Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
En 1990, cuando yo era adolescente en Vietnam, mi familia decidió emigrar a los Estados Unidos como refugiados políticos. Todos se preparaban para irse, pero yo ya había tomado mi decisión: yo no me iba. Vietnam era mi hogar. Allí estaban mi familia, mis amigos, mi parroquia, mi idioma y mi cultura. Estados Unidos era un país que no conocía, con un idioma que no hablaba y un futuro que no podía imaginar. ¿Por qué dejar todo lo conocido por algo tan incierto? Así que me negué a ir, aun sabiendo que mi decisión podía traer serias dificultades para mi familia.
Entonces mi párroco me pidió que hablara con él. Tuvimos una conversación larga y seria. No recuerdo todo lo que me dijo, pero me ayudó a mirar más allá de lo que tenía miedo de perder y a pensar en lo que todavía no podía ver. Cambié de opinión y vine a los Estados Unidos con mi familia.
Ahora, mirando hacia atrás, a veces me pregunto: ¿Qué habría pasado si no hubiera cambiado de opinión? Yo pensaba que simplemente estaba decidiendo si dejar un país para irme a otro. No podía imaginar las personas que conocería, las puertas que se abrirían, ni el camino por el cual Dios un día me llevaría al sacerdocio. Nada de eso podía verlo aquel adolescente que decía: “Yo no me voy.”
Quizás por eso una pequeña frase del Evangelio de este domingo me llega tanto al corazón. Un padre le pide a su hijo que vaya a trabajar en su viña (cfr. Mateo 21, 28-32). El hijo responde: “No quiero.” Pero después cambia de parecer y va. Cambió de opinión, y su historia cambió con él.
¿Cuántas cosas podrían cambiar en nuestra vida si tuviéramos la humildad de reconsiderar algunos de nuestros “no”? “A esa persona nunca la voy a perdonar.” “Yo no vuelvo a confesarme.” “Mi hijo nunca va a regresar a la Iglesia.” “Ya es demasiado tarde.” “Esto ya no tiene remedio.” “Yo no puedo con esto.” Podemos repetirnos estas cosas tantas veces que terminamos creyendo que son verdad. Pero quizás sea el miedo, una herida, el orgullo o el desánimo los que están hablando. Quizás sea precisamente allí donde Dios todavía nos está pidiendo que confiemos en Él.
El profeta Ezequiel nos recuerda que Dios nunca nos reduce a nuestro pasado (cfr. Ezequiel 18, 25-28). Una persona puede cambiar de rumbo. Un pecador puede comenzar de nuevo. Un corazón puede cambiar. Con Dios, el “no” de ayer no tiene por qué ser nuestra respuesta de mañana.
Pero en la parábola hay otro hijo. Este enseguida responde: “Sí, señor”, pero después no va. Quizás este hijo debería incomodarnos un poco a quienes practicamos nuestra fe. Sabemos decirle que sí a Dios: decimos “Amén,” profesamos el Credo, recibimos la Eucaristía y rezamos “Hágase tu voluntad.” Pero Jesús nos pregunta: ¿Fuiste? ¿El Evangelio cambió la manera en que trataste a alguien esta semana? ¿Haber recibido misericordia te hizo más misericordioso? Cuando dijiste “Hágase tu voluntad”, ¿estabas dispuesto a dejar a un lado la tuya?
San Pablo nos muestra cómo es un verdadero sí: “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Filipenses 2, 1-11). Cristo no se limitó a decirle sí al Padre con palabras. Vivió ese sí, humillándose y haciéndose obediente hasta la Cruz.
Por eso quisiera dejarles una pregunta para llevar en el corazón esta semana: ¿Qué me está pidiendo Dios hoy? Quizás sea perdonar a alguien, volver a los Sacramentos, reparar una relación, dejar atrás algo que nos hace daño, o responder a una llamada que hemos estado resistiendo porque, muy dentro de nosotros, seguimos diciendo: “Yo no puedo con esto.”
Hace muchos años, yo solamente podía ver lo que estaba dejando atrás; no podía ver lo que Dios había puesto delante de mí. Quizás algunos de ustedes estén hoy en ese mismo lugar. Tener fe no significa ver todo el camino; significa confiar en Aquel que sí lo ve. Cuando Dios esté cambiando tu corazón, no tengas miedo de cambiar de opinión. Tu “no” no tiene que ser la última palabra, porque a veces todo un futuro comienza con un solo “sí” lleno de fe y de valentía.
Con ustedes en la oración,
Mons. “Juan” Cuong M. Pham
