Queridos feligreses y amigos:
Este Domingo de Pentecostés tiene para mí un significado muy especial. Mientras la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, yo también doy gracias a Dios por la gracia de veinticinco años de sacerdocio — del 2 de junio de 2001 al 2 de junio de 2026.
Estos días han estado llenos de emociones, preparativos, recuerdos y momentos de reflexión silenciosa. En medio de tantas actividades por este aniversario, me descubro pensando con frecuencia en el camino por el cual el Señor me ha conducido durante estos años. Pienso no solo en los grandes momentos y acontecimientos visibles del sacerdocio, sino también en las experiencias sencillas y cotidianas que poco a poco fueron formando mi corazón.
El sacerdocio se vive sobre todo en lo ordinario: en las conversaciones después de la Misa, en los hospitales, en los momentos de alegría y de dolor compartidos con los demás, en el silencio de la oración, y también en las luchas y sacrificios escondidos que solo Dios conoce. Al mirar hacia atrás, me doy cuenta de cuánto mi vida ha sido bendecida y sostenida por tantas personas a lo largo del camino.
Pienso en los sacerdotes que inspiraron mi vocación y me acompañaron con su apoyo y amistad. Pienso en mis padres, que me ofrecieron al Señor con tanta fe y generosidad. Pienso en mi familia aquí y en Vietnam, en maestros, formadores, obispos, hermanos sacerdotes, benefactores, amigos y en tantos hombres y mujeres de fe cuya bondad, cariño y oraciones me han acompañado durante estos años.
Hace veinticinco años, en mi Primera Misa, Mons. Peter Vaccari habló sobre el Espíritu Santo y sobre la pasión que un sacerdote debe tener. Dijo que un sacerdote debe estar “encendido” por el Señor. Esas palabras nunca se me olvidaron.
Hoy las entiendo mucho más profundamente. Sin el Espíritu Santo, el sacerdocio puede convertirse poco a poco en rutina, cansancio y peso. Pero cuando el Espíritu permanece vivo en el corazón de un sacerdote, las personas encuentran algo más que un hombre. Encuentran compasión, fe, esperanza y paz. En definitiva, encuentran a Cristo.
Hay una frase de la Escritura que ha estado muy presente en mi corazón estos días: “Toda la tierra hablaba una sola lengua” (Gen 11:1). A veces, lo confieso, siento nostalgia de esa sencillez. Desde mi primera asignación en Queens Village, pasando por mis años en Roma, mi servicio en la Santa Sede y en la Nunciatura Apostólica en Washington, y ahora aquí en Our
Lady of Mount Carmel Church, siempre he vivido y servido entre diferentes idiomas y culturas. A veces la gente admira esa capacidad, pero sinceramente, también cansa. Hay momentos en que uno siente el peso de tratar de comprender a los demás y también de hacerse entender.
Sin embargo, con los años he descubierto un lenguaje más profundo que las palabras: el lenguaje del amor, de la compasión y de la fe. La gente no se acerca solamente porque un sacerdote hable su idioma. Se acerca porque desea encontrar a Dios, misericordia, comprensión y esperanza.
Quizás ese sea el verdadero milagro de Pentecostés: no que todos hablaran nuevamente el mismo idioma, sino que el Espíritu Santo hizo posible la comunión en medio de tantas diferencias humanas.
Al celebrar este Jubileo de Plata, mi oración es sencilla: que pueda seguir siendo un puente que acerque a las personas entre sí y las acerque más a Cristo; que el fuego que el Señor encendió en mi corazón hace veinticinco años nunca se apague; y que los jóvenes todavía puedan descubrir en el sacerdocio algo hermoso, alegre y digno de entregar la vida.
Queridos amigos, gracias por sus oraciones, su paciencia, su cariño y su apoyo durante todos estos años. Todo el bien que haya podido hacer como sacerdote ha sido sostenido por la gracia de Dios y por la bondad de tantas personas que Él ha puesto en mi vida.
Por favor, sigan rezando por mí, así como yo continúo rezando por ustedes.
Con profunda gratitud y afecto en el Señor,
Mons. “Juan” Cuong M. Pham
