Queridos hermanos y hermanas:
Este fin de semana nuestra parroquia celebra con inmensa alegría la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo, la amada Patrona de nuestra comunidad. Desde hace 185 años, generaciones de feligreses se han encomendado, junto con sus familias, a su amorosa protección, encontrando en María una Madre fiel que nunca deja de conducirnos hacia su Hijo. ¡Qué hermoso es que este año nuestra Fiesta Patronal coincida con uno de los Evangelios más conocidos y queridos: la Parábola del Sembrador! (cf. Mt 13, 1-23).
Por medio del profeta Isaías, el Señor nos asegura que su Palabra es como la lluvia que cae sobre la tierra: nunca vuelve a Él sin haber cumplido la misión para la cual fue enviada (cf. Is 55, 10-11). Jesús nos recuerda que la semilla siempre es buena; lo que determina el fruto es la calidad del terreno que la recibe. Por eso, la pregunta que hoy el Señor nos hace es muy sencilla, pero muy profunda: ¿Qué clase de tierra es mi corazón? ¿Estoy permitiendo que la Palabra de Dios dé fruto en mi vida?
Hacia el final de mi reciente viaje a Vietnam tuve la oportunidad de hacer una breve visita a Filipinas. En Manila y Quezón City visité a uno de mis hijos espirituales, que se prepara para el sacerdocio con los Sacerdotes del Sagrado Corazón. También conocí a varios seminaristas y religiosas que han dejado su patria y a sus familias para seguir la llamada del Señor y prepararse para servir a la Iglesia.
Viven con gran sencillez, lejos de sus seres queridos, y algunos no habían recibido la visita de familiares o amigos de su país desde hacía muchos años. Sin embargo, encontré en ellos corazones llenos de paz, una perseverancia silenciosa y una alegría verdaderamente contagiosa. Mi madre y yo los invitamos a compartir una sencilla comida vietnamita. Nunca olvidaré las risas, la gratitud y la felicidad que llenaron aquella mesa. Aquel almuerzo tan sencillo me recordó una gran verdad: la verdadera alegría no nace de tener más cosas, sino de tener a Cristo en el corazón. Cuando Él ocupa el primer lugar en nuestra vida, hasta las cosas más sencillas se convierten en motivo de alegría. Ellos son esa “tierra buena” de la que habla Jesús en el Evangelio.
Al regresar a casa, me llenó de alegría descubrir esos mismos signos de fe aquí, en nuestra propia parroquia. La magnífica participación y el profundo espíritu de oración que vivimos durante el Triduo de preparación para nuestra Fiesta Patronal fueron un hermoso testimonio de una comunidad unida en la fe y en el amor a nuestra Madre Santísima. Una parroquia verdaderamente viva no se mide solamente por sus actividades o programas, sino por corazones que siguen acogiendo la Palabra de Dios y permitiendo que dé abundantes frutos.
Al celebrar la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo, el mejor regalo que podemos ofrecerle a nuestra Madre no son solamente nuestras flores, nuestras procesiones o nuestras oraciones, por hermosas que sean. El mejor regalo es un corazón como el suyo: un corazón que escucha la Palabra de Dios, confía plenamente en sus promesas y responde cada día con generosidad: «Hágase en mí según tu palabra».
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a la Sra. Nelly Gutiérrez, Coordinadora de nuestra Fiesta Patronal, y a todos ustedes, cuya dedicación, generosidad y espíritu de servicio hicieron posible una celebración tan hermosa este año. Gracias por hacer de nuestra parroquia una verdadera familia de fe.
Que Nuestra Señora del Monte Carmelo nos cubra siempre con su manto maternal, proteja a nuestras familias y nos enseñe a ser tierra fértil donde la Palabra de Dios produzca una cosecha abundante. Que ella nos acerque cada día más a su Hijo Jesucristo.
En Cristo y Nuestra Señora del Monte Carmelo,
Mons. “Juan” Cuong M. Pham
