May 22, 2022

Dear brothers and sisters in Christ,

I am sure you have seen more and more people spending time outdoors these days. Our streets are full of cars; restaurants and stores are packed with customers; school playgrounds and parks are bustling with activities; big box stores like Home Depot and Costco are increasingly overcrowded. Everywhere we look, activity seems to have returned to pre-pandemic levels.

Unfortunately, our church is still not as full as it used to be before COVID-19. The long pandemic has resulted in many faithful not attending Mass or choosing to attend it virtually due to health concerns. At the height of the pandemic, the bishops of the United States had granted the faithful a general dispensation from the obligation to attend Sunday Mass, which was withdrawn at the end of June, 2021. Now that more people are vaccinated and going back to their favorite pre-pandemic routines, an important question should be on all our minds, “What about going back to church?”

“We welcome and encourage the faithful to return to full in-person participation of the Sunday Eucharist, the source and summit of our Catholic faith,” (Bishops’ Statement on Lifting the General Dispensation from the Obligation to Attend Mass, June 2021).  The reality is that many faithful have become accustomed to watching the Mass online and no longer see a real need to come to church physically. “It’s a lot easier to watch the Mass from home without the hassle of getting all the kids ready and in the car on time” someone recently said. Another person agreed, “I’ve really enjoyed the live streaming. Nobody bothers me and I can pray alone by myself.”

As a pastor, I have been anxious about this situation since the pandemic. I worry about the possibility that many of our faithful would decide that a virtual participation suites them just fine. Like some in the congregation who are concerned about the empty pews, I ask these questions: Will people not realize that receiving the Body and Blood of Christ sacramentally is never on par with receiving Him spiritually? Will the decline in Mass attendance, which began as a health concern, become a permanent habit? Will healthy and able-bodied people continue attending virtually, or not at all, even after the pandemic is over? Since the state of the pandemic is still unclear, and Mass attendance here continues to ebb and flow, especially with respect to the Bilingual and English Masses, answering these questions remains difficult.

Certainly, it would be a shame if the decline of in-person Mass attendance was an outcome of the pandemic. While virtual Masses and spiritual communions were a wonderful way to bridge the gap, they do not represent the fullness of the Sacrament, which is essentially an encounter with the Lord in His family, the Church.  As Catholics, we need to be together. The one thing about our Catholic faith is that it is deeply physical. It’s not some cloud or virtual religion. We literally receive our Lord and God in the proclamation of His Word and in Holy Communion. Therefore, coming in person is an essential part of our spiritual life. That is why the Church teaches that “Sunday, on which by apostolic tradition the paschal mystery is celebrated, must be observed in the universal Church as the primordial holy day of obligation” (Can. 1246 §1, Code of Canon Law).

As a priest, I worry about those who are genuinely afraid, but I also strongly believe that it is now safe to attend in person and any health concern should no longer be an excuse. My mother, a Covid survivor, says, “we have to obey God’s commandment for our own good.” She also believes that “there is a palpable difference between watching the Mass on TV and being there in person, because part of being the body of Christ is being together.” Thus, the Church’s physical gathering is a visible expression of its spiritual nature; we believers are united by our faith in Christ Jesus, our Savior. To neglect, or forsake, assembling with other believers is to turn from the true nature of the Church and embrace a false substitute: the notion that Christianity is individualistic, rather than familial or communal.

In short, attending Mass is not only a safe but a healthy activity. If we are to grow spiritually, we need to be relationally present and engaged in one another’s lives. To anyone who wonders whether the “virtual Church” has now proven itself to be a preferred new normal, I believe the answer is pretty clear… it’s virtually impossible!

God’s blessings and see you in church!

Msgr. Cuong M. Pham

22 de mayo de 2022

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Estoy seguro de que has visto a más y más personas pasar tiempo al aire libre en estos días. Nuestras calles están llenas de autos; los restaurantes y las tiendas están repletos de clientes; los patios de las escuelas y los parques están repletos de actividades; Las grandes tiendas como Home Depot y Costco están cada vez más llenas. Dondequiera que miremos, la actividad parece haber vuelto a los niveles previos a la pandemia.

Desafortunadamente, nuestra iglesia todavía no está tan llena como antes del COVID-19. La larga pandemia ha provocado que muchos fieles no asistan a misa o elijan asistir virtualmente debido a problemas de salud. En el punto mas alto de la pandemia, los obispos de los Estados Unidos habían otorgado a los fieles una dispensa general de la obligación de asistir a la Misa dominical, que fue retirada a fines de junio de 2021. Ahora que más personas están vacunadas y regresan a sus rutinas favoritas antes de la pandemia, una pregunta importante debería estar en nuestras mentes: “¿Qué hay de volver a la iglesia?”

Damos la bienvenida y alentamos a los fieles a que regresen a la plena participación en persona de la
Eucaristía dominical, la fuente y cumbre de nuestra fe católica
” (Declaración de los obispos sobre el levantamiento de la dispensa general de la obligación de asistir a misa, junio de 2021). La realidad es que muchos fieles se han acostumbrado a ver la Misa en línea y ya no ven una necesidad real de asistir a la iglesia físicamente.“Es mucho más fácil ver la Misa desde casa sin la molestia de tener a todos los niños listos y en el auto a tiempo”, dijo alguien recientemente. Otra persona estuvo de acuerdo: “Realmente disfruté la transmisión en vivo. Nadie me molesta y puedo rezar solo.”

Como pastor, he estado ansioso por esta situación desde la pandemia. Me preocupa la posibilidad de que muchos de nuestros fieles decidan que una participación virtual les conviene. Al igual que algunos en la congregación que están preocupados por las bancas vacías, hago estas preguntas: ¿No se dará cuenta la gente de que recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en forma sacramental nunca está a la par con recibirlo espiritualmente? ¿La disminución de la asistencia a misa, que comenzó como un problema de salud, se convertirá en un hábito permanente? ¿Las personas sanas y sin discapacidad seguirán asistiendo virtualmente, o no asistirán en absoluto, incluso después de que termine la pandemia? Dado que el estado de la pandemia aún no está claro, y la asistencia a Misa aquí continúa con altibajos, especialmente con respecto a las Misas bilingües y en inglés, responder a estas preguntas sigue siendo difícil.

Ciertamente, sería una pena que la disminución de la asistencia a misa presencial fuera resultado de la pandemia. Las Misas virtuales y las comuniones espirituales fueron una forma maravillosa pero no representan la plenitud del Sacramento, que es esencialmente un encuentro con el Señor en Su familia, la Iglesia. Como Católicos, necesitamos estar juntos. Lo único de nuestra fe Católica es que es profundamente física. No es una religión virtual. Literalmente recibimos a nuestro Señor en la proclamación de Su Palabra y en la Comunión. Por lo tanto, venir en persona es una parte esencial de nuestra vida espiritual. Por eso la Iglesia enseña que “el domingo, en el que se celebra el misterio pascual, debe observarse en la Iglesia universal como día primordial de precepto” (Can. 1246 §1, Código de Derecho Canónico).

Como sacerdote, me preocupo por aquellos que realmente tienen miedo, pero también creo firmemente que ahora es seguro asistir en persona y cualquier problema de salud ya no debería ser una excusa. Mi madre, sobreviviente de Covid, dice: “tenemos que obedecer el mandamiento de Dios por nuestro propio bien.” También cree que “hay una diferencia palpable entre ver la misa por televisión y estar allí en persona, porque parte de ser el cuerpo de Cristo es estar juntos”. Así, la reunión física de la Iglesia es una expresión visible de su naturaleza espiritual; los creyentes estamos unidos por nuestra fe en Cristo Jesús, nuestro Salvador.

Descuidar, o abandonar, reunirse con otros creyentes es apartarse de la verdadera naturaleza de la Iglesia y adoptar un sustituto falso: la noción de que el cristianismo es individualista, en lugar de familiar o comunal.

En resumen, asistir a Misa no solo es una actividad segura sino también saludable. Si vamos a crecer espiritualmente, necesitamos estar relacionalmente presentes y comprometidos en la vida de los demás. Para cualquiera que se pregunte si la “Iglesia virtual” ahora ha demostrado ser una nueva normalidad preferida, creo que la respuesta es bastante clara… ¡es virtualmente imposible!

¡Bendiciones de Dios y nos vemos en la iglesia!

            Monseñor Cuong M. Pham

 

 

May 15, 2022

Dear brothers and sisters,

The unprecedented leak of a draft of the U.S. Supreme Court decision regarding abortion policy in the United States last week has unleashed ferocious, and at times violent, reactions of people who support legalized abortion across the nation. As the current hysteria is largely driven by political ideologies and fueled by anger and rage, it seems that there is not enough willingness to address this important issue rationally. It is disheartening that people who are vocal on either side of the debate, including the most rational, often miss the point that abortion hurts both the mother and the child.

No matter what views you hold, the glaring fact remains that, in the nearly half-century since abortion was legalized throughout the United States, some 65 million preborn children have been killed by legal abortion. Beyond a doubt, there are millions of women who have regretted making that choice, women whose mental and physical health, jobs and careers, education and relationships – even with future children – were harmed by that decision. The fact that several generations have grown up with legal abortion, and the majority of our people may think of it as a non-issue, does not change the reality that it remains a tragedy and a violence against life.

We have seen and heard many slogans that belie the truth about abortion these days. The term “pro-choice,” for example, fails to point to what is really chosen, and would never be applied to child abuse or violent crime. Some choices have victims, including the choice of abortion. “Keeping abortion safe and legal” is another slogan which misleads people into thinking that if it is legal, it must be safe, and to keep it safe, we need to keep it legal. Yet the abortion industry is the most unregulated surgical industry in the nation, and regularly destroys the health and lives of the women who procure it in legal facilities. Most people do not know that there is an abortion every 20 seconds in America; it is legal and happens throughout all nine months of pregnancy; and less than 1% occur because of rape or incest. In 2019 alone, the ratio was 195 abortions per 1,000 live births (CDC Abortion Surveillance, Center for Disease Control and Prevention).

For many women, it’s not a choice at all. Many women are coerced by parents, boyfriends or even employers to “terminate their pregnancies.” But these women are the ones alone on the table, watching their own flesh and blood being destroyed. Contrary to the celebratory tone of some current protesters who tout abortion as something all women should be proud of, it is an ugly, brutal procedure that hurts a person, not just physically. As a priest, I can attest to the pain and devastation it brings to the women who experienced it. I have met countless women who came to talk to me about their pain and regrets. Many have developed mental, emotional, psychological and physical scars that torment them for the rest of their lives. For many of them, it seems that even the forgiveness of God in the Sacrament of Reconciliation cannot remove the hurt and heal the wound from this tragedy.

Many protesters these days accuse religious, pro-life people of focusing exclusively on the rights of the unborn, while failing to pay due attention to the needs of the mother. While that may be true among some quarters, an authentically Catholic and pro-life position, however, takes both mother and child into consideration. Indeed, for Catholics, to be pro-life is to be pro-woman. One cannot love the child without loving the mother. The opposite is also true, namely, one cannot love the woman without loving the child, nor can one harm the child without harming the mother. The challenge the Church must pose to society is, “Why can’t we love them both?” One reason why many of us are reluctant to talk about abortion is because we do not want to make a choice between defending the rights of the baby or those of the mother, or that we have to consider the baby as more important than the mother. But the authentic pro-life message is a message of equality. It is an invitation to expand the circle of our love, welcome, and protection to include both mother and child. All who work to defend and protect life in the womb must work as diligently to defend and protect all life outside the womb, especially the vulnerable life of women in crisis pregnancies.

I must admit that it was not easy to write this letter. People may have strong feelings about abortion. A few will react angrily no matter how the subject is spoken about. Nevertheless, I want to address it upfront and personal as a pastor, given what is going on in our country and city. I don’t want to bury this important issue in the sand. The lives of so many people are at stake, and the tragedy of abortion is not helped by silence. A woman grieving over abortion might infer from their priests’ silence that they do not know her pain, or that they don’t care, or that there is no hope for her in the Church. I want to say to all such women that none of this is true.

In this Sunday’s Gospel, Jesus proclaims a new commandment: “Love one another as I have loved you!” Let us show our love for both mother and child. There are many choices for women that are better than abortion. I think of the thousands of helping centers that provide women with financial assistance, medical services, legal advice, counseling, a place to live, jobs, education, and help to keep their child or to place their child for adoption. While it is important to communicate the Church’s position on abortion, it is no less important to communicate our willingness to provide alternatives. In this month of motherhood, let us pray that no mother in crisis would ever have to resort to such a tragedy.

With prayers and love,
Msgr. Cuong M. Pham

15 de mayo de 2022

Queridos hermanos y hermanas,

La filtración sin precedentes de un borrador de la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos con respecto a la política del aborto en los Estados Unidos la semana pasada ha desatado reacciones feroces, y en ocasiones violentas, de personas que apoyan la legalización del aborto en todo el país. Dado que la histeria actual está impulsada en gran medida por ideologías políticas y alimentadas por la ira y la rabia, parece que no hay suficiente voluntad para abordar racionalmente este importante tema. Es desalentador que las personas que expresan su opinión en los dos lados del debate, incluidos los más racionales, a menudo no entiendan que el aborto daña tanto a la madre como al niño.

Independientemente de las opiniones que tengan, el hecho evidente sigue siendo que en casi medio siglo desde que se legalizó el aborto en los Estados Unidos, unos 65 millones de niños no nacidos han sido asesinados por el aborto legal. Sin duda, hay millones de mujeres que se han arrepentido de haber tomado esa decisión, mujeres cuya salud mental y física, trabajos y carreras, educación y relaciones, incluso con futuros hijos, se vieron perjudicadas por esa decisión. El hecho de que varias generaciones hayan crecido con el aborto legal, y la mayoría de nuestra gente pueda pensar que no es un problema, no cambia la realidad de que sigue siendo una tragedia y una violencia contra la vida.

Hemos visto y escuchado muchas propagandas que desmienten la verdad sobre el aborto en estos días. El término “pro-elección”, por ejemplo, no señala lo que realmente se elige, y nunca se aplicaría al abuso infantil o el crimen violento. Algunas elecciones tienen víctimas, incluida la elección del aborto. “Mantener el aborto seguro y legal” es otro termino que induce a la gente a pensar que si es legal, debe ser seguro, y para mantenerlo seguro, debemos mantenerlo legal. Sin embargo, la industria del aborto es la industria menos regulada de la nación y regularmente destruye la salud y la vida de las mujeres que lo practican en instalaciones legales. La mayoría de la gente no sabe que hay un aborto cada 20 segundos en los Estados Unidos; es legal y ocurre durante los nueve meses de embarazo; menos del 1% se debe a violación o incesto. Solo en 2019, la proporción fue de 195 abortos por cada 1,000 nacidos vivos (CDC Abortion Surveillance, Center for Disease Control and Prevention).

Para muchas mujeres, no es una opción en absoluto. Muchas mujeres son coaccionadas por sus padres, novios o incluso por sus empleadores para “interrumpir sus embarazos.” Pero estas mujeres son las únicas en la mesa, viendo cómo se destruye su propia carne y sangre. Contrariamente al tono de celebración de algunos manifestantes actuales que promocionan el aborto como algo de lo que todas las mujeres deberían estar orgullosas, es un procedimiento feo y brutal que lastima a una persona, no solo físicamente. Como sacerdote, puedo dar fe del dolor y la devastación que trae a las mujeres que lo experimentaron. He conocido a innumerables mujeres que vinieron a hablarme sobre su dolor y remordimientos. Muchos han desarrollado cicatrices mentales, emocionales, psicológicas y físicas que los atormentan por el resto de sus vidas. Para muchos de ellos, parece que incluso el perdón de Dios en el Sacramento de la Reconciliación no puede quitar el dolor y sanar la herida de esta tragedia.

Muchos manifestantes en estos días acusan a las personas religiosas pro-vida de centrarse exclusivamente en los derechos de los no nacidos sin prestar la debida atención a las necesidades de la madre. Si bien eso puede ser cierto entre algunos sectores, una posición auténticamente católica y pro-vida, sin embargo, toma en consideración tanto a la madre como al niño. De hecho, para los católicos, ser pro-vida es ser pro-mujer. No se puede amar al niño sin amar a la madre. Lo contrario también es cierto, es decir, no se puede amar a la mujer sin amar al niño, ni se puede dañar al niño sin dañar a la madre. El desafío que la Iglesia debe plantear a la sociedad es: “¿Por qué no podemos amarlos a los dos?”. Una de las razones por las que muchos de nosotros somos reacios a hablar sobre el aborto es que no queremos elegir entre defender los derechos del bebé o los de la madre, o que tenemos que considerar al bebé como más importante que la madre. Pero el auténtico mensaje pro-vida es un mensaje de igualdad. Es una invitación a ampliar el círculo de nuestro amor, acogida y protección para incluir tanto a la madre como al niño. Todos los que trabajan para defender y proteger la vida en el útero deben trabajar diligentemente para defender y proteger toda la vida fuera del útero, especialmente la vida vulnerable de las mujeres en crisis de embarazo.

Debo admitir que no fue fácil escribir esta carta. Las personas pueden tener sentimientos fuertes sobre el aborto. Algunos reaccionarán con enojo sin importar cómo se hable del tema. Sin embargo, quiero abordarlo de manera directa y personal como pastor, dado lo que está sucediendo en nuestro país y ciudad. No quiero enterrar este importante tema en la arena. La vida de tantas personas está en juego, y el silencio no ayuda a la tragedia del aborto. Una mujer en duelo por un aborto podría inferir del silencio de sus sacerdotes que no conocen su dolor, o que no les importa, o que no hay esperanza para ella en la Iglesia. Quiero decirles a todas esas mujeres que nada de esto es cierto.

En el Evangelio de este domingo, Jesús proclama un mandamiento nuevo: “¡Ámense uno a otro como yo los he amado!” Demostremos nuestro amor por la madre y el niño. Hay muchas opciones para las mujeres que son mejores que el aborto. Pienso en los miles de centros de ayuda que brindan a las mujeres asistencia financiera, servicios médicos, asesoría legal, consejería, un lugar para vivir, trabajo, educación y ayuda para quedarse con su hijo o para darlo en adopción. Si bien es importante comunicar la posición de la Iglesia sobre el aborto, no es menos que comunicar nuestra voluntad de brindar alternativas. En este mes de la maternidad, oremos para que ninguna madre en crisis tenga que recurrir jamás a semejante tragedia.

Con oraciones y amor,
Mons. Cuong M. Pham

May 8, 2022

Dear brothers and sisters in Christ,

This weekend we honor all Mothers for who they are and all they have done to impact our lives. We express our thanks to all these special women including the adoptive moms, the foster moms, the grandmothers, and all those women who, by their care for others, live out their motherhood. We celebrate mothering for the ways that it reflects the image of God by bringing forth new life and nurturing life.

I find it fitting that Mother’s Day falls on the second Sunday of May, the month of Mary, Mother of God, whose divine motherhood begins in her consent to God’s invitation to become the mother of Jesus Christ, and so to all of his brothers and sisters in faith. Mary knew in her heart that only in prayer would she be able to carry on the enormous mission to which she had been called. We give thanks for the blessing of our Mothers who, like Mary, have been faithful to their own calling of love. A mother’s love, like all love, is of God. It models unselfish love and is grounded in mercy and forgiveness. In their way of loving, Mothers show their children what God’s love is like. Thus, each mother is a very special person. God chose her to bring life into the world; a strength only a woman could handle. She carried us in her womb for nine months and introduced us to the greatest gift of God on earth—life. She made us realize the real value of that gift by acting as a guide, a best friend, and a guardian angel whenever we were left helpless on the thorny path of life. She was always there with a smile whenever we needed moral support and a shoulder to cry on. She watched our growth, success, and failures with so much love and compassion. No matter how old we may be, our mother always remains a mother to us. It would not be an exaggeration to say that a mother is the one that makes a household a home and a domestic church.

To all Mothers in our parish, I’d like to let you know how much I appreciate you today. Like my own mother who courageously bore and raised seven children and many grandchildren, some days you probably wonder if what you are doing even matters. Perhaps you may feel that your work is never done; that you are always exhausted. There is certainly no big financial reward since your role is neither defined by a paycheck nor by a promotion. In an age that seems to diminish service and exalt glitz, sometimes it is simply hard to value your investment. Yet, the truth is that you are highly esteemed by God and that your children are some of His most precious gifts (Psalms 127:3). In the words of the Scriptures, a mother is described as someone who “senses the worth of her work, diligent in homemaking, faces tomorrow with a smile, has something worthwhile to say, and always says it kindly. Her children respect and bless her; her husband joins in with words of praise” (Proverbs 31:18-19). As a son blessed with an extraordinary mother, I’d like to say to my mom today, and to each of you, with all my heart: “Many women have done these wonderful things, but you’ve outshined them all!

I remember the story about a little boy who forgot his lines in the parish school play, so his mother leaned over and whispered, “I am the light of the world.” The child beamed, then with great pride announced: “My mother is the light of the world!” Everyone smiled. Yes, that child got it right. Mothers indeed write on the hearts of their children what the hand of time cannot erase. Often it is only in hindsight that we behold and discover how a mother’s hand and heart have shaped our destiny. A mother’s mark, for good or for ill, is permanent in people’s lives. May all the Mothers of our parish continue to leave a good mark on the lives of your children, and may they remain thankful to the One who gave children to them as a reward.

To anyone who might not feel a good reason to celebrate today, including those who did not have the blessing of a mother’s loving presence in life; anyone who has walked the hard path of infertility, fraught with tears and disappointment; any woman who mourns the loss of her child through abortion, I’d like to express our Church’s spiritual closeness and understanding. Be assured that there are always maternal gifts that you can share in our faith community. I encourage you to seek the healing that God desires for you, then seek ways to be a mother that loves and encourages others.

Finally, to those who are pregnant with new life, both expected and surprising, I wish to assure you that the Church joyfully anticipates with you and accompanies you with prayers. Mothering is not for the faint of heart, and we salute all Mothers as the real heroes in our midst.

Happy Mother’s Day!
Msgr. Cuong M. Pham

8 de mayo de 2022

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Este fin de semana honramos a todas las Madres por lo que son y todo lo que han hecho para impactar nuestras vidas. Expresamos nuestro agradecimiento a todas estas mujeres especiales, incluyendo las madres adoptivas, las madres de crianza, las abuelas y todas aquellas mujeres que, con su cuidado por los demás, se hacen Madres. Celebramos la maternidad por las formas en que refleja la imagen de Dios al dar nueva vida y nutrir la vida.

Me parece oportuno que el Día de la Madre caiga el segundo Domingo de Mayo, mes de María, Madre de Dios, cuya maternidad divina comienza con su consentimiento a la invitación de Dios de convertirse en Madre de Jesucristo, y así de todos sus hermanos y hermanas en la fe. María sabía en su corazón que sólo en la oración podría llevar a cabo la enorme misión a la que había sido llamada.

Damos gracias por la bendición de nuestras Madres que, como María, han sido fieles a su propia vocación del amor. El amor de una madre, como todo amor, es de Dios. Modela el amor desinteresado y se basa en la misericordia y el perdón. En su forma de amar, las Madres muestran a sus hijos cómo es el amor de Dios. Así, cada madre es una persona muy especial. Dios la eligió para traer la vida al mundo; una fuerza que solo una mujer podía manejar. Ella nos llevó en su vientre durante nueve meses y nos presentó el mayor regalo de Dios en la tierra: la vida. Ella nos hizo darnos cuenta del valor real de ese regalo al actuar como una guía, una mejor amiga y un ángel guardián cada vez que nos quedamos indefensos en el camino espinoso de la vida. Siempre estuvo allí con una sonrisa cada vez que necesitábamos apoyo moral y un hombro para llorar. Observó nuestro crecimiento, éxito y fracasos con mucho amor y compasión. No importa la edad que tengamos, nuestra madre siempre sigue siendo una madre. No sería exagerado decir que la madre es la persona que levanta un hogar y la convierte en una iglesia doméstica.

A todas las Madres de nuestra parroquia, me gustaría hacerles saber cuánto las aprecio hoy. Al igual que mi propia madre que valientemente dio a la luz y crió siete hijos e incluso muchos nietos, algunos días probablemente se preguntan si lo que están haciendo importa. Tal vez sientan que su trabajo nunca termina; que siempre están exhaustos. Ciertamente, no hay una gran recompensa financiera ya que su rol no está definido por un cheque de pago ni por una promoción. En una era que parece disminuir el servicio y exaltar la ostentación, a veces es simplemente difícil valorar su inversión. Sin embargo, la verdad es que estan muy estimados por Dios (Salmos 127:3). En palabras de las Escrituras, se describe a una madre como alguien que “siente el valor de su trabajo, diligente en los quehaceres del hogar, enfrenta la mañana con una sonrisa, tiene algo valioso que decir y siempre lo dice amablemente. Sus hijos la respetan y la bendicen; su marido se une con palabras de alabanza” (Proverbios 31:18-19). Como un hijo bendecido con una madre extraordinaria, hoy me gustaría decirle a mi mamá y a cada uno de ustedes, con todo mi corazón: “¡Muchas mujeres han hecho estas cosas maravillosas, pero tu las has superado a todas!”

Hay una historia de un niño que olvidó sus líneas en la obra de la escuela parroquial, entonces su madre se inclinó y susurró: “Yo soy la luz del mundo”. El niño sonrió y luego con gran orgullo anunció: “¡Mi madre es la luz del mundo!”. Todos sonrieron. Sí, ese niño acertó. Las Madres, en efecto, escriben en el corazón de sus hijos lo que la mano del tiempo no puede borrar. A menudo, solo en retrospectiva vemos y descubrimos cómo la mano y el corazón de una madre han dado forma a nuestro destino. La huella de una madre, para bien o para mal, es permanente en la vida de las personas. Que todas las Madres sigan dejando una buena huella en la vida de sus hijos, y que permanezcan agradecidas con El que les dio hijos como premio.

A cualquiera que no sienta una buena razón para celebrar hoy, incluidos aquellos que no tuvieron la bendición de la presencia amorosa de una madre en la vida; cualquiera que haya recorrido el duro camino de la infertilidad, plagado de lágrimas y dolores; cualquier mujer que llora la pérdida de su hijo a través del aborto, me gustaría expresar la cercanía y comprensión espiritual de nuestra Iglesia. Tenga la seguridad de que siempre hay dones maternos que puede compartir en nuestra comunidad de fe. Te animo a buscar la sanación que Dios desea por ti, luego busca formas de ser una madre que ama y alienta a los demás.

Finalmente, a aquellas que están embarazadas de una vida nueva, esperada o sorprendente, quiero asegurarles que la Iglesia las espera con alegría y las acompaña con la oración. La maternidad no es para las débiles de corazón, y saludamos a todas las Madres como las verdaderas heroínas entre nosotros.

¡Feliz Día de la Madre!
Mons. Cuong M. Pham

May 1, 2022

Dear brothers and sisters in Christ,

May is the month dedicated to Our Lady. It is a time when the People of God express with particular intensity their love and devotion for the Mother of God. We honor her not only as the mother of the Lord Jesus Christ, but also as our spiritual mother, who constantly watches over us from her place as Queen of Heaven and wraps her mantle of protection around us as a mother embraces her children.

The Church regards Mary as the perfect disciple, the model for all men and women who wish to follow her Son. Mary imitates Christ perfectly because of her humility. She completely forgot about herself in the face of the Divine Will. Her “Fiat”“Let it be done to me according to Your Will” sums up her whole life. Whatever God wanted, she wanted too. She always desired to fulfill whatever God would require of her. We do not see much of her in the Scripture because the focus was on Jesus. She was happy to fade into the background; she did not distract us from her Son, who alone should be the center of each of our lives. This is why Mary is the model for every person. She shows us that no one of us is more important than Christ is. She helps us to have that humility which keeps God first and foremost in our lives.

Contemplating the beautiful face of Mary during this month of May means dedicating ourselves to her and imitating her example. As Mary made room for Jesus, both in her womb and in her life, we too can open our lives to welcome the Lord in and make room for him to dwell within us. When recalling her generous Yes to God’s plan, we must allow ourselves to say Yes to whatever God’s plan is for us, no matter how difficult or incomprehensible it might be at times. Pope Pius XII, in his 1947 Encyclical “Mediator Dei,” encouraged special prayers to the Blessed Mother during the month of May. Popes down the centuries have consistently taught and promoted Marian devotions throughout the Church. Most recently, Pope Francis himself has expressed this desire for the faithful: “I want to encourage everyone to rediscover the beauty of praying the Rosary at home in the month of May. This can be done either as a group or individually; you can decide according to your own situations, making the most of both opportunities. The key to doing this is always simplicity, and it is easy also on the internet to find good models of prayers to follow… I myself will pray in the month of May, in spiritual union with all of you.” (Holy Father’s Letter for the Month of May 2020).

In our parish, dedicated to Our Lady of Mount Carmel, Marian devotions have always been an important part of life. There are various ministries and groups dedicated specifically to the promotion of Marian cult, such as the Legion of Mary, the Rosary Society, the Virgin of Guadalupe Prayer Group, etc. Throughout the week, the faithful also gather after each Mass to pray the Rosary and other Litanies to Our Lady. Every Wednesday afternoon, a special Novena to Our Lady of Mount Carmel is celebrated after the Noon Mass. On the First Saturday of every month, many faithful observe such Marian devotions with greater intensity, including the reverent reception of Holy Communion as requested by Our Lady herself at Fatima in 1917. In our lower church, there are many different shrines dedicated to the Blessed Mother under various titles according to the unique cultural traditions that make up our parish community, yet none of those shrines is ever without fresh flowers. In addition, the votive candles that constantly burn before the statues and images of Our Lady provide a powerful testimony to our people’s closeness to the Mother of God.

As we honor Mary in a special way during this month both in church and at home, let us invoke her divine love and protection not only upon ourselves, but also upon our mothers, living and deceased, who will be honored in a special way on Mother’s Day, and upon our children who will be receiving their first Holy Communion this month. May we all remain close to Mary’s maternal heart, and know the joy of union with Jesus, her Son.

Commending each of you to Our Lady and assuring you of my own spiritual closeness, I remain

Faithfully yours in Christ,

Msgr. Cuong M. Pham

1 de mayo de 2022

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Mayo es el mes dedicado a Nuestra Señora. Es un tiempo en el que el Pueblo de Dios expresa con particular intensidad su amor y devoción por la Madre de Dios. La honramos no solo como la Madre del Señor Jesucristo, sino también como nuestra Madre espiritual, quien desde su lugar como Reina del Cielo nos cuida constantemente y nos envuelve con su manto de protección como una madre abraza a sus hijos.

La Iglesia considera a María la discípula perfecta, el modelo de todos los hombres y mujeres que desean seguir a su Hijo. María imita perfectamente a Cristo por su humildad. Se olvidó por completo de sí misma frente a la Divina Voluntad. Su “Fiat”-“Hágase en mí según Tu Voluntad” resume toda su vida. Lo que Dios quisiera, Ella también lo quería. Ella siempre deseó cumplir con lo que Dios requería de Ella. No vemos mucho de Ella en las Escrituras porque el enfoque estaba en Jesús. Estaba feliz de desaparecer en el fondo; Ella no nos distrajo de su Hijo, el único que debe ser el centro de cada una de nuestras vidas. Por eso María es el modelo para cada persona. Ella nos muestra que ninguno de nosotros es más importante que Cristo. Ella nos ayuda a tener esa humildad que mantiene a Dios en primer lugar en nuestras vidas.

Contemplar el bello rostro de María durante este mes de mayo significa dedicarnos a Ella e imitar su ejemplo. Así como María hizo lugar para Jesús, tanto en su seno como en su vida, nosotros también podemos abrir nuestras vidas para recibir al Señor y hacerle lugar para que habite en nosotros. Al recordar su generoso al plan de Dios, debemos permitirnos decir a cualquiera que sea el plan de Dios para nosotros, por difícil o incomprensible que sea a veces.

El Papa Pío XII, en su Encíclica “Mediator Dei” de 1947, alentó oraciones especiales a la Santísima Madre durante el mes de mayo. Los Papas a lo largo de los siglos han enseñado y promovido constantemente la devoción Mariana en toda la Iglesia. Más recientemente, el mismo Papa Francisco ha expresado este deseo por los fieles: “Quiero animar a todos a redescubrir la belleza de rezar el Rosario en casa en el mes de mayo. Esto se puede hacer en grupo o individualmente; puedes decidir según tu propia situación, aprovechando al máximo ambas oportunidades. La clave para hacer esto es siempre la sencillez, y es fácil también en Internet encontrar buenos modelos de oraciones a seguir… Yo mismo rezaré en el mes de mayo, en unión espiritual con todos ustedes”. (Carta del Santo Padre para el mes de mayo de 2020).

En nuestra parroquia, dedicada a Nuestra Señora del Carmen, las devociones Marianas siempre han sido una parte importante de la vida. Hay varios ministerios y grupos dedicados específicamente a la promoción del culto Mariano, como la Legión de María, la Sociedad del Rosario, el Grupo de Oración de la Virgen de Guadalupe, etc. A lo largo de la semana, los fieles también se reúnen después de cada Misa para rezar el Santo Rosario. y otras Letanías a Nuestra Señora. Todos los miércoles por la tarde, después de la Misa del mediodía, se celebra una Novena especial a Nuestra Señora del Monte Carmelo. El primer sábado de cada mes, muchos fieles observan con mayor intensidad estas devociones Marianas, incluida la recepción reverente de la Sagrada Comunión solicitada por Nuestra Señora misma en Fátima en 1917. En nuestra iglesia de abajo, hay muchos santuarios diferentes dedicados a la Santísima Virgen bajo varios títulos de acuerdo con las tradiciones culturales únicas que componen nuestra comunidad parroquial. Sin embargo, ninguno de esos santuarios está sin flores frescas. Además, las velas votivas encendidas ante las estatuas e imágenes de Nuestra Señora dan un poderoso testimonio de la cercanía de nuestro pueblo a la Madre de Dios.

Mientras honramos a María de manera especial durante este mes tanto en la iglesia como en el hogar, invoquemos su amor y protección divina no solo sobre nosotros, sino también sobre nuestras madres, vivas y difuntas, quienes serán honradas de manera especial en Día de la Madre, y sobre nuestros niños que recibirán su primera Comunión este mes. Permanezcamos todos cerca del corazón materno de María y conozcamos la alegría de la unión con Jesús, su Hijo.

Encomendando a cada uno de ustedes a la Santissima Virgen y asegurándolos de mi propia cercanía espiritual, quedo

Fielmente en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham

April 24, 2022

Dear brothers and sisters in Christ,

ALLELUIA! Today is Divine Mercy Sunday, the Octave Day of Easter! In the Church’s reckoning, it is still Easter Sunday. In other words, the Paschal mystery that culminates in Christ’s rising from the dead is so huge an event, it takes a full week to fully grasp it. On this day, we Christians still find ourselves huddled in the Upper Room and are both overjoyed and fearful as we experience the Risen Christ in our midst, addressing us with the Easter greeting: “Peace be with you!”

In the year 2000, Pope John Paul II declared the Sunday after Easter to be “Divine Mercy Sunday” based on the revelations of St. Faustina Kowalska, a nun who, in the 1930s, received a series of private revelations from Christ. Her revelations highlight God’s inexhaustible mercy toward humanity and feature an image of the Sacred Heart of Jesus emanating with divine love. It is through the vessel of trust, Jesus revealed to St. Faustina, that we gain access to the fountain of God’s mercy. Thus, the image of Divine Mercy always includes that incredible statement of faith “Jesus, I trust in you!”.

Far from being an intrusion in the liturgical season of Easter, the celebration of Divine Mercy stands at the core of what these sacred days are explicitly about. In her vision, St. Faustina saw coming from the Heart of Jesus two rays of light which illuminates the world. The two rays, according to what she heard the Lord himself tell her, denote blood and water. The blood recalls the sacrifice of Golgotha and the mystery of the Eucharist; the water, recalls our Baptism and the gift of the Holy Spirit (cf. Jn 3:5; 4:14). Through the mystery of Christ’s wounded and Sacred Heart, the restorative tide of God’s merciful love continues to spread over us and all generations.

In the Gospel of John for this Divine Mercy Sunday, we encounter this merciful love. While the disciples were locked in the Upper Room, Jesus came and stood in their midst. He could have condemned them. He could have judged them. He could have rejected them for denying Him and leaving Him—but he doesn’t. He says: “Peace be with you.” This is what the Resurrection is all about. This is what mercy is all about.
“Peace be with you.” The very first word uttered by the Risen Christ to his Apostles conveyed His special Easter gift to the Church: “Peace!” Commissioning the Apostles to forgive sins in his name became all the more significant because He immediately followed his peaceful greeting with the solemn declaration: “If you forgive the sins of any, they are forgiven; if you retain the sins of any, they are retained.” Jesus clearly wanted his apostles to realize that peace and mercy are inseparable; and that true peace can only be achieved by forgiving one another.

In the weeks leading up to the Holy Week, most of us have experienced firsthand the healing forgiveness of God through the Sacrament of Reconciliation. Forgiveness, however, consists of far more than just the awareness of God’s love and mercy. Jesus said, “Be merciful, as your heavenly Father is merciful … The measure with which you measure will be measured back to you.” (Lk 6:36-38). He also said: “Blessed are the merciful, for they will receive mercy” (Mt 5:7). Hence it is clear that the prerequisite for our receiving mercy is our showing mercy to others. In the Lord’s Prayer, Jesus taught us to pray: “Forgive us our trespasses as we have forgiven those who have trespassed against us” (Mt 6:12). He also warned: “If you forgive others their sins, your heavenly Father will forgive you, but if you do not forgive others their sins, neither will your heavenly Father forgive your sins.” (Mt 6:14-16).

As we spread the Good News that Jesus has truly risen in our midst, may we all experience the power of God’s mercy and never grow tired of forgiving each other. May our faith increase in this Easter season so that we can declare all the louder with St. Faustina and eventually St. Thomas: “Jesus, I trust in you!”

I wish you all a Happy Divine Mercy Sunday and a Blessed Easter Season!
Msgr. Cuong M. Pham
FROM THE PASTOR’S HEART
April 23,

24 de Abril de 2022


Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

¡ALELUYA! ¡Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia, el Día de la Octava de Pascua. Para la Iglesia, todavía es tiempo de Pascua. En otras palabras, el misterio pascual que culmina con la resurrección de Cristo entre los muertos es un evento tan grande que lleva una semana entera comprenderlo por completo. En este día, los cristianos todavía nos encontramos acurrucados en el Cenáculo y experimentamos a la vez con alegría y temor a Cristo Resucitado en medio de nosotros, dirigiéndose a nosotros con el saludo pascual: “¡La paz esté con ustedes!”.

En el año 2000, el Papa Juan Pablo II declaró el domingo después de Pascua como el “Domingo de la Divina Misericordia” basado en las revelaciones de Santa Faustina Kowalska, una monja que, en la década de 1930, recibió una serie de revelaciones privadas de Cristo. Sus revelaciones destacan la misericordia inagotable de Dios hacia la humanidad y presentan una imagen del Sagrado Corazón de Jesús que emana con amor divino. Es a través del vaso de la confianza, reveló Jesús a Santa Faustina, que accedemos a la fuente de la misericordia de Dios. Así, la imagen de la Divina Misericordia incluye siempre esa increíble declaración de fe “¡Jesús, en ti confío!”.

Lejos de ser una intrusión en el tiempo litúrgico de la Pascua, la celebración de la Divina Misericordia está en el centro de lo que estos días sagrados tratan explícitamente. En su visión, Santa Faustina vio salir del Corazón de Jesús dos rayos de luz que iluminan el mundo. Los dos rayos, según le oyó decir al mismo Señor, denotan sangre y agua. La sangre recuerda el sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el agua, recuerda nuestro Bautismo y el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14). A través del misterio del Corazón herido y Sagrado de Cristo, la marea restauradora del amor misericordioso de Dios continúa extendiéndose sobre nosotros y todas las generaciones.

En el Evangelio de San Juan para este Domingo de la Divina Misericordia, encontramos este amor misericordioso. Mientras los discípulos estaban encerrados en el Aposento Alto, Jesús vino y se puso en medio de ellos. Él podría haberlos condenado. Él podría haberlos juzgado. Podría haberlos rechazado por negarlo y dejarlo, pero no lo hace. Él dice: “La paz este con ustedes”. De esto se trata la Resurrección. De esto se trata la misericordia.

“La paz este con ustedes.” La primera palabra pronunciada por Cristo Resucitado a sus Apóstoles transmitió Su especial regalo de Pascua a la Iglesia: “¡Paz!” Comisionar a los Apóstoles a perdonar los pecados en su nombre se hizo aún más significativo porque inmediatamente después de su saludo pacífico con la declaración solemne: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; si retuvieres los pecados de alguno, le son retenidos.” Jesús claramente quería que sus apóstoles se dieran cuenta de que la paz y la misericordia son inseparables; y que la verdadera paz solo puede lograrse perdonándose unos a otros.

En las semanas previas a la Semana Santa, la mayoría de nosotros hemos experimentado de primera mano el perdón sanador de Dios a través del Sacramento de la Reconciliación. El perdón, sin embargo, consiste en mucho más que la simple conciencia del amor y la misericordia de Dios. Jesús dijo: “Sean misericordiosos, como nuestro Padre celestial es misericordioso… La medida con que midas, serás medido.” (Lc 6, 36-38). También dijo: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7). Por lo tanto, está claro que el requisito previo para recibir misericordia es mostrar misericordia a los demás. En el Padre Nuestro, Jesús nos enseñó a orar: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12). También advirtió: “Si perdonas a otros sus pecados, nuestro Padre celestial nos perdonará a nosotros, pero si no perdonas a otros sus pecados, tampoco nuestro Padre celestial perdonará nuestros pecados”. (Mt 6, 14-16).

Mientras difundimos la Buena Nueva de que Jesús realmente ha resucitado entre nosotros, que todos experimentemos el poder de la misericordia de Dios y nunca nos cansemos de perdonarnos unos a otros. Que nuestra fe aumente en este tiempo pascual para que podamos declarar más fuerte con Santa Faustina y eventualmente con Santo Tomás: “¡Jesús, en ti confío¡
Les deseo a todos un Feliz Domingo de la Divina Misericordia!

Mons. Cuong M. Pham
DEL CORAZON DEL PASTOR
23 de abril, 2022