Queridos hermanos y hermanas,
Con el Miércoles de Ceniza, damos inicio a la Cuaresma, un tiempo sagrado de reflexión y conversión. Como católicos, este período nos invita al autosacrificio, no solo como un acto de disciplina, sino como un camino para acercarnos más a Cristo. Durante la Cuaresma, elegimos conscientemente renunciar a ciertos placeres o hábitos que nos distraen, no solo para fortalecer nuestra voluntad, sino para profundizar nuestra relación con Dios. Al hacerlo, aprendemos a controlar nuestros impulsos, priorizamos nuestro crecimiento espiritual y expresamos nuestro sincero deseo de alejarnos del pecado.
Recuerdo la historia de un padre que animó a sus hijos a ir más allá de simplemente renunciar a los dulces y, en su lugar, dejar un mal hábito. Uno de ellos decidió evitar pelear con sus hermanos, pero a mitad de la Cuaresma confesó: “Me va bien, papá, ¡pero ya quiero que llegue la Pascua!” Su respuesta nos hace sonreír, pero también nos recuerda que la Cuaresma no es solo una pausa temporal, sino un llamado a una conversión auténtica y duradera. Se trata de transformar el corazón y los hábitos no solo por cuarenta días, sino como un paso hacia la santidad.
Este tiempo nos brinda la oportunidad de examinar nuestra vida y reconocer aquello que nos aleja de Dios. Más allá de la abstinencia de carne los viernes, la Cuaresma nos llama a dejar atrás actitudes y costumbres que afectan nuestro crecimiento espiritual: la impaciencia, la pereza, el uso excesivo del teléfono, el chisme, la falta de oración, la procrastinación o el deseo de controlar a los demás. Es un momento para hacer espacio en nuestra vida para Dios, aprendiendo a depender más de Él y menos de las distracciones del mundo.
Sin embargo, la Cuaresma no se trata solo de sacrificio, sino también de renovación y crecimiento. Así como renunciamos a ciertos hábitos, también podemos adoptar otros que nos ayuden a mejorar: organizar mejor nuestro tiempo, ser más pacientes con los demás, ayudar al prójimo, practicar la gratitud, cuidar nuestra salud o fortalecer nuestra vida de oración. Estas prácticas no solo nos enriquecen personalmente, sino que fortalecen nuestra relación con Dios.
Aunque es un tiempo de austeridad, la Cuaresma no nos impide experimentar la alegría. Al reducir la búsqueda constante de placer, nos abrimos a la posibilidad de descubrir la felicidad en su forma más pura. Cuando vivimos estos momentos de gozo, los reconocemos como regalos de Dios. Por ello, la Cuaresma no se trata únicamente de renuncia, sino también de incorporar actos de bondad en nuestras vidas y en las de los demás, alineándonos con las enseñanzas de Jesús.
Un aspecto fundamental de este tiempo es el Sacramento de la Reconciliación. Les animo a acercarse a la Confesión, una oportunidad maravillosa para limpiar nuestro corazón y recibir la gracia sanadora de Dios. Como nos recuerda San Pablo: “Ahora es el tiempo aceptable, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,2). No posterguemos la oportunidad de experimentar su misericordia y comenzar de nuevo.
Que esta Cuaresma sea un tiempo de gracia, renovación y mayor cercanía con Cristo. Que el Señor los bendiga y los llene de su paz.
Fielmente suyo en Cristo,
Mons. Cuong M. Pham
