25 de febrero de 2024

Queridos fieles parroquianos,

Mientras nos reunimos en este Segundo Domingo de Cuaresma, nuestros corazones y mentes están sumergidos en el profundo misterio y maravilla de nuestra fe, iluminados por el Evangelio de la Transfiguración de Jesús. Este sagrado evento no es simplemente un relato histórico; es un testimonio vivo de la esperanza y el ánimo disponibles para nosotros, especialmente durante pruebas, sufrimientos o momentos de fe debilitada.

En el Evangelio, somos testigos de la extraordinaria transformación de Jesús en el Monte Tabor, donde brilla con gloria divina. Esta Cristofanía, que revela a Jesús como el Hijo de Dios, supera incluso a los mayores profetas, Moisés y Elías. Es un anticipo de la gloria celestial que espera a aquellos que siguen fielmente la voluntad de Dios, recordándonos que nuestras luchas actuales son parte de una narrativa divina más amplia.

Reflexionando sobre esta narrativa de la transfiguración de Jesús, recuerdo una historia conmovedora compartida por la Dra. Peggy Hartshorn, presidenta de Heartbeat International (www.heartbeatinternational.org). Se trata de una mujer, en medio de la turbulencia de decidir sobre un aborto, que experimenta una revelación profunda. Durante una ecografía, ve a su hijo aún no nacido, perfectamente formado y moviéndose en su vientre, y, en un momento milagroso, extiende la mano para tocar el monitor. Reflejando su gesto, su bebé estira su brazo, y sus manos se encuentran a través de la pantalla. Este poderoso momento de conexión transforma su decisión, llevándola a elegir la vida. Ella mantuvo al bebé.

Esta historia se asemeja bellamente al poder transformador de la Transfiguración. Así como la mujer vislumbró el misterio de la vida dentro de ella, los Apóstoles vislumbraron el misterio divino de Jesús. Estos momentos de revelación abren nuestros ojos a una realidad mucho más grande que nuestra existencia cotidiana, ofreciendo una perspectiva transformadora que remodela nuestro entendimiento y acciones.

Nuestra vida sacramental en la Iglesia refleja este viaje transformador. Cada Sacramento es un encuentro con el misterio divino que nos cambia profundamente. En el Bautismo, nos convertimos en hijos de Dios; en la Confirmación, en templos del Espíritu Santo; en la Reconciliación, somos restaurados a la rectitud. Estos no son solo rituales; son transfiguraciones personales que dan forma y moldean nuestro viaje espiritual, similares a la experiencia de los Apóstoles en el Monte Tabor.

En la Santa Misa, a través del milagro de la transubstanciación, encontramos a Cristo vivo. La transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús es una invitación para que toquemos este misterio con nuestra fe. Cada Misa es una fuente de fuerza, reflejando la forma en que la Transfiguración de Jesús fortaleció a los Apóstoles.

En tiempos de duda o desesperación, recordemos esta profunda conexión. El toque de la mujer en la pantalla del ultrasonido fue el toque de un misterio mayor, muy parecido a nuestro toque de lo divino en los Sacramentos. Este toque tiene el poder de transformar nuestro entendimiento, nuestras acciones y toda la trayectoria de nuestra vida.

Mientras continuamos nuestro viaje de Cuaresma, mantengamos nuestro enfoque en Jesús. Su Transfiguración sirve como un faro de esperanza y fortaleza, recordándonos la gloriosa transformación que nos espera. Acojamos cada encuentro sacramental con corazones abiertos, permitiendo que estas experiencias nos transformen, nos alienten y nos fortalezcan, especialmente en momentos de oscuridad y miedo.

En el amor transformador de Cristo,

Mons. Cuong M. Pham