7 de septiembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Cuando me mudé por primera vez a Nueva York, aprendí muy rápido que no se puede andar “a la ligera” si uno quiere llegar a algún lugar en el subway. Si no estudias el mapa, o por lo menos no prestas atención a los letreros, fácilmente terminas en la línea equivocada—o peor todavía, en el expreso cuando en realidad necesitabas el tren local. Todavía me acuerdo de haberme bajado en el Bronx un día cuando en realidad iba para Brooklyn. La lección era clara: si no te preparas bien para el viaje, nunca llegarás al destino.

Eso mismo nos recuerda Jesús en el Evangelio de este domingo. Seguirlo a Él no es cosa de improvisar, ni un pasatiempo de domingo. Es una decisión seria, como quien se prepara para construir una casa o enfrentar una batalla. Jesús nos avisa que hay que calcular el costo: cargar la cruz, renunciar a lo que nos ata, ponerlo a Él por encima de todo.

Pero ese compromiso tiene un precio real. Jesús lo dice sin rodeos: “El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,25-33). Seguirlo significa estar dispuestos incluso cuando es incómodo, cuando nos separa de la multitud o cuando nos duele. Y añade: “El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo.” Eso no quiere decir que cada cristiano deba regalar todo lo que tiene, pero sí que debemos soltar lo que nos ata, lo que termina controlándonos a nosotros en vez de nosotros a ello.

En algunos casos, esa atadura es el dinero o las posesiones, la carrera sin fin por acumular cosas o buscar estatus y reconocimiento. En otros, son rencores viejos que se han vuelto cadenas pesadas, o adicciones que nos roban la libertad. A veces es el orgullo que no nos deja pedir perdón o reconocer que necesitamos ayuda. Aquí, en una ciudad como la nuestra, también puede ser la obsesión con estar siempre ocupados, corriendo de un lado a otro, midiendo nuestro valor por lo lleno de nuestra agenda en vez de lo lleno de nuestro corazón. Y, a veces, la lucha es todavía más cercana: Jesús nos pide que lo pongamos a Él incluso por encima de los lazos familiares. Eso no significa abandonar a los nuestros; significa que nuestro amor por ellos debe brotar de un amor mayor a Cristo. Cuando lo ponemos primero, nuestro amor por los demás se vuelve más puro, más libre y más profundo.

La pregunta entonces es: ¿qué es lo que me pesa tanto que necesito entregárselo al Señor? Puede ser el orgullo que me hace pensar que siempre debo tener la razón, o el miedo que no me deja confiar en Dios con mi futuro. Puede ser un rencor que cargo por años como una mochila demasiado pesada, o una adicción silenciosa que encadena mi corazón. Tal vez sea la ansiedad que me roba la paz, o esa obsesión de querer tener todo bajo control, como si todo dependiera de mí. Cristo nos invita a soltar esas cargas, no para avergonzarnos, sino para liberarnos.

Y cuando lo hacemos, algo hermoso sucede. El orgullo se transforma en humildad, y nuestras relaciones se vuelven más sanas y profundas porque ya no necesitamos ganar cada discusión. El miedo se convierte en confianza, y encontramos valor para enfrentar el futuro con esperanza. El rencor se disuelve en perdón, y nuestro corazón se aligera, libre del veneno de la amargura. La ansiedad se rinde ante la paz, porque descubrimos que estamos en las manos de un Dios que nos ama. Incluso soltar la necesidad de control nos permite respirar de nuevo, vivir con alegría, y caminar seguros de que es Dios quien guía nuestros pasos.

Ser discípulo de Cristo cuesta, pero también da vida. Lo que parece una pérdida es en realidad una ganancia. Nos pide soltar lo que es pasajero para recibir lo que es eterno. Y la recompensa no es solo el cielo en el futuro, sino la libertad, la paz y la alegría aquí y ahora.

Y, a diferencia de un viaje equivocado en el subway, cuando caminamos con Jesús nunca terminamos perdidos: Él mismo es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.

Con afecto en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham