24 DE MARZO DE 2024

Querida Familia Parroquial,

A medida que nos acercamos a la Semana Santa, nuestros pensamientos se vuelven hacia el contraste entre las definiciones terrenales y divinas de realeza y victoria. El autor griego Plutarco describe cómo se supone que los reyes deben entrar en una ciudad. Escribe sobre un general romano, Aemilio Paulo, quien derrotó a los Macedonios. Cuando Aemilio regresó a Roma, su desfile triunfal fue extravagante y duró tres días. El primer día mostró todo el arte que su ejército había saqueado. El segundo día exhibió las armas capturadas, y el tercer día presentó 250 bueyes con cuernos cubiertos de oro, liderando un desfile que incluía al rey derrotado de Macedonia y su familia. Aemilio mismo montaba en un carro magnífico, vestido con una túnica púrpura entrelazada con oro, y estaba acompañado por un gran coro que cantaba himnos, alabando sus victorias (cf. http://www.sigurdgrindheim.com/sermons/king.html).

En marcado contraste, contemplamos a Jesús entrando en Jerusalén. En lugar de una demostración de poder y riqueza, Él eligió la simplicidad y la humildad, montando en un simple burro, cumpliendo la profecía de Zacarías. Los reyes montaban burros en tiempos de paz. Este acto no fue solo una señal de paz, en oposición a la guerra, sino una clara declaración de su realeza, una arraigada en la humildad, la paz y el servicio. Fue un momento que redefinió el significado de victoria y liderazgo.

Esta Semana Santa, estamos llamados a sumergirnos en el espíritu de humildad, paz y servicio ejemplificado por Jesús. Su viaje desde el Domingo de Ramos hasta Su crucifixión no estuvo marcado por símbolos de poder terrenal, sino por actos de amor y sacrificio. Las palmas que recibimos el Domingo de Ramos no son meros símbolos de Su entrada triunfal, sino recordatorios de nuestra vocación de vivir estas virtudes en nuestra vida diaria.

El Jueves Santo profundiza nuestro viaje hacia la humildad y el servicio, invitándonos a reflexionar sobre la Última Cena, donde Jesús estableció la Eucaristía y demostró liderazgo de servicio al lavar los pies de los discípulos. Esta noche nos desafía a abrazar y encarnar el profundo amor y humildad que Cristo nos mostró. El Viernes Santo nos llama a una reflexión sombría sobre el sacrificio de Jesús, invitándonos a venerar la cruz y meditar sobre la profundidad de Su amor y el peso de nuestros pecados. Es un día que enfatiza el ayuno, la penitencia y la gratitud por el don de la salvación obtenida a través del sufrimiento y la muerte de Jesús. El Sábado Santo, un día de quieta anticipación, da paso a la Vigilia Pascual, donde la luz del cirio pascual disipa la oscuridad, simbolizando la victoria de Cristo sobre la muerte. Este servicio, enriquecido con Escritura, renovación bautismal y el canto exultante del Aleluya, nos invita a la alegría y esperanza de la Resurrección. El Domingo de Resurrección culmina nuestro viaje de Semana Santa con una celebración jubilosa de la Resurrección. La iglesia, llena de flores y Aleluyas, nos llama a regocijarnos en la nueva vida y victoria de Cristo. Es un día que afirma nuestra fe en la promesa de nuestra propia resurrección y nueva vida en Él.

Esta semana más importante en nuestro calendario litúrgico no es simplemente un recuerdo de eventos históricos; es una invitación a experimentar nuestra propia renovación espiritual. Acerquémonos a este período sagrado con corazones abiertos, resueltos a vivir más plenamente a imagen de Cristo, nuestro Rey humilde, quien nos guía por los caminos de la paz y el servicio.

Deseándoles una Semana Santa profundamente significativa, les saluda

Mons. Cuong M. Pham