Queridos hermanos y hermanas,
La semana pasada, los ojos del mundo estuvieron puestos en Nueva York, donde presidentes, primeros ministros, diplomáticos y representantes de muchas naciones se reunieron en las Naciones Unidas. Llegaron para hablar de paz, seguridad, justicia y del futuro de nuestro mundo. Sin embargo, al escuchar algunos de los discursos, no pude evitar preguntarme: ¿De verdad nos estamos escuchando unos a otros? Muchos hablan, pero con frecuencia parece que hablan sin escucharse. Las posiciones se endurecen, las palabras se vuelven más fuertes y, aunque todos quieren la paz, qué difícil nos resulta dar los primeros pasos para alcanzarla.
Pocos días después, el Papa León XIV estaba en Francia hablando precisamente de la paz. Utilizó una expresión que se me quedó grabada: “el desarme de los corazones y de las palabras” (Encuentro Interreligioso en el Centro de Congresos Robert Schuman, Metz, Francia, 28 de septiembre de 2026). ¡Qué hermosa expresión! Cuando pensamos en desarme, pensamos en dejar las armas. Pero quizá algunas de las primeras armas que debemos dejar están mucho más cerca de nosotros: las palabras que hieren, los viejos resentimientos, la desconfianza, el orgullo y esa necesidad de demostrar que yo tengo razón y el otro está equivocado.
Qué apropiado, entonces, que este domingo celebremos de una manera especial a San Francisco de Asís, durante este Año Jubilar que conmemora los 800 años de su muerte. Han pasado ocho siglos y, sin embargo, su testimonio sigue siendo muy actual. Su amor a Cristo, su cercanía a los pobres, su sencillez de vida y, sobre todo, su deseo de paz y reconciliación hablan con mucha fuerza a nuestro mundo de hoy.
Francisco también conoció un mundo lleno de conflictos. De joven soñaba con ser caballero y se fue a la guerra. Años después, durante la Quinta Cruzada, mientras cristianos y musulmanes luchaban entre sí, Francisco hizo algo extraordinario: cruzó las líneas de combate para encontrarse con el sultán al-Malik al-Kamil. Fue sin ejército y sin espada. No renunció a su fe ni fingió que sus diferencias no importaban. Simplemente se negó a creer que para amar a Cristo tuviera que odiar a otro ser humano.
Pero antes de cruzar aquel campo de batalla, algo ya había sucedido en su propio corazón. Francisco se había arrodillado ante el Crucifijo de San Damián y había dejado que Cristo lo cambiara. Allí descubrió una fuerza muy diferente. El mundo le dio odio a Cristo; Cristo respondió con amor. El mundo lo hirió; Cristo perdonó. El mundo le quitó todo; Cristo se entregó por completo. Francisco comprendió que, antes de convertirse en instrumento de paz, tenía que dejar que Cristo pusiera paz en su propio corazón.
Creo que ahí es donde San Francisco nos habla más directamente hoy. Es fácil ver lo que está mal en el mundo. Es fácil decir lo que otro país, otro partido político, otra generación o incluso alguien de nuestra propia familia necesita cambiar. Pero Jesús nos dice en el Evangelio de este domingo: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Quizá la pregunta más difícil no sea: “¿Qué está mal en los demás?”, sino: “Señor, ¿qué hay todavía en mí que necesita cambiar?” Tal vez estoy demasiado seguro de tener la razón. Tal vez ya no escucho de verdad a quienes piensan de manera diferente. Quizás mis palabras buscan más tener la última palabra que construir la paz. O quizás soy muy rápido para juzgar las intenciones de los demás, pero pocas veces me detengo a examinar las mías.
San Francisco comprendió algo que nosotros fácilmente olvidamos: la paz no comienza cuando por fin cambian los demás. La paz comienza cuando dejo que Cristo me cambie a mí. Quizá este fin de semana Cristo no nos pide simplemente que admiremos a San Francisco, sino algo mucho más exigente: que sigamos su ejemplo y nos convirtamos también nosotros en instrumentos de su paz.
En la paz de Cristo,
Mons. “Juan” Cuong M. Pham
