9 DE AGOSTO, 2026

Queridos hermanos y hermanas,

Hace dos semanas, mientras predicaba en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de La Vang, en Seattle, Washington, viví una experiencia que nunca voy a olvidar. Al terminar una de las conferencias, un matrimonio se me acercó con lágrimas en los ojos. Antes de presentarse, me hicieron una pregunta que me tomó completamente por sorpresa: “¿Usted es el hermano menor de Sonny?” Les respondí: “Sí”. Enseguida comenzaron a contarme una historia que había escuchado muchas veces desde niño, pero oírla de labios de quienes la habían vivido fue algo completamente distinto.

Mi hermano mayor, Sonny, escapó de Vietnam por mar cuando tenía apenas catorce años. Acababa de terminar la guerra. Miles y miles de personas se lanzaban al mar buscando la libertad, y él era una de ellas. Viajaba en una pequeña embarcación junto con unas treinta personas. Después de varios días, unos piratas los atacaron, les quitaron todo lo que tenían, destruyeron el motor y los dejaron a la deriva en medio del Mar de China Meridional.

Los días pasaban y la esperanza se iba apagando. Algunos murieron y fueron sepultados en el mar. Los demás sabían que, si nadie los encontraba, correrían la misma suerte. Cada uno rezaba según su propia fe. Mi hermano era uno de los pocos católicos que iban en aquella embarcación. Cuando ya casi todos habían perdido la esperanza, mi hermano sacó del bolsillo el rosario que mi abuela le había puesto en las manos antes de despedirse de él. Lo apretó con todas sus fuerzas y comenzó a rezar.

Aquella pareja me contó que, poco después, alguien gritó que un barco aparecía en el horizonte. Era un barco estadounidense. Contra toda esperanza, encontró aquella pequeña embarcación y rescató a todos los que aún seguían con vida. Al llegar al campo de refugiados en Malasia ocurrió algo extraordinario. Varios de los refugiados budistas pidieron recibir el Bautismo. Me dijeron que, al ver la fe de un muchacho de catorce años aferrado a su rosario en medio del mar, descubrieron una esperanza que nunca antes habían conocido.

Cuando más tarde le conté a mi hermano que me había encontrado con ellos después de tantos años, simplemente sonrió y me dijo: “Yo no hice nada. Lo hizo la Virgen”.

Muchas personas me han preguntado cómo un muchacho de catorce años terminó solo en aquella embarcación. La respuesta es muy sencilla. Poco después de que mi padre regresara a casa, tras pasar cinco años en una prisión y en un campo de trabajos forzados del régimen comunista, nuestra familia lo había perdido casi todo. Mi hermano mayor intentó escapar varias veces junto con mi padre, pero siempre fueron capturados. Entonces Sonny le rogó a mi padre que lo dejara intentar a él.

No escapaba para salvarse él. Escapaba para salvar a su familia.

Al reflexionar sobre el Evangelio de este domingo, comprendí que el Mar de Galilea y el Mar de China Meridional cuentan la misma historia (cfr. Mateo 14:22-33). En ambos, personas llenas de miedo quedaron atrapadas en una tormenta que no podían controlar. Y en ambos, Dios salió a su encuentro mientras la tormenta seguía golpeando.

Mientras regresaba en avión desde Seattle, seguía pensando en aquella pareja. Sería fácil pensar que el milagro ocurrió cuando apareció el barco en el horizonte. Pero yo creo que el primer milagro sucedió mucho antes. El primer milagro fue que, antes de que apareciera el barco, la fe seguía viva.

Todos nosotros pasaremos por tormentas. La pregunta no es si llegarán. La verdadera pregunta es: ¿en quién pondremos nuestra confianza cuando lleguen?

Que la Virgen del Carmen, Estrella del Mar, nos enseñe a no soltar nunca la mano de su Hijo. Porque quien pone su mirada en Cristo nunca navega solo.

Que Dios los bendiga a ustedes y a sus familias.
Mons. “Juan” Cuong M. Pham