3 de Mayo de 2026

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hay momentos en los que, en silencio, comenzamos a preguntarnos si realmente somos vistos—si pertenecemos, si lo que hacemos de verdad importa. Incluso dentro de una parroquia, uno puede sentirse desapercibido.

La Palabra de Dios de este domingo sale a nuestro encuentro con verdad y con esperanza. En la Iglesia primitiva, algunos estaban siendo descuidados. Sin embargo, los apóstoles no ignoraron la situación ni intentaron hacerlo todo ellos solos. Invitaron a toda la comunidad a compartir el cuidado de los unos por los otros, para que nadie quedara olvidado (cf. Hch 6, 1-7). Desde el principio, la Iglesia entendió algo muy importante: todos importan, y todos tienen un lugar.

San Pedro nos recuerda que somos “piedras vivas”, cada uno elegido y necesario, formando juntos algo más grande que nosotros mismos (cf. 1 Pe 2, 4-9). Y en el Evangelio, Jesús pronuncia palabras que tocan lo más profundo del corazón humano: “Yo voy a prepararles un lugar” (cf. Jn 14, 1-12). Un lugar para ti—no solo en la eternidad, sino ya desde ahora, aquí, dentro de su Iglesia.

La promesa del Señor no está hecha para quedarse en palabras. Está llamada a hacerse vida entre nosotros, en lo concreto de nuestra parroquia, en la manera en que nos miramos y nos cuidamos. Por eso la llevo muy en el corazón como su pastor. Deseo conocerlos—saludarlos, escuchar sus historias, estar presente en sus vidas. Quiero que sepan que ustedes son vistos, escuchados y queridos.

Y, sin embargo, también quiero hablar con sinceridad. Dentro de mí existe una tensión constante: por un lado, el deseo profundo de cercanía; por otro, la realidad de atender una parroquia grande y muy activa, con muchas necesidades pastorales, responsabilidades administrativas y compromisos que van más allá de la parroquia. Hay momentos en los que simplemente no puedo estar tan disponible como quisiera.

Pienso especialmente en quienes pueden sentirse olvidados: nuestros hermanos y hermanas en centros de rehabilitación, en hogares de ancianos, quienes no pueden salir de casa o están en hospitales. Cuando alguien los visita, les lleva la Comunión o simplemente se sienta a escuchar, eso les llena el corazón de alegría. Les recuerda que siguen siendo parte de nosotros.

Y es precisamente en esos momentos cuando entendemos algo muy claro: la vida de la Iglesia no depende solo de unos pocos, sino que es responsabilidad de todo el Cuerpo de Cristo. Aquí es donde entran ustedes. Cada uno tiene un papel real e indispensable en nuestra comunidad. Un saludo sencillo, una sonrisa, una palabra amable, una visita, una llamada, una oración—no son cosas pequeñas. Muchas veces, son la manera concreta en que Dios toca el corazón de alguien.

Incluso los gestos más pequeños tienen un gran valor: hacerse a un lado en el banco para dar espacio a quien llega después, sostener la puerta, recoger un papel del suelo, guardar silencio para que otros puedan orar, o también ofrecerse para llevar la Comunión a los enfermos y a quienes no pueden salir de casa. Estos gestos sencillos dicen mucho sin palabras: “Eres bienvenido. Aquí perteneces. Esta es tu casa.”

No vengamos a la Misa pensando solo en lo que recibimos, sino también en lo que estamos llamados a dar. No somos extraños reunidos en un mismo lugar; somos una familia que se va formando por la gracia. Y toda familia se construye con el cuidado de sus miembros.

Este fin de semana, muchos de nuestros jóvenes recibirán el Sacramento de la Confirmación de manos de nuestro obispo, Robert Brennan. Al acercarnos a Pentecostés, pidamos al Espíritu Santo que renueve nuestra parroquia y nos forme como una comunidad viva, atenta, acogedora y llena de amor.

Y cuando sientas la tentación de pensar que no importas, recuerda siempre las palabras del Señor: “Hay un lugar para ti.”

Con mis oraciones,

Mons. “Juan” Cuong M. Pham