28 DE ABRIL DE 2024

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

En este quinto domingo de Pascua, les invito a reflexionar sobre una situación muy conmovedora: imaginen que solo tienen un día para compartir lo más profundo de su corazón con alguien muy querido. ¿Qué verdades esenciales compartirían? Esta misma situación se presenta en el Evangelio de hoy, donde Jesús, en las horas previas a su crucifixión, imparte enseñanzas finales y profundas a sus discípulos: una serie de exhortaciones y ánimos conocidas como el “discurso de despedida”.

Jesús hace una declaración cargada de significado: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador” (Juan 15:1). Esta afirmación va más allá de una simple metáfora, destacando su papel único e irremplazable como fuente de vida y sustento espiritual. Así como las ramas dependen de la vid para sobrevivir y prosperar, nosotros dependemos de Cristo para florecer en la virtud: “Permanezcan en mí, como yo en ustedes. Ninguna rama puede dar fruto por sí misma; debe permanecer en la vid. Ustedes tampoco pueden dar fruto a menos que permanezcan en mí” (Juan 15:4). El fruto al que Jesús se refiere son las virtudes que se desarrollan a partir de una vida arraigada en Él, signos visibles de nuestra transformación interna.

San Pablo nos muestra claramente las consecuencias de una desconexión con Cristo, enumerando actos como la “inmoralidad sexual, impureza, libertinaje; idolatría, hechicerías; enemistades, discordias, celos, arrebatos de ira, ambiciones egoístas, disensiones, sectarismos y envidias; borracheras, orgías y cosas similares” (Gálatas 5:19-21). Estas conductas contrastan radicalmente con el fruto del Espíritu, que incluye “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, gentileza y autocontrol” (Gálatas 5:22-23), virtudes que solo surgen de una vida profundamente conectada con Cristo.

Jesús nos enseña que Dios actúa como un jardinero, cuidando activamente de nuestro crecimiento espiritual: “A toda rama mía que no dé fruto, la corta; y a toda la que da fruto, la poda para que dé más fruto aún” (Juan 15:2). Las pruebas de la vida, aunque difíciles, son las maneras en que Dios nos poda. Estos desafíos, aunque dolorosos, están destinados a refinarnos y profundizar nuestra fe, despojándonos de lo que nos impide avanzar y aumentando nuestra dependencia de Él. Como nos enseña Hebreos 12:11, “Ninguna disciplina parece agradable en su momento, sino dolorosa; pero después produce un fruto de justicia y paz para los que han sido entrenados por ella.” Aceptar estos momentos con confianza nos permite que la gracia de Dios nos transforme en seguidores más fuertes y fieles de Cristo.

Les invito a reflexionar sobre su vida esta semana. ¿Hay dificultades en su vida que podrían ser momentos de poda divina? ¿Qué hábitos, actitudes o comportamientos necesitan ser cambiados? ¿Qué podría estar pidiéndoles Dios que entreguen para ser más fructíferos? Consideren estas preguntas en oración, pidiendo a Dios que revele las áreas que necesitan su trabajo transformador. Confiar en su proceso, sabiendo que, a través de él, Dios nutre nuestro crecimiento y nos moldea para reflejar mejor el carácter de Cristo.

Que esta semana sea un tiempo de reflexión significativa y renovación espiritual mientras buscan profundizar su conexión con Cristo, la vid verdadera.

Con mi recuerdo en el Altar, suyo en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham