14 Septiembre de 2025

Queridos feligreses en Cristo,

Este domingo, la Iglesia en todo el mundo celebra la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Al principio puede parecernos extraño —¿por qué exaltar un instrumento de sufrimiento y muerte? Pero desde los primeros siglos, la Cruz ha sido levantada en alto, no como un signo de derrota, sino como el instrumento mismo de nuestra salvación. La historia se remonta al siglo IV, cuando Santa Elena, madre del emperador Constantino, viajó a Jerusalén y descubrió la Verdadera Cruz en la que murió Jesús. Poco después se construyó la Basílica del Santo Sepulcro sobre el Calvario y fue dedicada el 14 de septiembre. Desde entonces, cada año la Iglesia hace memoria de que la Cruz, antes símbolo de vergüenza, es ahora signo de victoria.

Las lecturas de este domingo nos lo recuerdan con fuerza. En el desierto, cuando serpientes mordían al pueblo, Moisés levantó una serpiente de bronce y los que la miraban quedaban sanos (Números 21, 4–9). El mismo Jesús recordó esto cuando le dijo a Nicodemo: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna» (Juan 3, 14–15). Y San Pablo nos dice que Cristo Jesús «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo» (Filipenses 2, 8–9). Lo que parecía una derrota total, Dios lo transformó en gloria.

Yo conozco esta verdad no sólo por la Palabra de Dios, sino también por mi propia vida. Crecí en Vietnam después de la guerra y sufrí las duras persecuciones del comunismo, que obligaron a millones de nuestro pueblo a huir como “boat people”, muchos de los cuales murieron en el mar. Después llegué a los Estados Unidos con las manos vacías y un futuro incierto. Viví en medio de la pobreza y la violencia, mientras ayudaba a mi familia en Vietnam que también sufría grandes necesidades. Eran cruces pesadas, pero no me destruyeron. Aprendí a ver la mano de Dios escribiendo derecho en renglones torcidos, transformando el sufrimiento en fortaleza y la pérdida en oportunidades de gracia.

Veo la misma verdad en la vida de mi hermano sacerdote, el Padre “Joseph” Hung Tran, su vicario parroquial. Él llegó a este país mucho después que yo, tras pasar muchos años de trabajos duros en Vietnam —en las selvas y en las ciudades— trabajando donde fuera posible como hijo mayor, para sostener a su familia en tiempos de hambre, persecución y dificultades políticas. Uno pensaría que una vida así lo habría endurecido o amargado. Pero ustedes lo conocen: es una de las personas más alegres que se pueden encontrar, siempre positivo y siempre viendo lo bueno en los demás. Para mí, él es otro signo vivo de la victoria de la Cruz.

También veo la Cruz vivida con fe en muchos de ustedes, mis feligreses. Esta semana, un joven vino a verme, cargado con malas decisiones y profundos remordimientos, pero con la valentía de regresar a Dios, a su familia y a la Iglesia. Otro hombre, marcado por años de adicción y rechazo, ha comenzado a encontrar la paz nuevamente en la oración y en los sacramentos. Y una mujer vino a confesarse, llorando por el dolor de su vida: un esposo abusivo, un hijo rebelde, una hija que no la respeta y su propia salud frágil. Y sin embargo, no pidió compasión, sino oraciones por aquellos a quienes ama. En todos estos casos, las cruces son pesadas, pero se están convirtiendo, a través de la fe, en caminos de sanación y esperanza, porque están unidas a la Cruz de Cristo.

¿Y acaso no cargamos todos nuestras propias cruces? La cruz de ser incomprendidos o rechazados, la cruz de la enfermedad o la preocupación por un ser querido, la cruz de las deudas o de responsabilidades que nos abruman, la cruz de la soledad, de las adicciones, de heridas antiguas, de relaciones tensas o rotas. Son reales y pesadas. Pero la Fiesta de la Santa Cruz nos recuerda que no carecen de sentido. Dios no nos abandona en nuestro dolor: entra en él con nosotros.

Por eso, exaltemos la Cruz este domingo, no como una reliquia del pasado, sino como nuestra esperanza presente. Cada vez que hagan la Señal de la Cruz, háganlo con fe y amor. Pongan en ella sus luchas, sus heridas, sus cargas, y entréguenlas a Cristo. Porque es allí, en ese lugar de sufrimiento, donde Dios está más cerca de nosotros; y es desde allí donde Él nos levantará.

En Cristo crucificado y resucitado,

Mons. “John” C. Pham