27 de julio de 2025

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:¿

Cuántas veces hemos estado en Misa, rezando el Padre Nuestro, mientras nuestra mente está en otra parte? Quizá pensando en lo que falta del rito, en lo que hay que hacer después, o simplemente repitiendo las palabras sin detenernos a pensar. Lo decimos… pero, ¿realmente lo rezamos?

Quizás hoy, el Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio nos invita a hacer algo distinto.

Les quiero contar una historia simpática que, aunque da risa, también nos hace reflexionar.

Un niño llamado Benjamín quería tener una hermanita. Así que escribió una carta a Dios: “Querido Dios, he sido un niño muy bueno…” Pero se quedó pensando. Eso no era del todo cierto. Entonces volvió a empezar: “Querido Dios, casi siempre me he portado bien…” Tampoco le convencía. Entonces hizo algo atrevido: tomó la imagen de la Virgen María que su mamá tenía en la sala, la envolvió en una toalla, la metió en un cajón, y escribió: “Querido Dios, si quieres volver a ver a tu mamá…”

Gracioso, ¿verdad? Pero también muy profundo. Este niño entendía algo que muchos de nosotros hemos olvidado: que la oración es algo personal. Que podemos hablar con Dios con confianza, con insistencia, con sinceridad… porque Él es nuestro Padre. Y los hijos pueden hablar con su papá con el corazón abierto.

Eso es justo lo que Jesús nos enseña este domingo cuando los discípulos le dicen: “Señor, enséñanos a orar.” Y Él les da el Padre Nuestro. Una oración sencilla, pero profunda. Muchos de nosotros la sabemos de memoria… pero a veces, de tanto repetirla, olvidamos saborearla.

El Padre Nuestro no es una fórmula mágica. Es un camino espiritual. Nos enseña a poner a Dios en el centro —su Nombre, su Reino, su Voluntad— y luego nos ayuda a presentar nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón, y la fuerza para resistir el mal. Como decía Santo Tomás de Aquino, es la oración más perfecta porque nos enseña no solo qué pedir, sino cómo ordenarlo.

Y no olvidemos la fuerza de esa primera palabra: Padre nuestro. No dice “Padre mío”. Nuestro. Porque somos familia. Cuando rezamos esa oración, no lo hacemos solos, lo hacemos unidos como hermanos. Por eso tiene tanto sentido que la primera lectura de hoy nos muestre a Abraham intercediendo por otros. Y que Jesús nos cuente una parábola sobre un amigo que toca con insistencia la puerta por alguien más. La oración no es solo para mí. Es para todos.

Por eso, quiero hacerte una propuesta: ¿Qué tal si este domingo rezas el Padre Nuestro más despacio? ¿Qué tal si lo haces con el corazón?

Cuando digas “santificado sea tu Nombre,” ¿deseas que Dios sea honrado con tu vida?
Cuando pides el pan de cada día, ¿confías en que Dios no solo te da de comer, sino que alimenta tu alma? Cuando pides perdón, ¿estás dispuesto tú también a perdonar? Y cuando dices “líbranos del mal,” ¿reconoces que esa lucha no es solo contra el mal que vemos en el mundo, sino también contra el mal que a veces llevamos dentro? ¿Estás dispuesto a dejar que Dios te cambie a ti también, para que seas parte del bien que el mundo necesita?

Si estás casado o casada, ¿por qué no rezar el Padre Nuestro con tu esposo o esposa al menos una vez al día? Te aseguro que ese gesto puede transformar tu hogar. San Juan Pablo II decía: “La familia que reza unida, permanece unida.” La oración en familia fortalece el amor, la fe y la esperanza en los momentos buenos… y también en los difíciles.

Los discípulos le dijeron a Jesús: “Señor, enséñanos a orar.” Él lo hizo. Ahora nos toca a nosotros orar con todo el corazón… no solo con los labios, sino con toda nuestra vida.

Con cariño y en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham