tenemos muy presentes en la oración, especialmente durante la Misa Solemne de Año Nuevo este domingo a las 3:00 p.m., organizada por nuestra vibrante comunidad vietnamita.

Que este nuevo año nos encuentre no escondiendo nuestra luz, sino colocándola donde debe estar—en lo alto—para que, a través de nuestras vidas, otros puedan descubrir la bondad de Dios y darle gloria.

Feliz Año Nuevo – “Chúc Mừng Năm Mới!”

Mons. “Juan” Cuong M. Pham