28 DE ENERO DE 2024

Queridos amigos en Cristo,

Al entrar en el cuarto domingo del Tiempo Ordinario, nuestros corazones y mentes se sienten atraídos por las Escrituras de esta Misa dominical, que hablan conmovedoramente sobre la condición humana de la ansiedad. Me siento particularmente inspirado por el consejo de San Pablo de liberarnos de las ansiedades y centrarnos únicamente en el Señor (cfr. 1 Corintios 7:32-35) y por la historia de Jesús liberando a un hombre poseído por un espíritu impuro (cfr. Marcos 1:21-28), un símbolo conmovedor del miedo y la ansiedad paralizantes que a menudo enfrentamos.

Es innegable que la ansiedad es una realidad presente en nuestras vidas. Como una sombra omnipresente, puede debilitar nuestro espíritu y obstaculizar la alegría de vivir. En su mejor momento, la ansiedad nos distrae de nuestra relación con Dios y de la verdad de que Él es “Señor del cielo y de la tierra” (Mateo 11:25). En su peor momento, es una enfermedad incapacitante, que se apodera de nuestras mentes y sumerge nuestros pensamientos en la oscuridad. En esencia, la ansiedad es el resultado natural cuando nuestras esperanzas están centradas en algo que no sea Dios y Su voluntad para nosotros.

Aunque la ansiedad es una experiencia humana natural, no es lo que Dios quiere para nosotros. Él desea que vivamos vidas caracterizadas no por el miedo y la preocupación, sino por la fe, la esperanza y la paz. San Pablo Apóstol nos aconseja “no estar ansiosos por nada, sino en todo, mediante la oración y la súplica con acción de gracias, hacer conocer nuestras peticiones a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).

Nuestro viaje para superar la ansiedad comienza con un cambio de enfoque. Estamos llamados a fijar nuestros pensamientos en Jesús y la promesa eterna del cielo (cfr. Juan 14:2-3). Este cambio de perspectiva nos permite ver nuestros miedos terrenales a la luz del amor y poder eternos de Dios.

Los eruditos de las Escrituras nos dicen que la frase “No tengas miedo” aparece 366 veces en la Biblia, un recordatorio diario de la presencia constante y el cuidado de Dios. Las historias de los santos que nos han precedido son un testimonio del poder transformador de la fe frente al miedo. Santos como Marta, María Magdalena, Catalina de Siena, nuestros Santos Mártires, Juan Pablo II, Teresa de Calcuta y otros, enfrentaron sus miedos y ansiedades únicos colocando una confianza inquebrantable en el Señor. Su valor y fortaleza vinieron de una fe profunda y del entendimiento de la omnipotencia de Dios.

Para enfrentar nuestras propias ansiedades, primero debemos profundizar nuestro compromiso con Cristo, encontrando seguridad y paz en Él. La oración es, de hecho, la clave para superar o lidiar con la ansiedad, ya que nos asegura de la presencia de Dios y nos recuerda nuestra necesidad de confiar en Su fuerza, no en la nuestra. Como dijo San Juan Vianney, “Dios te manda a orar, pero te prohíbe preocuparte”.

Servir a los demás cambia nuestro enfoque de preocupaciones centradas en uno mismo a las necesidades de quienes nos rodean. Establecer un límite de tiempo en nuestras preocupaciones y aprender a vivir un día a la vez también son pasos prácticos que pueden aliviar en gran medida la carga de la ansiedad.

Les dejo con las profundas palabras de Santa Teresa de Ávila, que resuenan con la paz y la fortaleza que se encuentran en nuestra fe: “Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa; Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta”. Que sus palabras los guíen y consuelen en momentos de ansiedad.

En el amor y la paz de Cristo,

Mons. Cuong M. Pham