Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Recuerdo una vez que fui invitado a una recepción de bodas. Al entrar al salón vi mesas hermosamente decoradas en cada rincón. No sabía dónde sentarme, así que me quedé en un lugar sencillo hacia atrás. Al poco rato, el anfitrión se me acercó sonriente y me dijo: “Padre, ¿qué hace usted tan atrás? Venga, le he reservado un lugar especial en la mesa de adelante.”
Yo no había hecho nada para merecer ese puesto de honor. Pero ser llamado hacia adelante me hizo comprender algo: es mucho más hermoso ser invitado a subir que empujarse uno mismo hacia arriba.
Las lecturas de este domingo nos muestran precisamente la belleza de la humildad. El libro del Eclesiástico enseña: “Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así hallarás gracia ante el Señor” (Sir 3,18). Y Jesús, al ver cómo algunos buscaban los primeros lugares, advierte: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11).
La humildad no es debilidad ni resignación. Tampoco es pensar menos de uno mismo. La verdadera humildad es confiar en la bondad de Dios; es saber que no necesitamos reconocimiento ni aplausos, porque el Señor mismo exaltará a quienes viven con un corazón sencillo y servicial. Sin embargo, ser humildes no siempre es fácil. Vivimos en un mundo que nos empuja a competir, a compararnos, a buscar el primer lugar. Y, sin darnos cuenta, a veces eso entra también en nuestras casas, en nuestro trabajo e incluso en la parroquia.
En el hogar, la humildad se vive cuando nos contenemos antes de criticar, o cuando tenemos el valor de pedir perdón primero. Qué distinto se siente un hogar cuando las palabras cambian de un “¿Por qué siempre lo haces mal?” a un “Gracias, sé que te esforzaste y lo valoro.” Esa diferencia trae paz. En el trabajo, la humildad se nota cuando reconocemos el aporte de otros en vez de quedarnos con el mérito. No decir: “Todo fue gracias a mí,” sino: “Tus ideas nos ayudaron mucho.” La humildad hace brillar a los demás, y cuando ellos brillan, todos brillamos. En la parroquia, la humildad se expresa cuando servimos no por lucirnos, sino porque la comunidad lo necesita. No con un “Si no me dan ese ministerio, no hago nada,” sino con un generoso: “Padre, ¿dónde hace falta más ayuda? Allí estoy dispuesto.” Así crece una parroquia fuerte y unida.
Y en la comunidad más amplia, la humildad abre nuestros ojos a quienes son olvidados: los pobres, los ancianos, los inmigrantes, los vecinos que viven solos. En lugar de pensar: “¿Para qué ayudar, si ni lo van a agradecer?” el Evangelio nos mueve a decir: “Aquí eres bienvenido. ¿Puedo acompañarte? ¿Puedo ayudarte en algo?” Ese es el rostro de Cristo reflejado en nosotros. El Salmo de hoy nos lo recuerda: “Tú, Señor, en tu bondad preparaste una casa para los pobres” (Sal 68,11). Ese es el corazón de Dios: abrir espacio para los pequeños, los que no pueden devolver nada. Y cuando nosotros hacemos lo mismo, nos parecemos a Él.
Y, por supuesto, el ejemplo perfecto de humildad es Jesús. San Pablo dice: “Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo… y se humilló hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,6–8). Si el mismo Hijo de Dios eligió ese camino, ¿cómo no vamos a recorrerlo nosotros, sus discípulos?
Y aquí está la promesa: cuando vivimos con humildad, cuando dejamos de buscar el reconocimiento y, en cambio, levantamos al que está caído, llegará el día en que el mismo Señor nos dirá, como aquel amigo me dijo en la boda: “Ven, sube más arriba.” Pero esta vez no será a una mesa terrenal, sino al banquete eterno del cielo.
Y aún antes de que llegue ese día, ya podremos saborear un pedacito de cielo aquí en la tierra. Porque gran parte de las tensiones, los enojos, las críticas y los conflictos que nos dividen comenzarán a desaparecer. La paz y la alegría reinarán en nuestro corazón, en nuestro hogar y en nuestra comunidad cuando la humildad sea nuestro estilo de vida y la gratitud sea nuestro lenguaje.
Con mis oraciones y bendiciones,
Mons. John Cuong Pham
