Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Mientras leen esta carta, me encuentro en la Ciudad Eterna de Roma, participando en el funeral de nuestro querido Papa Francisco. Esta es ya mi tercera vez regresando a Roma, ciudad en la que viví y serví como sacerdote durante catorce años. Durante seis de esos años, tuve la bendición de trabajar directamente bajo la guía del Papa Francisco, en el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, el organismo encargado de las leyes de la Iglesia.
En ese tiempo aprendí mucho de él: su cercanía, su respeto profundo por cada persona, su amor por los pobres, los marginados, los que no tienen voz. Su testimonio transformó mi manera de ver el sacerdocio y me llevó a comprender más profundamente que Dios es misericordia.
Es muy significativo que celebremos hoy el Domingo de la Divina Misericordia, una fiesta que fue instituida por San Juan Pablo II en el año 2000. Esta devoción nace de las revelaciones que recibió Santa Faustina Kowalska, una humilde religiosa polaca que en los años 30 fue escogida por Jesús para transmitir al mundo su mensaje de misericordia. Ese mensaje sigue siendo, hoy más que nunca, un faro de esperanza para todos.
Santa Faustina vio salir del Corazón de Jesús dos rayos: uno rojo y otro pálido. Representan la Sangre y el Agua que brotaron del costado de Cristo crucificado, símbolos de la Eucaristía y el Bautismo, sacramentos que nos lavan, nos renuevan y nos dan vida. La Coronilla de la Divina Misericordia, que tantos rezamos especialmente a las 3 de la tarde, no es solo una devoción, sino una forma profunda de entrar en el misterio del amor misericordioso de Dios.
El Evangelio de hoy (Juan 20, 19-31) nos muestra a Jesús Resucitado apareciéndose a sus discípulos, llenos de miedo. Sus primeras palabras no son de reproche, sino de paz: “La paz esté con ustedes”. Luego les da el Espíritu Santo y les confía el ministerio del perdón. A Tomás, que dudaba, no lo rechaza, sino que lo invita a tocar sus llagas. Esa es la misericordia en acción: transforma la duda en fe, el miedo en confianza, las heridas en fuente de gracia.
El Papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, nos dice algo que siempre llevo en el corazón: “La Iglesia debe ser un lugar de misericordia gratuita, donde todos puedan sentirse acogidos, amados, perdonados y alentados a vivir la vida buena del Evangelio” (n. 114). Ese fue su sueño para la Iglesia, y ese es el camino que nos toca continuar.
Aunque es un tiempo de duelo y emociones fuertes, me consuela saber que estoy aquí no solo como testigo, sino también como representante de ustedes, mi comunidad. Los llevo conmigo en cada oración, en cada momento de este viaje tan especial. Esta experiencia, aunque dolorosa, también ha sido una gracia para mí.
Les pido, de corazón, que se unan conmigo en oración por el alma del Papa Francisco, por nuestra Iglesia, y especialmente por los cardenales que dentro de poco entrarán en el Cónclave para elegir al nuevo Sucesor de Pedro, el nuevo Vicario de Cristo. Que el Señor Resucitado, que nunca abandona a su rebaño, nos conceda un pastor según su corazón.
Muy pronto estaré de regreso entre ustedes. Hasta entonces, que la Divina Misericordia de Jesús inunde sus corazones y sus hogares con paz y esperanza.
Con cariño y en Cristo,
Mons. Cuong M. Pham
