26 de Octubre de 2025

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Al comenzar la Trigésima Semana del Tiempo Ordinario, el Evangelio de este domingo nos presenta a dos hombres que subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo se gloriaba de sus buenas obras, mientras que el publicano, con humildad, decía: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador” (Lucas 18,13). Con esta parábola, Jesús nos enseña que el valor de la oración no depende de su forma, duración o lugar, sino de la humildad y sinceridad del corazón. Dios escucha no al que aparenta ser religioso, sino al que lo ama y confía verdaderamente en Él.

Esta enseñanza nos invita a reflexionar sobre cómo presentamos nuestras intenciones al Señor, especialmente por medio de la oración más perfecta: la Santa Misa. La Iglesia enseña que en cada Misa se hace presente el único sacrificio de Cristo en el Calvario, ofrecido nuevamente de manera sacramental para la salvación del mundo. Cuando pedimos que se celebre una Misa por una persona —viva o difunta— o por una intención especial, unimos nuestra oración a la ofrenda eterna de Cristo, el Sumo Sacerdote que intercede por nosotros ante el Padre.

Al acercarse el Mes de los Fieles Difuntos, muchos querrán recordar a sus seres queridos en la Misa. Esta es una de las formas más sagradas de honrarlos, más significativa que cualquier otra devoción o buena obra, porque une nuestra intercesión con la de Cristo mismo. Sin embargo, algunas personas piensan que la Misa dominical es “más fuerte” que una entre semana, o que tiene más valor si están presentes cuando se anuncia la intención. En realidad, toda Misa tiene un valor infinito, porque siempre es el mismo Cristo quien se ofrece. Ya sea en una tranquila mañana entre semana o en un domingo lleno de gente, la gracia que brota del Altar es la misma.

Cada Misa se celebra ordinariamente por una sola intención, excepto en las Misas de intenciones colectivas, que el Obispo ha permitido expresamente como excepción pastoral. Cada intención, a su vez, lleva consigo un estipendio, una ofrenda voluntaria que expresa la participación de los fieles en el sacrificio y ayuda al sacerdote celebrante. En nuestra Diócesis de Brooklyn, el obispo ha establecido que la ofrenda sea de $20 por Misa. Según la ley de la Iglesia, el sacerdote solo puede aceptar un estipendio al día, y esa pequeña cantidad sirve para su sustento. Como dijo el Señor: “El obrero merece su salario” (Lucas 10,7).

Cuando una Misa se celebra sin intención, el sacerdote no recibe estipendio ese día. Por ello, por cuidado pastoral, a veces busco intenciones en otras parroquias de todo el país para que cada sacerdote pueda estar sostenido. En ocasiones, yo mismo he celebrado Misas sin estipendio, para que mis hermanos sacerdotes —mis más cercanos colaboradores— puedan recibir uno al día.

El Decreto Mos iugiter (1974) nos recuerda que los estipendios son “un medio por el cual los fieles contribuyen al sostenimiento de los ministros de la Iglesia y participan en su solicitud por la sagrada liturgia.” No es un “pago” por la oración, sino un gesto de fe y comunión, que une la ofrenda del pueblo al sacrificio mismo de Cristo.

Queridos hermanos, los invito a redescubrir esta hermosa tradición. Consideren pedir intenciones de Misa no solo los domingos, sino también entre semana: por sus seres queridos, por sus familias, por la paz o en acción de gracias por las bendiciones recibidas. Cada intención es una semilla de fe que produce frutos eternos y que beneficia tanto al recordado como a quien ofrece la oración.

Cuando los padres hacen esto con frecuencia, enseñan también a sus hijos el valor sagrado de la Santa Misa y la importancia de orar por los demás. Algún día, esos mismos hijos recordarán a sus padres de la misma manera, continuando la hermosa cadena de fe, amor y oración que nos une a todos en Cristo.

Así nos unimos a la oración del humilde publicano, confiando no en la grandeza del momento, sino en la misericordia de Dios, que siempre escucha la oración sincera de su pueblo.

Con sincera oración por cada uno de ustedes en el Altar,

Mons. “Juan” Cuong M. Pham