Al avanzar en esta temporada de verano—un tiempo para descansar, reconectarnos y renovarnos—me siento especialmente tocado por el Evangelio de este domingo, el XVI del Tiempo Ordinario. Jesús le dice con ternura a Marta: “Estás inquieta y preocupada por muchas cosas; solo una es necesaria” (Lucas 10, 40–42). No escucho estas palabras solo como una enseñanza, sino como una invitación personal.
Como su párroco—al frente de una parroquia grande, activa y diversa en medio de la ciudad—con frecuencia me identifico con Marta. Las responsabilidades nunca terminan, la agenda siempre está llena, y las necesidades pastorales llegan a toda hora. Llevo en el corazón el peso de esta comunidad que tanto amo, mientras intento también estar presente para mi familia—mi mamá, mi abuela, mis hermanos, parientes y amigos cercanos—que, como los suyos, también necesitan tiempo y atención. Los días pueden volverse muy largos.
Esa es la tensión que vivo: ser párroco para muchos, y al mismo tiempo hijo, hermano, primo, consejero, amigo de quienes me conocieron antes del sacerdocio. Servir con entrega, pero también necesitar momentos para estar con Dios, con los demás, y conmigo mismo. Sé que muchos de ustedes viven luchas parecidas en sus hogares y trabajos. Pero el sacerdocio tiene límites poco visibles y exigencias constantes.
Por eso este Evangelio me habla tan profundamente. Abraham recibió al Señor con generosa hospitalidad, y lo que hizo sagrado ese momento fue su presencia (cf. Gén 18, 1–10a). María recibió a Jesús con el corazón. Y Él dijo que eso era la mejor parte (cf. Lc 10, 38–42). Yo también estoy intentando, especialmente en este tiempo de verano, elegir más seguido esa mejor parte: hacer pausas, orar, descansar y escuchar.
Es importante recordar que los sacerdotes no trabajamos con un horario fijo. Vivimos donde servimos y estamos “de guardia” de manera constante. Las llamadas, mensajes, correos, visitas, reuniones, emergencias y compromisos fuera de la parroquia rara vez se detienen. Y aunque valoro profundamente el cariño y la calidez con que nuestra comunidad hispana sabe expresarse—como cuando muchos buscan una bendición personal después de Misa, aunque ya se ha impartido la solemne bendición desde el Altar, o cuando se pide una reunión por temas que quizá se podrían resolver con una simple llamada o mensaje—les pido que consideren cuánto ayudan esos pequeños gestos de prudencia. Cada momento de paciencia, comprensión y discreción contribuye a sostener nuestra vocación y el servicio que ofrecemos a miles de personas.
Por eso, cuando sea posible, pregúntense si algo es verdaderamente urgente o puede esperar. Respetar nuestros momentos de descanso y silencio no es alejamiento, sino una forma de cuidar este ministerio que Dios nos ha confiado a todos.
Les agradezco sinceramente la confianza que depositan en mí. Sé que la mayoría se acercan con buenas intenciones y necesidades reales. Pero así como Jesús le recordó a Marta que no debía hacerlo todo, también nos invita a todos a bajar el ritmo y enfocarnos en lo que verdaderamente importa.
Este verano, los animo—mientras yo también me lo recuerdo a mí mismo— a hacer del tiempo un regalo verdadero: Escuchen sin distracciones. Compartan una comida sin prisa. Recen con el corazón. Ofrezcan su presencia más que su actividad.
Y ya sea que estén de viaje o en casa, que este tiempo no sea solo para relajarse, sino para reconectarse—con Cristo, con sus seres queridos y con ustedes mismos.
Con cariño y oración,
Mons. “John” Cuong Pham

