Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
En este Tercer Domingo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos llega con fuerza y nos invita a reflexionar sobre nuestra propia vida: ¿Estamos dando frutos? ¿O solo estamos recibiendo sin devolver nada? En el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de una higuera que, año tras año, es cuidada y alimentada, pero nunca da fruto (cfr. Lucas 13, 1-9).
Claro que Jesús no nos está hablando solo de árboles o de agricultura. Nos está hablando a cada uno de nosotros. Qué fácil es recibir tantas bendiciones de Dios — la vida, la salud, el amor de la familia, su misericordia — y sin embargo, quedarnos de brazos cruzados, sin producir buenos frutos.
Pero lo hermoso de esta parábola no es la condena, sino la paciencia y la misericordia de Dios. El viñador — que representa a Jesús — pide más tiempo, promete cuidar la higuera, abonarla, y darle una nueva oportunidad para que florezca. ¡Así es nuestro Dios! Un Dios que nunca se cansa de nosotros y que siempre nos da otra oportunidad.
Piénsalo: ¿cuántas veces Dios nos ha dado una nueva oportunidad en la vida? ¿Y qué hemos hecho con ella? Hermanos, aquí estamos, en otra Cuaresma, en otro año de gracia. Una nueva oportunidad para crecer, para cambiar, para dar fruto. ¿La vamos a dejar pasar?
Recuerdo una historia real que me conmovió mucho. Un taxista, al terminar su turno, recibió una última llamada. Pensó en apurarse y terminar de una vez. Pero algo en su corazón le dijo que esperara. De la casa salió una ancianita frágil, que le pidió recorrer la ciudad una última vez antes de ingresar a cuidados paliativos. Visitaron los lugares que marcaron su vida: donde trabajó, donde bailó, donde amó. El conductor, en ese simple gesto de dar un poco de su tiempo y su atención, le regaló un momento de alegría que ella llevaría en su corazón hasta el final. Al final, el taxista pensó: “De todo lo que he hecho en la vida, esto quizás fue lo más importante.”
Así de sencillo, hermanos. A veces, los pequeños gestos — escuchar, acompañar, dar una mano — son los que más frutos dan.
Como les dije al empezar la Cuaresma: está bien dejar el pastel o el helado, evitar ese trago, y prepararse para el verano. Pero no se olviden de lo más importante: salir de ustedes mismos, tender la mano, hacer el bien. Recuerden lo que confesamos al empezar cada Misa: “Perdona nuestras ofensas, por lo que hemos hecho y por lo que hemos dejado de hacer.” La Cuaresma no es solo dejar cosas, sino también dar — de nuestro tiempo, nuestro amor, nuestro servicio a los demás. Y a veces, los actos más pequeños son los que Dios convierte en frutos grandes.
Por eso, quiero compartirles una hermosa oportunidad que tenemos como comunidad: nuestro Grupo de Jóvenes se está preparando para una peregrinación a Roma este verano, donde participarán en el Jubileo de los Jóvenes con el Papa Francisco. Estos muchachos y muchachas son un orgullo para nuestra parroquia: son líderes, servidores y el futuro de nuestra Iglesia.
Apoyarlos en este viaje no es solo un acto de generosidad; es también una manera de cuidar y alimentar esos árboles jóvenes y fuertes que ya están dando fruto entre nosotros. Es ayudarlos a crecer más, a fortalecer su fe, y a prepararlos para seguir sirviendo con más amor y compromiso.
Los invito de corazón a que piensen cómo pueden ayudar a hacer realidad este sueño — con sus oraciones, con palabras de aliento, o con su apoyo económico. Estaremos invirtiendo no solo en ellos, sino en el futuro de nuestra Iglesia. Porque los buenos frutos nacen de árboles bien cuidados.
Que esta Cuaresma sea un tiempo de crecimiento para todos. Que dejemos al Señor — nuestro Divino Jardinero — trabajar en nuestros corazones, y que nuestras vidas den frutos abundantes que alegren a Dios y llenen de esperanza a nuestro mundo.
Con cariño y bendiciones,
Mons. Cuong M. Pham
