9 DE MARZO, 2025

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

El desierto nos llama.

La Cuaresma ha comenzado, y el Espíritu Santo nos guía a un tiempo de prueba, no para castigarnos, sino para fortalecernos. No para hundirnos, sino para renovarnos. Durante cuarenta días, tenemos la oportunidad de caminar con Jesús, resistir la tentación y salir más fuertes, purificados y listos para la resurrección.

La palabra Cuaresma significa “primavera”, un tiempo de renovación. Pero antes de la Pascua, debemos pasar por el desierto. En latín, lente significa “despacio”, porque Dios nos invita a frenar, hacer silencio y encontrarnos con Él. En un mundo que nos empuja a la prisa y el ruido, la Cuaresma es un llamado a despojarnos de lo superficial y volver a lo esencial: nuestra relación con Dios.

El Evangelio de hoy nos recuerda que la tentación es real, pero la victoria de Cristo también lo es (cfr. Lc. 4,1-13). Jesús enfrenta tres tentaciones, las mismas que vivimos hoy.

La primera es buscar saciar nuestras necesidades antes que confiar en Dios. El diablo le dice a Jesús: “Convierte estas piedras en pan.” ¿Cuántas veces caemos en este engaño? Buscamos llenarnos con comida, placer, poder o dinero, creyendo que eso nos dará paz. Nos refugiamos en lo inmediato, pero el alma sigue vacía. Jesús responde con firmeza: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”

La segunda es buscar poder en lugar de servir. El diablo le ofrece a Jesús todos los reinos del mundo, a cambio de adorarlo. También a nosotros nos seducen el éxito, el reconocimiento, el deseo de control. Queremos ser importantes, pero en el intento podemos perder lo más valioso: la paz, la familia, la vida espiritual. Jesús nos muestra que la verdadera grandeza está en la humildad y la entrega.

La tercera es poner a prueba a Dios en vez de confiar en Él. A veces exigimos señales, le reclamamos a Dios cuando la vida es difícil o nos alejamos cuando las cosas no salen como queremos. Pero la fe no es un contrato donde Dios tiene que cumplir nuestras condiciones. Jesús confía plenamente en el Padre, y así debemos hacerlo nosotros.

Estas tentaciones no son solo historias del pasado. Siguen vivas en nosotros hoy. Nos dejamos llevar por la distracción, el ruido, las pantallas, el consumismo… cualquier cosa para evitar el silencio y el encuentro con Dios. Pero la Cuaresma nos llama a algo diferente. Nos llama al desierto, no para perdernos, sino para encontrarnos con el Señor. Nos invita a ayunar, no solo de comida, sino de todo lo que nos esclaviza. Nos llama a orar, no solo con palabras, sino con el corazón. Nos motiva a dar, no solo de lo que nos sobra, sino con amor y sacrificio.

Este tiempo no es para demostrar nuestra fuerza, sino para reconocer cuánto necesitamos a Dios. Es el momento de abrir el alma, de dejar que Él nos sane y nos transforme. Es el tiempo de prepararnos, porque algo grande viene: ¡la victoria de Cristo sobre la muerte!

Iniciamos este camino el Miércoles de Ceniza, cuando la cruz fue marcada en nuestra frente. Esas cenizas no son una marca de tristeza, sino un signo de esperanza. Nos recuerdan que somos polvo, sí, pero polvo destinado a resucitar. Por eso, avancemos con valentía en este tiempo santo. Caminemos con Jesús, sabiendo que después del desierto, después del sacrificio, después de la cruz, nos espera la Pascua gloriosa.

Que esta Cuaresma nos ayude a despertar, a dejar atrás todo lo que nos aleja de Dios y a renacer en su amor. Y que, cuando llegue la mañana de la resurrección, podamos levantarnos con Cristo, renovados, llenos de su luz y preparados para la vida nueva que Él nos ofrece.

Con todo mi cariño y mis oraciones,

Mons. Cuong M. Pham