16 de febrero de 2025

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Les envío un saludo lleno de esperanza y paz en el Señor. Al reunirnos este VI Domingo Ordinario para escuchar Su Palabra, quiero invitarlos a hacer una pausa y reflexionar sobre una pregunta que todos enfrentamos en algún momento de la vida: ¿En quién o en qué están depositando su confianza?

Vivimos en un mundo que los empuja a depender de sus propias fuerzas. Les enseñan que, con suficiente esfuerzo, dinero, reconocimiento o la aprobación de los demás, pueden asegurarse un futuro sin preocupaciones. Pero ¿qué tan cierto es esto? Un cambio inesperado en el trabajo, una crisis económica, una enfermedad, una traición… y todo aquello que parecía firme de repente se tambalea. Nos damos cuenta de que, por más que intentemos controlar nuestra vida, hay muchas cosas que escapan de nuestras manos.

La Escritura de este Domingo nos ofrece una respuesta clara. El profeta Jeremías nos dice:
“Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone en él su esperanza. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente y no teme cuando llega el calor” (Jeremías 17:7-8). En cambio, quien deposita su seguridad únicamente en sus propias fuerzas es como un arbusto seco en el desierto, sin raíces profundas, vulnerable a cualquier tormenta.

Jesús, en el Evangelio de hoy, también nos desafía con palabras que parecen ir en contra de la lógica del mundo: “Bienaventurados los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los que son rechazados por causa del Hijo del Hombre” (Lucas 6:20-22). Si lo analizan desde una perspectiva humana, podrían preguntarse: ¿Cómo pueden ser una bendición la pobreza, el sufrimiento o el rechazo? Pero Jesús nos enseña que aquellos que confían solo en las riquezas, en el reconocimiento social o en sus propios planes, tarde o temprano se encuentran vacíos. En cambio, los que ponen su confianza en Dios encuentran una paz que nada ni nadie puede arrebatarles. Una paz que no depende de las circunstancias, sino de la certeza de que Dios es nuestro refugio y sostén en todo momento.

Tal vez hoy se sienten agobiados por problemas económicos y creen que todo depende de ustedes. Quizás están preocupados por el futuro de su familia, cargando con un dolor que pocos conocen, o sintiéndose desanimados por el rechazo o la indiferencia de otros. Tal vez han buscado aprobación en redes sociales, en el éxito profesional o en el reconocimiento de los demás, solo para descubrir que esas cosas son pasajeras. Pero cuando ponen su confianza en Dios, Él transforma sus preocupaciones en esperanza, su miedo en fortaleza y su sufrimiento en bendición.

En medio de todo esto, el Señor les dice: “No tengan miedo. Confíen en mí. Yo sostendré sus vidas.” Confiar en Dios no significa que no habrá dificultades, sino que tenemos la certeza de que no estamos solos. El Papa Francisco nos recuerda: “Confiar en el Señor significa entrar en sus designios sin exigir nada, incluso ante las pruebas y obstáculos.” (Audiencia General, 23 de mayo de 2018).

Entonces, hermanos y hermanas, de nuevo les pregunto: ¿En quién o en qué están depositando su confianza?

Esta mañana, les hago una invitación concreta: entréguenle al Señor una preocupación que les robe la paz. Ya sea su futuro, su salud, su familia o una carga personal, pónganlo en Sus manos. Tómense un momento para orar, para soltar el miedo y para dejar que Dios tome el control. Cuando nos rendimos a Él, Su gracia nos sostiene y Su amor nos da fuerza.

Bienaventurados los que esperan en el Señor, porque jamás serán defraudados.

Con fe y amor en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham