19 DE JULIO, 2026

Queridos feligreses,

Una de las mayores bendiciones de mi reciente viaje a Vietnam fue la oportunidad de regresar al pueblo de donde proviene mi familia. Al caminar una vez más por los campos de arroz, recordé que los agricultores poseen una sabiduría que muchos de nosotros hemos olvidado. Ellos saben que el crecimiento no puede apresurarse. Un campo nunca es perfecto. Junto a las espigas sanas siempre hay maleza, terrenos resecos y señales de imperfección. Sin embargo, ningún agricultor con experiencia pasa los días preocupado por la maleza. Más bien, cuida el cultivo con paciencia, confiando en que, a su debido tiempo, el grano madurará y llegará la cosecha.

Desde ese momento, esa imagen no ha dejado de acompañarme, porque es precisamente la lección que Jesús nos quiere enseñar en el Evangelio de este domingo. Cuando los siervos descubren la maleza que ha crecido entre el trigo, quieren arrancarla de inmediato. Parece la solución más lógica. Sin embargo, el dueño les dice que esperen. Si arrancan la maleza demasiado pronto, también podrían arrancar el trigo. A veces, la paciencia es más sabía que el perfeccionismo.

¿No sucede lo mismo en nuestra propia vida? Con demasiada frecuencia solo vemos la “maleza” de nuestra vida: nuestros defectos, nuestras caídas, nuestros malos hábitos y aquellas oraciones que parecen no recibir respuesta. Nos desanimamos porque fijamos la mirada en lo que todavía necesita cambiar, en lugar de reconocer todo lo que Dios ya ha comenzado a realizar en nosotros. Y lo mismo puede sucedernos con los demás: los juzgamos demasiado pronto por sus debilidades, sin darnos cuenta de que la gracia de Dios sigue obrando silenciosamente en sus corazones.

El Libro de la Sabiduría nos recuerda que Dios no nos trata de esa manera. Aunque es todopoderoso, gobierna con misericordia y paciencia (cfr. Sabiduría 12, 13.16-19). Su fuerza se manifiesta, no en la severidad, sino en la compasión. Dios nunca se da por vencido con nosotros, porque siempre ve en nosotros mucho más de lo que nosotros mismos alcanzamos a ver. Nunca deja de creer que un pecador puede llegar a ser un santo.

San Pablo nos ofrece otra hermosa certeza: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Romanos 8:26-27). Incluso cuando sentimos que estamos fallando o no sabemos cómo orar, Dios no nos ha abandonado. Nuestras debilidades nunca son el último capítulo de nuestra historia, porque la gracia de Dios siempre está actuando, aun cuando nosotros no la percibamos.

Jesús nos presenta luego dos breves parábolas llenas de esperanza. Una diminuta semilla de mostaza llega a convertirse en un gran árbol. Un poco de levadura hace fermentar toda la masa. Así suele crecer el Reino de Dios: de manera silenciosa, casi imperceptible. La mayor parte del bien que hacemos cada día parece pequeña: una palabra de ánimo, una respuesta paciente, una visita a quien está solo, una oración por un ser querido, enseñar a un niño a hacer la señal de la cruz o un sencillo gesto de perdón. Nada de esto parece extraordinario. Sin embargo, en las manos de Dios puede producir frutos mucho más grandes de lo que jamás llegaremos a imaginar.

Este es un mensaje que nuestro mundo necesita escuchar. Vivimos en una cultura que busca resultados inmediatos y éxito visible. Dios, en cambio, nunca tiene prisa. Él obra con paciencia, en silencio y con fidelidad. Solo nos pide que sigamos sembrando buena semilla y le dejemos a Él el tiempo de la cosecha.

Como su pastor, doy gracias a Dios cada día por los innumerables pequeños gestos de amor que descubro en nuestra parroquia. Los veo en el voluntario que ofrece discretamente una hora de servicio; en el feligrés que participa fielmente en la Misa diaria; en los padres que enseñan a sus hijos a rezar; en el joven que elige la virtud antes que la popularidad; en la familia que abre su corazón al vecino necesitado; y en tantas obras de caridad que nadie aplaude, excepto Dios. Todos esos pequeños actos de amor están construyendo, día tras día, el Reino de Dios entre nosotros.

No permitamos que la maleza nos robe la esperanza. Que Nuestra Señora del Monte Carmelo nos enseñe a confiar como ella confió, creyendo que, aun cuando la obra de Dios parezca oculta, Él está preparando silenciosamente una cosecha que un día llenará su Reino.

En Cristo,
Mons. “Juan” Cuong M. Pham