Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Esta semana, al celebrar la Solemnidad de los santos Pedro y Pablo, no puedo evitar pensar en cómo Dios obró maravillas en medio de sus luchas. Pedro, encadenado y vigilado, fue liberado por el ángel del Señor. Pablo, cansado al final de su camino, aún podía decir: “He peleado la buena batalla, he llegado a la meta, he perseverado en la fe” (2 Tim 4,7).
Y yo, como su pastor, me encuentro hoy sintiendo algo de lo que ellos sintieron. Esta ha sido una semana difícil para nuestra comunidad parroquial. Las noticias recientes han dejado a muchos tristes, confundidos, con el corazón inquieto. Algunos sienten el dolor muy de cerca. Otros, simplemente no saben qué pensar o qué vendrá después. Lo comprendo. Lo comparto.
Pero también creo firmemente que Dios no nos ha dejado solos. Así como envió a su ángel a la prisión de Pedro para liberarlo (cfr. Hch 12,1-11), así también envía su luz a nuestras vidas en los momentos más oscuros. Su gracia actúa en el silencio, cuando no sabemos cómo seguir. Su presencia es más fuerte que cualquier cadena.
Y aunque la carga es más pesada ahora, los sacerdotes que permanecemos aquí seguimos caminando con ustedes. No lo hacemos por mérito personal, sino por amor a Cristo y por amor a ustedes, el pueblo que Él nos ha confiado. Nuestros días se han hecho más largos. El peso en el corazón se ha hecho más profundo. Y sin embargo, seguimos aquí. Servimos. Oramos. Nos ofrecemos día a día como podemos, confiando no en nuestras fuerzas, sino en la fidelidad del Señor.
Sus oraciones, sus palabras de ánimo, y su fe sencilla nos sostienen más de lo que pueden imaginar. Cada gesto de apoyo—por pequeño que sea—nos habla del amor de Dios que vive en medio de su pueblo.
Y si alguno se pregunta si el bien espiritual que ha recibido en esta parroquia sigue teniendo valor, les aseguro con todo mi corazón: sí, lo tiene. Cada sacramento, cada palabra que tocó su alma, cada encuentro con la misericordia del Señor—todo eso sigue siendo suyo. Porque no dependía de la perfección humana, sino de Cristo. Y lo que está arraigado en Él no puede ser arrebatado.
En el Evangelio de este domingo, Jesús le dice a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” (Mt 16,18) Esa promesa sigue en pie. Cristo no abandona a su Iglesia.
Hoy se nos pide vivir esa misma confesión de fe. No sólo con palabras, sino con perseverancia. No con certezas humanas, sino con confianza en Dios. Y aunque el camino es difícil, nos lleva más cerca de la cruz… y por lo tanto, más cerca de la resurrección.
Pidamos a los santos Pedro y Pablo que intercedan por nosotros. Que nos consigan la gracia de permanecer firmes, de servir con amor y de creer, incluso ahora.
Con todo mi afecto y mis oraciones,
Mons. Cuong M. Pham
