21 DE JUNIO, 2026

¡Saludos desde Saigón!

Aunque estoy al otro lado del mundo, los llevo muy presentes en mis pensamientos y en mis oraciones. Quiero compartir con ustedes algunas experiencias de estos últimos días que han tocado profundamente mi corazón y que me han ayudado a comprender de una manera muy concreta el mensaje del Evangelio de este domingo.

Junio suele ser uno de los meses más ocupados en la vida de la Iglesia. Es tiempo de ordenaciones, primeras Misas de acción de gracias, aniversarios sacerdotales y religiosos, bodas y funerales. Mi visita a Vietnam no ha sido la excepción. De hecho, algunos amigos me han dicho bromeando que este viaje se parece más a una misión pastoral que a unas vacaciones. Y, pensándolo bien, creo que tienen razón.

Durante la última semana he celebrado la Santa Misa en varias iglesias que formaron parte de mi historia vocacional y he tenido la alegría de reencontrarme con muchas personas que, de una u otra manera, ayudaron a moldear mi camino de fe.

Uno de los momentos más hermosos fue participar en una Misa de Acción de Gracias por el decimoquinto aniversario de profesión religiosa de un gran amigo mío, sacerdote carmelita, quien sirvió durante años en Nueva York antes de convertirse en el primer Provincial de su comunidad en Vietnam. Ver una iglesia llena de fieles dando gracias por una vida entregada al Señor fue un hermoso recordatorio de que Cristo sigue llamando a hombres y mujeres a seguirlo con generosidad.

Sin embargo, la experiencia que más me impactó ocurrió unos días después, cuando visité el Santuario de San Martín de Porres, donde los Hermanos de San Juan de Dios atienden a más de cien enfermos terminales. Allí observé a una joven religiosa cuidando a un hombre enfermo de cáncer que lleva más de diez años postrado en una cama. Con gran delicadeza le acomodaba la almohada, le limpiaba el rostro y le hablaba con una ternura extraordinaria. Lo que más me impresionó fue que todo lo hacía con una sonrisa serena y llena de alegría.

En ese momento pensé: así se ve el amor de Cristo. No había cámaras. No había reconocimiento. No había aplausos. Sólo una discípula del Señor entregándose silenciosamente al cuidado de una persona que muchos podrían olvidar. Aquella escena me hizo recordar las palabras de Jesús en el Evangelio de este domingo: “No tengan miedo” (Mt 10:31).  Nuestro Señor nos recuerda que ni siquiera un gorrión cae a tierra sin que el Padre lo sepa (cfr. Mt 10:29). Si Dios cuida de las aves del cielo, cuánto más cuida de quienes sufren, de quienes están solos o de quienes se sienten olvidados. A través de las manos de aquella religiosa pude contemplar la ternura misma de Dios.

También tuve la alegría de celebrar la fiesta de Santo Domingo Savio junto a los monaguillos de mi parroquia de origen. Ver a tantos jóvenes sirviendo con entusiasmo a la Iglesia me llenó de esperanza y me hizo pensar en nuestros propios monaguillos de Mount Carmel. La Iglesia tiene futuro cuando los jóvenes descubren la alegría de servir al Señor.

Al reflexionar sobre todas estas experiencias, me doy cuenta de que el Evangelio sigue vivo cada vez que el amor de Cristo se hace visible. Lo vemos en quienes sirven generosamente, en quienes acompañan a los enfermos, en quienes consuelan al que sufre y en tantas obras de caridad que nadie ve, excepto Dios. Que esta semana cada uno de nosotros pueda ser un reflejo de ese amor en nuestro hogar, en nuestra parroquia y en nuestra comunidad.

Aunque me encuentro a miles de millas de distancia, sepan que permanecen muy cerca de mi corazón. Cada día los recuerdo en el altar y los encomiendo a la protección amorosa de nuestra Santísima Virgen María.

Suyo en Cristo,

Mons. “Juan” Cuong M. Pham