28 DE ABRIL DE 2024

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

En este quinto domingo de Pascua, les invito a reflexionar sobre una situación muy conmovedora: imaginen que solo tienen un día para compartir lo más profundo de su corazón con alguien muy querido. ¿Qué verdades esenciales compartirían? Esta misma situación se presenta en el Evangelio de hoy, donde Jesús, en las horas previas a su crucifixión, imparte enseñanzas finales y profundas a sus discípulos: una serie de exhortaciones y ánimos conocidas como el “discurso de despedida”.

Jesús hace una declaración cargada de significado: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador” (Juan 15:1). Esta afirmación va más allá de una simple metáfora, destacando su papel único e irremplazable como fuente de vida y sustento espiritual. Así como las ramas dependen de la vid para sobrevivir y prosperar, nosotros dependemos de Cristo para florecer en la virtud: “Permanezcan en mí, como yo en ustedes. Ninguna rama puede dar fruto por sí misma; debe permanecer en la vid. Ustedes tampoco pueden dar fruto a menos que permanezcan en mí” (Juan 15:4). El fruto al que Jesús se refiere son las virtudes que se desarrollan a partir de una vida arraigada en Él, signos visibles de nuestra transformación interna.

San Pablo nos muestra claramente las consecuencias de una desconexión con Cristo, enumerando actos como la “inmoralidad sexual, impureza, libertinaje; idolatría, hechicerías; enemistades, discordias, celos, arrebatos de ira, ambiciones egoístas, disensiones, sectarismos y envidias; borracheras, orgías y cosas similares” (Gálatas 5:19-21). Estas conductas contrastan radicalmente con el fruto del Espíritu, que incluye “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, gentileza y autocontrol” (Gálatas 5:22-23), virtudes que solo surgen de una vida profundamente conectada con Cristo.

Jesús nos enseña que Dios actúa como un jardinero, cuidando activamente de nuestro crecimiento espiritual: “A toda rama mía que no dé fruto, la corta; y a toda la que da fruto, la poda para que dé más fruto aún” (Juan 15:2). Las pruebas de la vida, aunque difíciles, son las maneras en que Dios nos poda. Estos desafíos, aunque dolorosos, están destinados a refinarnos y profundizar nuestra fe, despojándonos de lo que nos impide avanzar y aumentando nuestra dependencia de Él. Como nos enseña Hebreos 12:11, “Ninguna disciplina parece agradable en su momento, sino dolorosa; pero después produce un fruto de justicia y paz para los que han sido entrenados por ella.” Aceptar estos momentos con confianza nos permite que la gracia de Dios nos transforme en seguidores más fuertes y fieles de Cristo.

Les invito a reflexionar sobre su vida esta semana. ¿Hay dificultades en su vida que podrían ser momentos de poda divina? ¿Qué hábitos, actitudes o comportamientos necesitan ser cambiados? ¿Qué podría estar pidiéndoles Dios que entreguen para ser más fructíferos? Consideren estas preguntas en oración, pidiendo a Dios que revele las áreas que necesitan su trabajo transformador. Confiar en su proceso, sabiendo que, a través de él, Dios nutre nuestro crecimiento y nos moldea para reflejar mejor el carácter de Cristo.

Que esta semana sea un tiempo de reflexión significativa y renovación espiritual mientras buscan profundizar su conexión con Cristo, la vid verdadera.

Con mi recuerdo en el Altar, suyo en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham

 

 

 

21 DE ABRIL DE 2024

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,

En este cuarto domingo de Pascua, observamos el Domingo del Buen Pastor, un día también designado como el Día Mundial de Oración por las Vocaciones. En nuestras lecturas de la Misa, nos sumergimos en la imagen del cuidado amoroso de Dios por nosotros, retratado a través de la vigilancia firme de un pastor cuidando a su rebaño.

La metáfora perdurable del Buen Pastor sigue resonando profundamente en nuestros corazones, evocando nuestro anhelo innato de guía y protección. El Salmo 23, “El Señor es mi Pastor”, sigue siendo una piedra angular querida de nuestra fe, encarnando la seguridad de la provisión divina y la orientación. Pero ¿por qué esta antigua imagen sigue hablándonos en nuestro mundo moderno, post-agrícola? La respuesta es bastante simple: todos anhelamos un pastor. En tiempos de turbulencia e incertidumbre, buscamos a alguien que nos guíe, proteja y oriente, al igual que las ovejas confían instintivamente en su pastor para dirección y seguridad.

Como ovejas, los seres humanos somos seres inherentemente sociales, encontrando consuelo y seguridad en la comunidad. Ya sea en deportes, política, trabajo o escuela, naturalmente nos inclinamos hacia individuos afines, unidos por intereses y creencias compartidas. Sin embargo, dentro del tapiz de nuestras comunidades de fe, reconocemos una unidad única en medio de la diversidad. La unidad y el amor entre pastores y sus rebaños son esenciales para el florecimiento del cuerpo de Cristo, trayendo gloria al Señor y ofreciendo esperanza al mundo.

Cuando Jesús reunió a sus discípulos, demostró la importancia de la comunidad en nuestro viaje de fe. Al igual que las ovejas que reconocen la voz de su pastor en medio del caos, estamos llamados a prestar atención a la voz de Cristo en medio del clamor de voces competidoras en nuestro mundo moderno. Él es el pastor que necesitamos, ofreciendo consuelo y dirección en medio de las complejidades y desafíos de la vida.

El ministerio de los sacerdotes en la Iglesia sirve como una encarnación tangible del cuidado pastoral de Cristo por su rebaño. Así como Jesús designó discípulos para continuar su obra en la tierra, también llama a pastores en cada generación para cuidar de sus ovejas. El título de “pastor”, otorgado a los sacerdotes parroquiales, subraya su papel como pastores espirituales, encomendados con la tarea sagrada de guiar, alimentar y nutrir a su rebaño.

Por lo tanto, elevemos en oración a nuestros sacerdotes, especialmente a nuestros párrocos que llevan el peso de pastorear a sus congregaciones. Recordemos también a los seminaristas, jóvenes que están discerniendo el llamado al sacerdocio, y brindémosles nuestro apoyo y aliento en su viaje de fe. Al nutrir a futuros pastores, aseguramos la continuación del ministerio de Cristo en la tierra, garantizando que su rebaño siempre sea cuidado con amor y atención.

Estoy sinceramente agradecido por el apoyo y el respeto que ustedes han brindado a mis hermanos sacerdotes y a mí en nuestra comunidad parroquial. Sus oraciones y alientos nos fortalecen en nuestro compromiso de servir fielmente al pueblo de Dios. Por favor, continúen cercanos a nosotros en oración mientras navegamos los desafíos de nuestro llamado con humildad y devoción. Sepan que estamos aquí para cuidarlos, especialmente para aquellos entre nuestro “rebaño” que puedan sentirse particularmente necesitados.

Encomendándolos a todos al cuidado amoroso de Jesús, nuestro Buen Pastor, me despido,

Atentamente,

Msgr. Cuong M. Pham

April 14, 2024

Dear friends in Christ,

As we gather this third Sunday of Easter, I am reminded of a true story from Ripley’s Believe It or Not about a judge in Yugoslavia who was pronounced dead after an unfortunate accident, only to wake up in a funeral home! Imagine the shock of his wife, neighbors, and the night watchman when he began making calls or showing up at their doors, very much alive. This bizarre yet humorous tale echoes today’s Gospel reading from Luke 24:35-48, where Jesus, too, had to convince His disciples He was not a ghost but alive, resurrected in His glorified body.

This past week, I had an enriching experience that mirrored the challenge of belief and witness to the Resurrection of Jesus. I rode in a Lyft taxi, driven by a young, inquisitive Muslim. Our conversation veered into a deep discussion about faith, specifically about the Resurrection of Jesus Christ. He questioned how Christians could be so certain that Christ indeed rose from the dead and that it wasn’t merely someone’s imagination. I shared with him that while there is a lot of compelling empirical evidence pointing towards the Resurrection, such as the famous Shroud of Turin, the Relics of the Passion, and historical accounts outside the Bible about the early Church’s transformation by their belief in Christ being alive, the heart of this belief is still a matter of faith that transcends scientific evidence.

The Apostles themselves gave the most potent witness to the Resurrection, even unto death. They could not have willingly faced martyrdom for a mere idea or hallucination but did so for a real, living Person whom they experienced as being alive. Although I am not sure if our animated discussion turned my driver into a believer, it was gratifying to share with him what I believe, bringing him closer to understanding the Christian perspective.

Today’s Gospel profoundly illustrates the reality of Christ’s Resurrection. By inviting His apostles to look closely at Him, touch Him, and observe Him eating, the risen Jesus dispelled any notion that they were witnessing a ghost. He demonstrated that He was as real and alive. This authentic encounter is what transformed the apostles into fervent witnesses of Christ’s Resurrection. Their faith was deeply rooted in the personal and communal experience of Jesus as the living Lord.

This brings us to the crux of today’s Gospel message and our own lives as followers of Christ. Today, the risen Jesus still invites us to a personal and communal encounter with Him, especially in the Holy Eucharist, which is not merely an abstract idea or tradition but a vibrant, transformative experience of His living presence.

Just as the Yugoslavian judge’s return to life was met with disbelief, so too we must bridge the gap of skepticism with the truth and vitality of Jesus Christ. Our strongest testimony is not found in words alone but in the transformative power of our encounters with the Risen Lord. When the joy, love, and peace of Christ are evident in our lives, even the most skeptical can become curious about the source of our hope.

Let us, therefore, renew our commitment to embody and share the joy of the living Christ. As Easter people, may our lives reflect the hope and renewal found in Christ’s Resurrection.

Peace and blessings,

Msgr. Cuong M. Pham

FEBRUARY 18, 2024

We are excited to announce the launch of the 2024 Annual Catholic Appeal this week. We encourage everyone to watch the inspiring 2024 ACA video, available on our parish’s social media platforms and website. Along with the video, you’ll find a detailed explanation in our bulletin about why your contributions are so important.

Please note that this Monday, February 19, which is Presidents’ Day, our schedule will be adjusted for the federal holiday. We will hold a single Mass at 9AM in the main church. Following the Mass and the Rosary recitation, the church and parish office will be closed for the rest of the day.

On Tuesday, February 20, our parish is honored to participate in the Diocesan Lenten Pilgrimage, featuring 40 designated “Station Churches.” Join us for a “Day of Lenten Renewal” starting with a Solemn Mass by Bishop Robert Brennan at 8AM. The day will be filled with Holy Masses, Adoration of the Blessed Sacrament, Stations of the Cross, and other Devotions, all in the main church. 

• We request that all group leaders actively encourage and invite your group members to attend the 8AM Mass with the Bishop and participate in the other programs scheduled for that day. Our parish’s celebration will be highlighted on the NET TV Prayer Channel and covered in “The Tablet” diocesan newspaper.

For a complete schedule, please refer to our bulletin, website, and Facebook page. Enhance your Lenten journey by downloading the “LENTEN PILGRIMAGE APP” from the App Store or Google Play Store. This app provides information on all Station Churches and allows you to check in at each site you visit. Don’t miss this opportunity for spiritual growth during Lent at our parish.

Join us every Friday during Lent for the Stations of the Cross. These will be held in English following the 12PM Mass, and in Spanish at 7PM, both in the chapel.

For more details on these and other events, please take a copy of our weekly bulletin as you leave the church or read here on our website.

January 28, 2024

Dear friends in Christ,

As we enter the fourth Sunday in Ordinary Time, our hearts and minds are drawn to the Scriptures of this Sunday Mass, which speak poignantly to the human condition of anxiety. I am particularly inspired by St. Paul’s counsel for us to be free from anxieties and focus solely on the Lord (cf. 1 Corinthians 7:32-35) and by the story of Jesus liberating a man possessed by an unclean spirit (cf. Mark 1:21-28), a poignant symbol of the paralyzing fear and anxiety we too often face.

It is undeniable that anxiety is a present reality in our lives. Like a pervasive shadow, it can cripple our spirit and hinder the joy of living. At its best, anxiety distracts us from our relationship with God and the truth that He is “Lord of heaven and earth” (Matthew 11:25). At its worst, it is a crippling disease, taking over our minds and plunging our thoughts into darkness. Essentially, anxiety is the natural result when our hopes are centered in anything short of God and His will for us.

While anxiety is a natural human experience, it is not what God wants for us. He desires us to live lives characterized not by fear and worry, but by faith, hope, and peace. St. Paul the Apostle advises us “not to be anxious about anything, but in everything, through prayer and supplication with thanksgiving, to let our requests be known to God. And the peace of God, which surpasses all understanding, will guard your hearts and your minds in Christ Jesus” (Philippians 4:6-7).

Our journey to overcoming anxiety begins with a shift in focus. We are called to fix our thoughts on Jesus and the eternal promise of heaven (cf. John 14:2-3). This shift in perspective allows us to see our earthly fears in the light of God’s eternal love and power.

Scripture scholars tell us that the phrase “Be not afraid” appears 366 times in the Bible– a daily reminder of God’s constant presence and care. The stories of Saints who have walked before us are a testament to the transformative power of faith in the face of fear. Saints like Martha, Mary Magdalene, Catherine of Siena, our Holy Martyrs, John Paul II, Teresa of Calcutta and others, each faced their unique fears and anxieties by placing unwavering trust in the Lord. Their courage and strength came from a deep-seated faith and understanding of God’s omnipotence.

To confront our own anxieties, we must first deepen our commitment to Christ, finding security and peace in Him. Prayer is indeed the key to overcoming or coping with anxiety, for it reassures us of God’s presence and reminds us of our need to rely on His strength, not on our own. As St. John Vianney said, “God commands you to pray, but He forbids you to worry.”

Serving others shifts our focus from self-centered worries to the needs of those around us. Setting a time limit on our worries and learning to live one day at a time are also practical steps that can greatly alleviate the burden of anxiety.

I leave you with the profound words of St. Teresa of Avila, which resonate with the peace and strength found in our faith: “Let nothing disturb you, nothing cause you fear. All things pass; God is unchanging. Patience obtains all. Whoever has God needs nothing else; God alone suffices.” May her words guide and comfort you in times of anxiety.

In Christ’s love and peace,

Msgr. Cuong M. Pham

28 DE ENERO DE 2024

Queridos amigos en Cristo,

Al entrar en el cuarto domingo del Tiempo Ordinario, nuestros corazones y mentes se sienten atraídos por las Escrituras de esta Misa dominical, que hablan conmovedoramente sobre la condición humana de la ansiedad. Me siento particularmente inspirado por el consejo de San Pablo de liberarnos de las ansiedades y centrarnos únicamente en el Señor (cfr. 1 Corintios 7:32-35) y por la historia de Jesús liberando a un hombre poseído por un espíritu impuro (cfr. Marcos 1:21-28), un símbolo conmovedor del miedo y la ansiedad paralizantes que a menudo enfrentamos.

Es innegable que la ansiedad es una realidad presente en nuestras vidas. Como una sombra omnipresente, puede debilitar nuestro espíritu y obstaculizar la alegría de vivir. En su mejor momento, la ansiedad nos distrae de nuestra relación con Dios y de la verdad de que Él es “Señor del cielo y de la tierra” (Mateo 11:25). En su peor momento, es una enfermedad incapacitante, que se apodera de nuestras mentes y sumerge nuestros pensamientos en la oscuridad. En esencia, la ansiedad es el resultado natural cuando nuestras esperanzas están centradas en algo que no sea Dios y Su voluntad para nosotros.

Aunque la ansiedad es una experiencia humana natural, no es lo que Dios quiere para nosotros. Él desea que vivamos vidas caracterizadas no por el miedo y la preocupación, sino por la fe, la esperanza y la paz. San Pablo Apóstol nos aconseja “no estar ansiosos por nada, sino en todo, mediante la oración y la súplica con acción de gracias, hacer conocer nuestras peticiones a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).

Nuestro viaje para superar la ansiedad comienza con un cambio de enfoque. Estamos llamados a fijar nuestros pensamientos en Jesús y la promesa eterna del cielo (cfr. Juan 14:2-3). Este cambio de perspectiva nos permite ver nuestros miedos terrenales a la luz del amor y poder eternos de Dios.

Los eruditos de las Escrituras nos dicen que la frase “No tengas miedo” aparece 366 veces en la Biblia, un recordatorio diario de la presencia constante y el cuidado de Dios. Las historias de los santos que nos han precedido son un testimonio del poder transformador de la fe frente al miedo. Santos como Marta, María Magdalena, Catalina de Siena, nuestros Santos Mártires, Juan Pablo II, Teresa de Calcuta y otros, enfrentaron sus miedos y ansiedades únicos colocando una confianza inquebrantable en el Señor. Su valor y fortaleza vinieron de una fe profunda y del entendimiento de la omnipotencia de Dios.

Para enfrentar nuestras propias ansiedades, primero debemos profundizar nuestro compromiso con Cristo, encontrando seguridad y paz en Él. La oración es, de hecho, la clave para superar o lidiar con la ansiedad, ya que nos asegura de la presencia de Dios y nos recuerda nuestra necesidad de confiar en Su fuerza, no en la nuestra. Como dijo San Juan Vianney, “Dios te manda a orar, pero te prohíbe preocuparte”.

Servir a los demás cambia nuestro enfoque de preocupaciones centradas en uno mismo a las necesidades de quienes nos rodean. Establecer un límite de tiempo en nuestras preocupaciones y aprender a vivir un día a la vez también son pasos prácticos que pueden aliviar en gran medida la carga de la ansiedad.

Les dejo con las profundas palabras de Santa Teresa de Ávila, que resuenan con la paz y la fortaleza que se encuentran en nuestra fe: “Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa; Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta”. Que sus palabras los guíen y consuelen en momentos de ansiedad.

En el amor y la paz de Cristo,

Mons. Cuong M. Pham

October 29, 2023

Dear brothers and sisters in Christ,

In these times of turmoil and violence in the Holy Land, our hearts are heavy as we witness the suffering of both Israelis and Palestinians, caught in a long-standing and complex conflict. Our thoughts and prayers extend to every victim, their grieving families, and all those ensnared in this vicious cycle of violence.

As we come together to celebrate the Eucharist on this 30th Sunday of Ordinary Time, the liturgical Scriptures profoundly resonate with our current situation, challenging us to live out Christ’s greatest commandment of love, even in the most turbulent of times. In the first reading from Exodus, we are reminded of God’s unequivocal call to protect and cherish the underprivileged (Ex 22:20-26). St. Paul, in his letter to the Thessalonians, applauds their faith in Christ and the mutual love it has kindled among them (1 Thes 1: 5c-10). The Gospel of St. Matthew, however, brings us to the core of Jesus’ teaching: to love God wholeheartedly and to love our neighbor as ourselves (Mt 22:34-40). These Scriptures, in harmony, urge us to a love that transcends borders, recognizing the divine image in each person, affirming the sanctity and worth of every human life.

The horrific escalation of violence in the Holy Land, ignited by the ruthless attack by Hamas terrorists and intensified by Israel’s severe retaliatory actions, has caused unimaginable suffering on both sides. The world grieves for the innocent lives lost, the families broken, and the communities ravaged. In the midst of this, many of us find ourselves in a tangled web of emotions and allegiances, further complicated by our polarized global political climate. There is a palpable sense of ambivalence. Many people grapple with the tension of supporting Israel’s right to self-defense while simultaneously empathizing with the Palestinians’ struggles and hardships.

In this, the teaching of Jesus on love and neighborliness becomes not only timely but also profoundly challenging, demanding of us an extraordinary courage. To love amidst conflict calls us to rise above our biases, to acknowledge the inherent dignity in every person, irrespective of their nationality or faith. It is a vehement call to denounce violence in all its forms, recognizing its capability only to perpetuate more violence and its stark contradiction to the Gospel.

As disciples of Christ, we are impelled to condemn violence and uphold justice. This responsibility transcends our personal opinions on the conflict, reminding that Israelis and Palestinians alike are our neighbors, created in God’s image. The command to love our neighbor knows no borders; it is an urgent call to justice, peace, and reconciliation for all.

The situation in the Holy Land is deeply entrenched in history and pain, and it does not lend itself to simple or quick solutions. Yet, we must not lose hope. The teaching of Jesus challenges us to believe in the transformative power of love. Let us pray for the strength to renounce hatred and revenge, choosing instead the path of justice, mercy, and reconciliation.

In Christ’s peace,

Msgr. Cuong M. Pham

29 DE OCTUBRE, 2023

Estimados hermanos y hermanas en Cristo,

En estos tiempos de turbulencia y violencia en la Tierra Santa, nuestros corazones están pesarosos al ser testigos del sufrimiento de tanto israelíes como palestinos, atrapados en un conflicto largo y complejo. Nuestros pensamientos y oraciones se extienden a cada víctima, sus familias en duelo y todos aquellos atrapados en este cruel ciclo de violencia.

Al reunirnos para celebrar la Eucaristía en este 30º Domingo del Tiempo Ordinario, las Escrituras litúrgicas resuenan profundamente con nuestra situación actual, desafiándonos a vivir el mayor mandamiento de amor de Cristo, incluso en los tiempos más turbulentos. En la primera lectura del Éxodo, se nos recuerda el llamado inequívoco de Dios a proteger y cuidar a los desfavorecidos (Ex 22:20-26). San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, elogia su fe en Cristo y el amor mutuo que ha encendido entre ellos (1 Tes 1: 5c-10). Sin embargo, el Evangelio de San Mateo nos lleva al núcleo de la enseñanza de Jesús: amar a Dios con todo nuestro ser y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mt 22:34-40). Estas Escrituras, en conjunto, nos instan a un amor que trasciende fronteras, reconociendo la imagen divina en cada persona, afirmando la santidad y el valor de cada vida humana.

La terrible escalada de violencia en la Tierra Santa, desatada por el brutal ataque de los terroristas de Hamas e intensificada por las severas acciones de represalia de Israel, ha causado un sufrimiento inimaginable en ambos bandos. El mundo llora por las vidas inocentes perdidas, las familias destrozadas y las comunidades devastadas. En medio de esto, muchos de nosotros nos encontramos en una maraña de emociones y lealtades, aún más complicada por nuestro clima político global polarizado. Hay un sentido palpable de ambivalencia. Muchas personas luchan con la tensión de apoyar el derecho de Israel a defenderse, mientras simultáneamente empatizan con las luchas y penurias de los palestinos.

En esto, la enseñanza de Jesús sobre el amor y la vecindad no solo es oportuna sino también profundamente desafiante, exigiéndonos un coraje extraordinario. Amar en medio del conflicto nos llama a superar nuestros prejuicios, a reconocer la dignidad inherente en cada persona, independientemente de su nacionalidad o fe. Es un llamado vehemente a denunciar la violencia en todas sus formas, reconociendo su capacidad para perpetuar más violencia y su flagrante contradicción con el Evangelio.

Como discípulos de Cristo, estamos impelidos a condenar la violencia y defender la justicia. Esta responsabilidad trasciende nuestras opiniones personales sobre el conflicto, recordándonos que tanto Israelíes como Palestinos son nuestros prójimos, creados a imagen de Dios. El mandamiento de amar a nuestro prójimo no conoce fronteras; es un llamado urgente a la justicia, la paz y la reconciliación para todos.

La situación en la Tierra Santa está profundamente arraigada en la historia y el dolor, y no se presta a soluciones simples o rápidas. Sin embargo, no debemos perder la esperanza. Las enseñanzas de Jesús nos desafían a creer en el poder transformador del amor. Oremos por la fortaleza para renunciar al odio y la venganza, eligiendo en su lugar el camino de la justicia, la misericordia y la reconciliación.

En la paz de Cristo,

Mons. Cuong M. Pham

APRIL 30, 2023

This week begins the Month of May, a time set aside to honor Mary, the Mother of God. We encourage all families to practice some form of devotion to the Blessed Mother, such as praying the Rosary together, offering flowers, lighting votive candles in church or honoring her images at home. These devotions remind us to imitate Mary’s virtues in our own lives.

This coming Friday, May 5th, is the First Friday of the month. There will be Exposition of the Blessed Sacrament after the 8AM Mass for silent adoration until the 12PM Noon Mass. That same evening, there will be a Holy Hour of Adoration at 6:30PM, followed by a Holy Mass at 7:30PM, both in Spanish.

This coming Saturday, May 6th, 59 of our children will receive their First Holy Communion, and 25 young people will receive the Sacrament of Confirmation, administered by His Excellency Bishop Nicholas DiMarzio. We ask that you keep them, their families and catechists in your prayers.

We are happy to report that, to date, 56 parishioners have pledged a total of $22,560 to the Annual Catholic Appeal, of which $17,372 has been collected. Any donations above our parish’s goal of $67,815 will be returned directly to us for physical improvements that will benefit us and our future generations. We sincerely thank those who have already donated so far and invite everyone else to participate with us. You will have the opportunity to make a pledge next weekend when the Direct Appeal takes place.

For more information on this and other parish news, please take home a copy of our weekly bulletin or read here on our website.