21 DE ENERO DE 2024

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,

Al reunirnos para celebrar la Santa Eucaristía en este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, las lecturas de la Sagrada Escritura en la Misa nos presentan un hermoso tapiz de llamados divinos y respuestas humanas. Estos textos antiguos no son solo relatos históricos; son palabras vivas que hoy día hablan directamente a nuestras vidas, invitándonos a reflexionar sobre la urgencia e inmediatez del llamado de Dios y cómo respondemos a él.

En el Libro de Jonás, encontramos a un profeta que al principio huyó del llamado de Dios, pero que finalmente lo aceptó y fue testigo del poder transformador de la palabra de Dios en Nínive (cf. Jonás 3:1-5, 10). En su carta a los Corintios, San Pablo nos insta a vivir plenamente el presente, reconociendo la naturaleza efímera de este mundo y la significancia eterna de nuestras acciones (cf. 1 Corintios 7:29-31). Y en el Evangelio de Marcos, vemos a Jesús llamando a Sus primeros discípulos, quienes de inmediato dejan sus redes para seguirlo (cf. Marcos 1:14-20). Estas poderosas narrativas nos transmiten un mensaje único y transformador: Dios nos llama a la conversión y a una vida renovada.

Este mes de enero, dedicado a la santidad de la vida humana, nos invita a profundizar nuestra reflexión sobre estas Escrituras. Nos recuerda la sacralidad de cada vida humana, desde la concepción natural hasta la muerte natural. Ser pro-vida no es solo una obligación moral, sino una profunda expresión de nuestra fe cristiana, un reflejo del amor inmenso de Dios y la dignidad inherente que Él otorga a cada persona. Es un llamado concreto a la acción, un compromiso de proteger a los más vulnerables y sin voz, en especial a los no nacidos.

En lo personal, este fin de semana tiene un significado emocionalmente profundo para mí. Este pasado viernes, 19 de enero, se cumplió el tercer aniversario del fallecimiento de mi padre. En la cultura vietnamita, este aniversario marca tradicionalmente el fin del periodo de luto, un tiempo para retomar los ritmos normales de la vida. Sin embargo, para mí, el paso del tiempo no ha traído cierre. La pérdida sigue siendo reciente, como una herida que no ha sanado completamente, desafiando la idea de que el tiempo cura todas las heridas.

Este año, por coincidencia, la Marcha Anual por la Vida en Washington, DC, ocurrió el mismo día del aniversario de mi padre. Como ferviente defensor de la vida, mi padre siempre encontró gran consuelo en ese evento, alegrándose de ver a cientos de miles de cristianos, católicos y otras personas unirse para afirmar la santidad de la vida. Oraba incontables Rosarios por los niños no nacidos y por todas las madres y padres enfrentando dificultades, con la esperanza de que algún día nuestra sociedad sea lo suficientemente civilizada para abrazar toda vida. Su postura pro-vida no era solo una cuestión de fe, sino una convicción profundamente personal. Al recordar su memoria, encuentro consuelo en continuar su legado, defendiendo la protección y dignidad de toda vida humana.

Les invito, queridos hermanos y hermanas, a unirse a mí en reafirmar nuestro compromiso con esta causa vital. Agradezcamos por cada vida y esforcémonos por construir una cultura de vida y amor donde cada individuo sea aceptado, bienvenido y protegido. Este compromiso significa abogar por los no nacidos y cuidar de los marginados, vulnerables y aquellos que necesitan nuestro amor y apoyo.

Que la Palabra de Dios nos inspire a todos a responder al llamado divino con la misma prontitud que mostraron los Apóstoles. Que el enfoque de este mes en la santidad de la vida humana nos sirva de recordatorio constante para orar por la protección de toda vida, en particular la de los no nacidos en el vientre materno. Y cuando oren por los defensores de la vida que puedan conocer, les pido que también recuerden incluir a mi padre Juan Thu Pham. ¡Muchísimas gracias!

Con el amor de Cristo,

Mons. Cuong M. Pham