Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Este domingo Jesús nos dice: “Esfuércense en entrar por la puerta angosta” (Lucas 13:24). A primera vista, suena un poco intimidante. ¿Por qué no puede ser la puerta ancha, fácil y cómoda? Pero Jesús conoce demasiado bien nuestro corazón humano. Si la puerta fuera ancha, querríamos pasar con todo el equipaje: el orgullo, los rencores, los malos hábitos, las excusas favoritas… y nunca cambiaríamos de verdad.
Recuerdo de mi niñez cuando mis amigos y yo jugábamos en la calle a las “carreras de llantas.” Con palos en la mano empujábamos llantas viejas de un extremo de la cuadra al otro. Si la llanta se caía, había que empezar de nuevo. Al final de la cuadra había un portón de madera que casi siempre se abría de par en par. Pero después de una tormenta, se torció y sólo se abría a la mitad. Para pasar teníamos que apretarnos y dejar atrás los palos y las llantas de sobra. Molesto al principio… pero una vez adentro, ¡el verdadero juego podía comenzar! Así es la fe. La puerta angosta no nos bloquea, nos libera. No podemos llevar todo con nosotros al Reino de Dios. Algo tenemos que dejar atrás.
Y en la vida parroquial lo vemos claro. Muchos se aferran a hacer las cosas “como siempre se han hecho.” Algunos se quejan de quienes reciben la Eucaristía sin cuidado; o de lectores que suben al ambón y leen como si fuera un periódico; o de ministros que vienen a Misa vestidos como si fueran a una fiesta social. Otros se frustran porque después de la Misa la gente habla fuerte en la iglesia, sin respetar a los que quieren rezar en silencio. Y hasta el riego excesivo de las flores se ha convertido en motivo de disputa santa.
También escucho quejas sobre la falta de voluntarios: “Padre, ¿dónde están los lectores que proclamen con claridad? ¿Dónde los ministros que sirvan con agilidad? ¿Dónde los ujieres que reciban a la gente con alegría?” Pero pocas veces escucho: “Padre, aquí estoy, cuente conmigo.” Más bien se escucha: “Yo no, Padre, estoy muy ocupado.” Y ahí me tienen a mí, en la sacristía, vistiéndome para la Misa, y de repente me dicen: no hay lector, no hay ujier, no hay ministro. Y aunque quisiera, el sacerdote no puede consagrar la Eucaristía y al mismo tiempo pasar la colecta. ¡Tengo solo dos manos!
Recuerdo también una señora que me dijo: “Padre, nuestra parroquia es muy bonita, pero demasiado devocional y espiritual. En la otra parroquia hay comidas, paseos, juegos y entretenimiento. ¿Por qué aquí tenemos poco?” Yo le pregunté: “¿Y estaría usted dispuesta a ayudar a organizar algo?” Su respuesta: “Ay no, Padre, yo no. Estoy muy ocupada.” Luego sugirió contratar a un coordinador de eventos. Mi siguiente pregunta: “¿Y estaría usted dispuesta a ayudar a pagar?” Ya saben la respuesta.
Hermanos, ¿Se dan cuenta de lo que pasa? Todos queremos liturgias hermosas, flores frescas, convivios alegres, ministerios inspiradores. Pero nada de eso sucede sin personas dispuestas a pasar por la puerta angosta del servicio, del sacrificio, del compromiso. Muy a menudo esperamos que “otro” lo haga, mientras nosotros seguimos cómodos.
La Carta a los Hebreos nos recuerda: “Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero más tarde produce un fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11). Eso es lo que promete el Señor: la puerta angosta aprieta al principio, pero al otro lado hay bendición y alegría. Cuando soltamos el orgullo y las excusas, encontramos humildad. Cuando damos un paso al frente para servir, descubrimos propósito. Cuando compartimos nuestro tiempo y talento, vemos a nuestra parroquia cobrar vida.
Así que les pregunto esta semana: ¿Qué siguen intentando pasar por la puerta angosta—su orgullo, sus rencores, su resistencia a servir, sus excusas de “yo no”? El Señor nos invita a soltar, para poder entrar más libremente. Y cuando lo hacemos, descubrimos el gran banquete de su Reino—ya vivo aquí en nuestra parroquia, y que se cumplirá un día en el cielo.
Con mi oración y bendición,
Mons. Cuong M. Pham
