16 DE AGOSTO, 2026

Queridos hermanos y hermanas,

El domingo pasado conocí a una persona que había comenzado a venir recientemente a nuestra
parroquia. Después de la Misa, me dijo algo que se me quedó grabado: “Creo que por fin he encontrado mi hogar aquí, en esta iglesia.” Aquellas palabras llamaron inmediatamente mi atención y me conmovieron profundamente.

A veces olvidamos lo que se siente al entrar por primera vez en una iglesia. Nosotros sabemos dónde sentarnos, reconocemos los rostros a nuestro alrededor y sabemos cuándo ponernos de pie y cuándo arrodillarnos. Pero para alguien nuevo, todo puede resultar desconocido. Quizás se pregunte en silencio: ¿Seré bienvenido aquí? ¿Alguien se fijará en mí? ¿Habrá un lugar para mí? Tal vez por eso aquellas palabras —“por fin he encontrado mi hogar aquí”— significaron tanto para mí. Como pastor, eso es precisamente lo que deseo que algún día pueda decir cada persona que cruce las puertas de nuestra iglesia.

Este domingo, la Palabra de Dios nos dice que este es también el sueño de Dios. Por medio del profeta Isaías, el Señor habla de los extranjeros que vienen a buscarlo y promete llevarlos a su monte santo y llenarlos de alegría en su casa de oración. Y luego escuchamos aquellas hermosas palabras que deberían estar escritas no solo sobre las puertas de cada iglesia, sino también en el corazón de cada cristiano: “Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56, 6-7).

En el Evangelio encontramos a una mujer que fácilmente podría haberse preguntado si había un lugar para ella (cfr. Mateo 15, 21-28). Es una mujer cananea que se acerca a Jesús suplicando por su hija. Es extranjera, considerada una persona de fuera, y hasta los discípulos quieren que Jesús la despida. Pero ella no se va. Sigue llamando, sigue pidiendo y, sobre todo, sigue creyendo. Finalmente, Jesús le dice: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” Los demás vieron a una extranjera. Los discípulos vieron a alguien que molestaba. Jesús vio una fe inmensa.

Muchas veces las personas llegan a Dios cargando mucho más de lo que podemos ver. Detrás del rostro de quien está sentado a nuestro lado en la iglesia puede haber un largo camino recorrido, un problema familiar, una soledad, una decepción, una adicción o una oración repetida en silencio durante años. Como aquella mujer cananea, quizás simplemente están buscando un lugar donde poder llevar lo que guardan en el corazón.

Aquí es donde la Iglesia debe ser diferente del mundo. El mundo sabe muy bien dividir a las personas: los que pertenecen y los que no; los que hablan nuestro idioma y los que no; los que conocemos y aquellos que consideramos extraños. Dios mira más profundamente. Él ve a sus hijos.

Esta verdad tiene un significado especial para nuestra familia parroquial. Cada domingo entran por nuestras puertas personas con diferentes idiomas, culturas, historias, alegrías y heridas. Algunas han rezado aquí durante generaciones; otras acaban de llegar. Algunas conocen a casi todos; otras quizás todavía no conocen a nadie. Sin embargo, todos nos acercamos al mismo altar, recibimos al mismo Señor y llamamos Padre al mismo Dios. Esa es la belleza de la Iglesia.

Quizás, entonces, el Evangelio nos deja esta semana esta pregunta: Cuando alguien entra por las puertas de nuestra iglesia, ¿qué encuentra? ¿Encuentra solamente una iglesia donde se celebra la Misa, o encuentra un lugar donde puede decir: “Aquí estoy en casa”? A veces la diferencia está en algo muy pequeño: una sonrisa, un saludo, hacernos a un lado para dejar espacio en el  banco, presentarnos a alguien que nunca hemos visto o acercarnos a la persona que está sola después de Misa. Tal vez nunca sepamos qué camino la llevó hasta nuestras puertas, ni cuánto puede significar para ella un sencillo gesto de bondad.

Que siempre haya lugar en nuestra mesa, lugar en nuestros bancos y, sobre todo, lugar en nuestros corazones. Esta parroquia no pertenece a un solo idioma, a una sola cultura, a una sola generación ni a un solo grupo. Pertenece a Cristo. Y si pertenece a Cristo, entonces debe ser verdaderamente “una casa de oración para todos los pueblos.

Fielmente suyo en Cristo,
Mons. “Juan” Cuong M. Pham