23 de Junio de 2024

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Al reunirnos en este Duodécimo Domingo del Tiempo Ordinario, las Escrituras de la Misa de hoy nos entregan un mensaje profundo de esperanza, que resuena profundamente con mi propio camino a través de las tempestades de la vida y la presencia constante de Dios.

Crecí en medio del caos de la Guerra de Vietnam, enfrentando sus traumáticas secuelas y reasentándome en Estados Unidos siendo adolescente, he enfrentado numerosas dificultades que pusieron a prueba mi fe. Como su sacerdote, tengo el privilegio de acompañarles en sus propias pruebas, ya sea pobreza, enfermedad, angustia u otros desafíos. A diario, personas con grandes necesidades buscan consuelo y esperanza en nuestra Iglesia, y me encuentro profundamente comprometido, esforzándome por ofrecer compasión y empatía, aún en medio de mis propias cargas.

Sin embargo, en medio de estos desafíos personales y comunitarios, la verdad de que solo Dios puede calmar las tormentas de la vida permanece evidente. Nuestra fe, probada en momentos de vulnerabilidad, emerge más fuerte. Como los discípulos en el Mar de Galilea, atemorizados en medio de una violenta tormenta, yo también he sentido la presencia tranquilizadora del Señor cuando más lo necesitaba. La presencia calmante de Jesús nos recuerda que incluso en medio de problemas aparentemente insuperables, Él está con nosotros, a menudo en susurros suaves, manos extendidas, promesas de oración o gestos de apoyo.

El Evangelio de este Domingo ilumina nuestra experiencia humana de navegar tiempos tormentosos: un llamado a apoyarnos en Cristo no solo en crisis, sino en cada momento de nuestras vidas. Reflexionen sobre sus propias experiencias y reconozcan dónde ha estado presente Cristo. Recuerden aquellos momentos en que buscaron desesperadamente, sintiendo Su presencia tranquilizadora justo cuando el desespero parecía apoderarse. La calma de Jesús sobre el mar turbulento no es solo simbólica; es una promesa de Su control sobre el caos de la vida, una lección de que incluso cuando nuestra fe vacila, Su respuesta inmediata a nuestros clamores nos asegura Su guía hacia la seguridad.

Nuestra esperanza en medio de las tormentas de la vida radica en confiar en Jesús, escuchando atentamente Su suave susurro, seguros de que Él siempre está cerca. Cristo es nuestro ancla, y nuestra fe en Él, junto con el amor y apoyo de nuestra comunidad eclesial, nos guiará a través de cualquier tempestad.

Estoy lleno de profunda gratitud hacia Dios porque, a pesar de las tormentas que he enfrentado, ninguna ha oscurecido mi visión positiva de la vida ni mi espíritu alegre. Por el contrario, estas pruebas han fortalecido mi fe de que Cristo camina conmigo, guiándome a través de aguas tumultuosas.

Para concluir, deseo compartirles la buena noticia de que recientemente tuve el privilegio de concelebrar la Misa de Acción de Gracias con el recién ordenado Padre Joseph V. Nguyen “JV” en el Norte de Vietnam. Fue una celebración marcada por una alegría profunda y conmovedores testimonios de fe, que nos recuerdan el poder perdurable de la presencia de Dios en nuestras vidas. Al igual que yo, este joven sacerdote ha enfrentado muchas dificultades en la vida, pero solo han servido para fortalecer su compromiso religioso. Su historia es una inspiradora ilustración del poder transformador de Jesús en nuestras vidas, mostrándonos que incluso en medio de los mayores desafíos de la vida, la gracia de Dios nos sostiene y fortalece.

Además, después de pasar unos días en Hanói, Vietnam del Norte, ahora viajaré a Saigón, Vietnam del Sur, para estar presente en la Misa de Acción de Gracias de mi hijo espiritual, el Padre Joseph C. Le. Esta parte del viaje me permite visitar mi antigua parroquia donde nací y crecí, y pasar tiempo con mi familia extendida. Tengan la seguridad de que siempre los recordaré en el Altar cada día.

En solidaridad en la oración,

Mons. Cuong M. Pham