3 de marzo de 2024

Queridos hermanos en Cristo,

Al llegar a la mitad de la Cuaresma en esta tercera semana, nos damos cuenta de que nuestro camino de penitencia y reflexión aún no ha terminado. La Cuaresma nos reta a romper con nuestras rutinas espirituales habituales, instándonos a abrazar el cambio y buscar una renovación que nos impulse hacia la meta última de alcanzar la perfección, tal como nuestro Padre celestial nos llama a ser, según nos enseñó Jesús en el Sermón del Monte (Mateo 5:48).

En esta temporada de transformación, la Iglesia nos orienta sabiamente hacia la oración, el ayuno y la limosna, tres pilares fundamentales para nuestra búsqueda de la perfección espiritual. Sin embargo, aunque la oración y el ayuno se adoptan con mucho ánimo, la limosna a menudo queda en el camino, menos practicada y apreciada. Esta omisión no se debe a la falta de necesidad o de oportunidades, sino quizás a un desconocimiento de su verdadero valor y la alegría que puede traer.

Dar limosna es, en esencia, actuar para ayudar a los necesitados, ya sea con dinero, alimentos u otros bienes. Esta práctica es un ejercicio profundo de desprendimiento que nos recuerda que la riqueza material no es nuestro fin último. Más allá de una disciplina personal, la limosna tiene un carácter social inherente, resaltando la naturaleza relacional de nuestra fe. Es una manifestación de amor, un signo visible de nuestro compromiso con el bienestar ajeno, reflejando el amor altruista de Dios. Así, vivimos el mandato de que lo que hacemos por los más pequeños entre nosotros, lo hacemos por Cristo mismo (Mt 25:40).

La lectura del Evangelio para el Tercer Domingo de Cuaresma, nos muestra a Jesús purificando el Templo, un acto de celo por la casa de Su Padre (Juan 2:13-25). Las acciones de Jesús interrumpen la rutina, desafiando el statu quo y llamando a un retorno a la verdadera adoración y devoción. Este pasaje nos invita a reflexionar sobre nuestras propias prácticas de fe, incluida la limosna, como expresiones de nuestro celo por la casa de Dios. Así como Jesús buscó purificar el templo, estamos llamados a purificar nuestras intenciones y acciones, convirtiéndolas en verdaderas ofrendas a Dios.

Decidir a quién apoyar con nuestras limosnas puede parecer una tarea abrumadora ante la gran cantidad de causas dignas. Sin embargo, es en la toma de estas decisiones donde podemos encontrar una conexión más profunda con nuestra fe y con el mundo que nos rodea. Mi compromiso personal con la Campaña Católica Anual se nutre de un profundo aprecio por su impacto en la misión de nuestra Iglesia local, apoyando a parroquias, seminarios, escuelas y programas de alcance. Beneficiado por la generosidad de la Iglesia en el pasado, comprendo de primera mano cómo este apoyo puede transformar vidas. Esta experiencia alimenta mi pasión por dar, convirtiendo mis contribuciones en partes integrales de mi práctica espiritual.

Por lo tanto, la limosna es mucho más que una obligación; es una oportunidad para acercarnos más a Cristo, quien mostró una preferencia especial por los pobres. Es un testimonio de caridad fraterna y una obra de justicia agradable a Dios, como se destaca en el Catecismo de la Iglesia Católica (n.º 2462). Acojamos la limosna con nuevo entusiasmo, permitiendo que nos transforme y nos acerque a la perfección a la que estamos llamados.

Continuando nuestro viaje cuaresmal, busquemos interrumpir nuestras rutinas, inspirados por el llamado del Evangelio a una adoración y devoción auténticas. Que nuestras prácticas de oración, ayuno y limosna nos ayuden a seguir más de cerca los pasos de Cristo, quien nos ha mostrado el camino hacia la verdadera perfección.

Con cariño y devoción en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham