20 de abril de 2025

Querida familia parroquial y amigos en Cristo,

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

¡Qué alegría poder saludarlos con estas palabras triunfales en esta Pascua! Son mucho más que un saludo de temporada: son el corazón mismo de lo que somos como cristianos. La Resurrección de Cristo no es solo un acontecimiento del pasado, sino la victoria que da sentido a nuestra vida hoy: la luz ha vencido a las tinieblas, la gracia ha vencido al pecado, y la vida ha triunfado sobre la muerte.

Uno de los aspectos más hermosos del relato pascual es su sentido de movimiento. El Evangelio está lleno de vida: María Magdalena corre a avisar a Pedro y a Juan que el sepulcro está vacío. Ellos corren a comprobarlo. María se queda, y en su espera, ve al Señor resucitado—y luego corre nuevamente para compartir la Buena Nueva. Esa es la Iglesia en su mejor expresión: no inmóvil, sino que sale al encuentro con alegría.

Estamos llamados a ser como María Magdalena—tan transformados por nuestro encuentro con Jesús que no podemos guardarlo para nosotros. Ella es la primera testigo de la Resurrección, y nos enseña lo que significa ser discípulos misioneros: correr, anunciar, y vivir la Buena Nueva con todo nuestro ser.

Cada año, en la Vigilia Pascual, me conmueve profundamente ese momento poderoso en el que el Cirio Pascual es llevado a la iglesia oscura. De una sola llama, la luz comienza a propagarse, hasta que todo el templo resplandece. Esa imagen permanece en mi corazón porque habla de esperanza. Me recuerda que incluso la luz más pequeña, compartida con amor, puede cambiarlo todo. Y me hace pensar en ustedes—cada uno sosteniendo su luz con fe, y compartiéndola con el mundo.

Vivimos tiempos difíciles. Hay mucha incertidumbre y división en nuestro mundo y también en nuestro país. Pero la Pascua es la respuesta definitiva de Dios al miedo y a la desesperanza: ¡Cristo ha resucitado! Y por eso, nunca podemos perder la esperanza. Hoy más que nunca, el mundo necesita lo que nosotros tenemos: la luz de Cristo, viva en nosotros. San Pablo nos dice: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (cf. 1 Cor 15,14). Pero Él ha resucitado, y eso lo cambia todo. Vivamos, entonces, como personas que verdaderamente lo creen. Seamos un Pueblo Pascual, no solo de palabra, sino en la manera en que amamos, servimos, perdonamos, y salimos al encuentro de los demás. Seamos “discípulos que corren”, como María, Pedro y Juan—personas movidas por la alegría de haber encontrado al Señor Resucitado.

Y algo hermoso para recordar: la Pascua no es solo un día, ¡es una temporada! Cincuenta días completos de celebración, que culminan en la gran fiesta de Pentecostés. La Iglesia, en su sabiduría, sabe que este misterio tan grande necesita tiempo para profundizarse en el corazón, para transformarnos poco a poco. Y en el centro de esta temporada está la Octava de Pascua: los ocho días que van desde el Domingo de Resurrección hasta el Domingo de la Divina Misericordia. La Iglesia celebra cada uno de esos días como si fuera el mismo día de Pascua, lo cual muestra la grandeza y la alegría de esta solemnidad.

Así que no pasemos rápido por la Resurrección. Dejemos que siga llenándonos, inspirándonos y transformándonos. Que la luz de Pascua penetre cada rincón de nuestra vida diaria—nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestra oración. Que el Señor Resucitado camine con nosotros durante estos cincuenta días… y más allá.

A todos los que han servido con tanta generosidad durante la Cuaresma y la Semana Santa—nuestros sacerdotes, diáconos, personal, voluntarios y ministros—gracias de todo corazón. Su fe y entrega son una verdadera bendición. Y a nuestros hermanos y hermanas recién bautizados y confirmados: ¡bienvenidos a la familia! Su valentía y compromiso nos llenan de alegría. Caminaremos juntos en esta hermosa aventura de la fe.

Que en esta Pascua, la luz de Cristo llene sus corazones y sus hogares. Que su paz los rodee, su amor los sostenga, y su alegría los impulse a salir al mundo a compartir la Buena Nueva.

Con todo mi cariño y bendiciones pascuales,

Mons. Cuong M. Pham