13 DE OCTUBRE, 2024

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hay una historia interesante que quiero compartir con ustedes. En algunas partes del mundo, para atrapar monos, usan un método muy sencillo pero efectivo. Cogen un coco, le hacen un agujero apenas lo suficientemente grande para que el mono pueda meter la mano y colocan cacahuetes dentro. Luego, amarran el coco a un árbol. El mono, atraído por el olor de los cacahuetes, mete la mano, agarra los cacahuetes, pero cuando intenta sacar la mano, no puede. Lo curioso es que, si el mono soltara los cacahuetes, fácilmente podría escapar, pero su deseo de quedarse con lo que ha agarrado lo mantiene atrapado.

En el Evangelio de este domingo, encontramos una historia parecida, pero que trata de nosotros, los seres humanos. Un joven rico se acerca a Jesús, buscando la vida eterna. Ha llevado una vida buena, sigue los mandamientos, pero cuando Jesús le pide que venda todo lo que tiene y lo dé a los pobres, el joven se va triste. Aunque quiere seguir a Jesús, su apego a las riquezas lo deja atrapado, como el mono que no puede soltar los cacahuetes.

Jesús nos dice algo fuerte: “Qué difícil es para los ricos entrar en el Reino de Dios” (Lc 18:24). Esta declaración dejó a los discípulos desconcertados, y preguntaron: “¿Quién podrá salvarse entonces?” Jesús no está diciendo que ser rico es malo en sí mismo. El problema está en cómo la riqueza afecta nuestro corazón. Las riquezas nos pueden hacer sentir autosuficientes, como si no necesitáramos de Dios. Empezamos a depender más de lo que tenemos que de Aquel que nos lo ha dado. Y sabemos que las cosas materiales no nos pueden dar paz, amor o vida eterna.

Otro peligro es que las riquezas nos amarran al mundo. Cuanto más tenemos, más queremos proteger lo que poseemos. Antes de que nos demos cuenta, dedicamos más tiempo a cuidar nuestras pertenencias que a servir a Dios y al prójimo. Jesús nos recuerda: “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6:21). Si nuestro corazón está atado a lo material, nos volvemos ciegos a los tesoros que Dios quiere darnos.

Además, la riqueza puede hacernos egoístas. El joven rico en el Evangelio seguía las leyes, pero le faltaba algo importante: la compasión por los pobres. Su apego a sus bienes le impidió compartir con los que más lo necesitaban. Jesús nos invita a vivir con un espíritu de generosidad, soltando lo que nos ata, para que podamos ser libres y compartir nuestras bendiciones con los demás.

Entonces, ¿cómo podemos poner en práctica este mensaje en nuestras vidas? Aquí les dejo algunas preguntas para reflexionar:

  1. ¿Cuáles son los “cacahuetes” en nuestras vidas? Esas cosas que nos cuesta tanto soltar, pero que nos impiden seguir plenamente a Cristo.
  2. ¿Estamos dispuestos a desprendernos de nuestros apegos, ya sea el dinero, el tiempo o incluso nuestra reputación, para poner a Dios en primer lugar?
  3. ¿Cómo podemos ser más generosos con lo que Dios nos ha dado, no solo en riquezas, sino también compartiendo nuestros talentos, tiempo y amor con los más necesitados?

Jesús nos llama a algo más que cumplir con los mandamientos. Nos llama a seguirlo con todo el corazón, a confiar en Él y vivir en libertad. Hoy se nos invita a reflexionar: ¿Qué es lo que nos impide entregarnos totalmente a Dios? Soltemos aquello que nos ata, sabiendo que lo que Jesús nos ofrece a cambio es mucho más grande de lo que podríamos imaginar.

Que el Señor nos dé la sabiduría y el valor para soltar lo que nos ata y seguirlo con todo el corazón.

Con cariño en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham