17 de noviembre de 2024

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En este 33º Domingo del Tiempo Ordinario, nos acercamos al final del año litúrgico y nos preparamos para celebrar la Fiesta de Cristo Rey la próxima semana. La Iglesia nos invita en este tiempo a reflexionar sobre “las cuatro últimas cosas”: la Muerte, el Juicio, el Cielo y el Infierno. Aunque estos temas pueden sonar difíciles, son verdades esenciales que nos ayudan a poner nuestra vida en perspectiva, recordándonos que somos parte del plan eterno de Dios. Reflexionamos sobre la primera venida de Jesús como nuestro Salvador, su retorno prometido al final de los tiempos y su presencia constante en nuestra vida diaria.

Es un momento del año en el que notamos cambios importantes en la naturaleza. Los días se acortan, las noches se hacen más largas y el frío del invierno se empieza a sentir. Las hojas, antes llenas de color, caen al suelo y los árboles quedan desnudos, como si estuvieran dormidos. Parece que la creación misma nos está invitando a reflexionar sobre la fragilidad de la vida y a recordar que todo tiene su fin. Estos cambios nos hacen pensar en el paso del tiempo y en el viaje de nuestra alma hacia la eternidad.

Me viene a la mente una historia graciosa. Un catequista preguntó a su clase: “Si vendiera mi casa y mi coche, y donara todo a la Iglesia, ¿me ganaría el Cielo?” Los niños respondieron: “¡NO!” El catequista continuó: “Si limpiara la Iglesia todos los días, cortara el césped y la mantuviera impecable, ¿me ganaría el Cielo?” Los niños volvieron a decir: “¡NO!” Probó una vez más: “Si fuera amable con los animales, diera dulces a los niños y amara a mi esposa, ¿me ganaría el Cielo?” Los niños gritaron: “¡NO!” Finalmente, el catequista preguntó: “Entonces, ¿cómo puedo entrar al Cielo?” Y un niño pequeño respondió: “¡TIENES QUE MORIR!”

Este niño, con su respuesta inocente, nos recuerda una verdad que muchas veces no queremos enfrentar: la vida es corta y nuestro tiempo aquí es limitado. En el Evangelio de hoy, Jesús habla de su segunda venida y usa imágenes fuertes, describiendo señales en el cielo y en la tierra (cfr. Mc 13:24-32). Estas palabras pueden parecernos inquietantes, pero no buscan asustarnos, sino darnos esperanza. Jesús nos promete que, cuando Él regrese, cumplirá la promesa de Dios de llevarnos a la vida eterna. Nos llama a estar alertas, preparados para recibirlo en cualquier momento.

La parábola de la higuera que escuchamos hoy es perfecta para esta temporada. Así como los brotes de la higuera anuncian la llegada del verano, las hojas que caen de los árboles nos recuerdan que nuestra vida terrenal es pasajera. Pero esto no es motivo de tristeza; es una invitación a vivir con conciencia y a reconocer a Cristo en nuestra vida diaria.

¿Cómo podemos hacer esto? Buscando a Cristo en cada encuentro: en la sonrisa de un amigo, en el perdón ofrecido a un ser querido, en el consuelo que damos a alguien que sufre. Podemos preguntarnos: “¿Estoy listo para encontrarme con el Señor hoy? ¿Estoy viviendo con el amor y la integridad que me gustaría presentar ante Él?” En lugar de temer al futuro, debemos abrazar cada día como una oportunidad para acercarnos más a Dios.

Imaginen si supiéramos que solo nos queda un año de vida. ¿Qué haríamos diferente? ¿Dedicaríamos más tiempo a amar a nuestra familia, a reconciliarnos con los demás, a profundizar nuestra fe? Esta es la invitación de las lecturas de hoy: vivir cada día como si fuera el último, llenos de amor y preparados para el encuentro con nuestro Señor.

La naturaleza se está preparando para el invierno, pero sabemos que después del invierno viene la primavera. De igual manera, nuestra vida en la tierra es una preparación para una nueva vida con Dios. Aprovechemos este tiempo para reflexionar, para estar agradecidos y para abrir nuestro corazón a la presencia de Cristo.

Que el Señor nos dé la gracia de vivir con esperanza y alegría, esperando el día en que podamos verle cara a cara.

Con amor en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham