Querida familia parroquial,
Este fin de semana, celebramos con alegría el Día del Padre, y al mismo tiempo, nos sumergimos en el misterio hermoso de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. ¡Qué providencia divina que estas dos celebraciones coincidan! Porque hablar de la Trinidad es hablar del amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un amor que también se refleja en la vocación de ser padre aquí en la tierra.
Un niño pequeño dijo una vez en broma: “El Día del Padre es como el Día de la Madre, pero con un regalo más barato.” Aunque lo dijo en tono de juego, sus palabras nos invitan a pensar: tal vez no celebramos este día con tanta emoción, pero su significado es profundo. Es un día para dar gracias por todos los hombres que, de una forma u otra, han sido padres para nosotros: nuestros papás, padrastros, abuelos, padrinos, sacerdotes, catequistas y amigos que han dejado huella en nuestro corazón.
La primera lectura de este Domingo nos habla de la Sabiduría de Dios, presente antes de la creación, que se deleita con los hijos de los hombres (cfr. Proverbios 8, 22-31). Así es nuestro Dios: un Padre que se goza con nosotros, que nos acompaña con ternura. Ese es el modelo de todo padre: no dominar, sino acompañar con amor.
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cfr. Romanos 5, 1-5). En tiempos en que muchos cargan heridas por la ausencia o el dolor causado por figuras paternas, esta verdad nos consuela: nunca estamos solos. Tenemos un Padre celestial que nos ama, nos sana y camina con nosotros.
El Evangelio de hoy nos habla del Espíritu que vendrá para guiarnos a la verdad (cfr. Juan 16, 12-15). Es el mismo Espíritu que une al Padre y al Hijo, y que ahora vive en nosotros. La Trinidad no es una idea abstracta, es una familia divina, una comunión de amor. Y eso es lo que estamos llamados a vivir también en nuestras familias.
Les comparto algo personal: desde hace cuatro años, el Día del Padre es agridulce para mí, porque mi papá ya no está conmigo físicamente. Pero su voz, su fe, sus enseñanzas aún me acompañan. También doy gracias por tantos hombres—sacerdotes y laicos—que han sido padres espirituales en mi vida. Gracias a ellos, entiendo que ser padre es mucho más que un lazo de sangre: es una entrega del corazón.
Como sacerdote, no tengo hijos propios, pero tengo muchos hijos espirituales—ustedes, mi comunidad—que me llaman “Padre”. Ese título me llena de humildad y gratitud. Rezo para ser un buen padre para ustedes, con cariño, responsabilidad y fe.
A los que han tenido un buen padre: ¡den gracias a Dios! A los que sufren por la ausencia de uno: abrácense al Padre del cielo, que nunca falla. Y a todos los hombres que viven la vocación de la paternidad en cualquier forma: ¡gracias! Hoy más que nunca, necesitamos padres firmes en la fe, generosos en el amor y cercanos como San José.
Que en este Día del Padre podamos honrar a quienes nos han amado como padres, y que todos sigamos aprendiendo del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡Les deseo a todos un feliz Día del Padre!
Monseñor Cuong M. Pham
