Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Al llegar al corazón del verano, muchos se preparan para emprender viajes — ya sea para descansar, vivir una aventura o pasar tiempo con sus seres queridos. Las vacaciones nos alejan de lo familiar y, al prepararnos, muchas veces empacamos más de lo necesario. ¡Qué fácil es llevar ropa que no usaremos o libros que no leeremos!
En el Evangelio de hoy, Jesús envía a setenta y dos discípulos en una jornada muy diferente — no para descansar, sino para cumplir una mission (cfr. Luca 10:1-12, 17-20). Los envía de dos en dos, sin equipaje, llevando solamente el mensaje de la paz. Ellos iban delante de Él, preparando el camino para su venida. Esa misión también es nuestra. Cada uno de nosotros, por el bautismo, ha sido enviado como trabajador a la mies del Señor. Él nos pide llevar su presencia al mundo — no solos, sino unidos.
Este llamado a caminar juntos es algo que he aprendido a valorar profundamente en los últimos cuatro años. Fue hace exactamente cuatro años esta semana que el Padre Hung Tran y yo fuimos enviados juntos a esta parroquia. En ese momento, no pensé mucho en la coincidencia o el propósito. Pero al mirar hacia atrás, veo claramente que fue algo providencial. Puedo decir con certeza: no habría podido cumplir esta misión solo.
La compañía y el apoyo de un hermano sacerdote hacen que el camino sea más alegre y llevadero. El ministerio —especialmente en un contexto donde el hogar es también el lugar de trabajo— puede ser muy solitario si se vive en aislamiento. Tener a alguien con quien compartir los ritmos de la vida diaria, rezar, reír, conversar y discernir, es un regalo invaluable.
Pero incluso nosotros dos, trabajando codo a codo, no podríamos lograr lo que se nos ha encomendado sin ustedes. Esta parroquia es un ejemplo hermoso de lo que significa ser una comunidad de colaboradores en la viña del Señor. La misión requiere muchas manos, y en esta comunidad esas manos nunca faltan.
Pienso en aquellos de ustedes que vienen cada día, en silencio y con humildad, a limpiar y decorar la iglesia, en quienes cuidan la seguridad de nuestras instalaciones, en los que preparan nuestras liturgias con tanto esmero y devoción, y en los que dedican horas a planear y realizar nuestros eventos especiales. Su espíritu de servicio voluntario no es solo útil —es fundamental para lo que somos como comunidad.
El próximo fin de semana celebraremos la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo, nuestra patrona. Sé cuántos de ustedes ya están trabajando arduamente para preparar esta ocasión tan especial. La celebración del año pasado —con la Misa solemne, la procesión por las calles y los festejos al aire libre— fue un momento hermoso de evangelización. Llevamos a Cristo a las calles, donde vive y camina nuestro pueblo.
Oro para que este próximo sábado, 12 de julio, sea nuevamente un poderoso testimonio de fe y unidad bajo el manto protector de nuestra Madre. Por favor, consulten el volante incluido en este boletín para más detalles sobre la celebración. Que María continúe intercediendo por nosotros, mientras nosotros, como los setenta y dos, salimos a preparar el camino para su Hijo.
Gracias por caminar este camino con nosotros. Gracias por el regalo de su presencia, sus oraciones y su servicio. Espero verlos y rezar con ustedes, especialmente en nuestra fiesta patronal.
Con gratitud y bendiciones en Cristo,
Mons. Cuong M. Pham
