11 de febrero de 2024

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Con la celebración del Miércoles de Ceniza de esta semana, comenzaremos la santa temporada de Cuaresma. Esta temporada nos ofrece, como católicos, una oportunidad para participar en la valiosa tradición del autosacrificio. Es un tiempo en el que conscientemente elegimos abstenernos de ciertos placeres y hábitos, no solo como un acto de disciplina, sino como un profundo gesto de alineación con el espíritu sacrificial de Cristo. Este acto de “renunciar” cumple múltiples propósitos: nos enseña autocontrol, redirige nuestro enfoque de las persecuciones materiales al enriquecimiento espiritual y, lo más importante, significa nuestro arrepentimiento por nuestros pecados y nuestro anhelo de caminar más cerca de Cristo.

Me viene a la mente una historia conmovedora sobre un padre que animó a sus hijos a ir más allá de la práctica habitual de renunciar a los dulces por la Cuaresma. Los instó a renunciar a un hábito pecaminoso en su lugar. A mitad de la Cuaresma, preguntó cómo les iba con sus promesas cuaresmales. Un hijo, que había prometido dejar de pelear con sus hermanos, respondió: “Me va bastante bien, papá, ¡pero vaya que estoy esperando la Pascua!”. Esta respuesta, aunque entrañable, revela una comprensión parcial de la verdadera esencia de la Cuaresma. La Cuaresma no es solo una pausa temporal del pecado; se trata de una conversión profunda y duradera. Requiere una transformación completa de nuestras vidas para encarnar los caminos de Cristo, abandonando el pecado no solo por una temporada sino para siempre.

Me gusta pensar en la Cuaresma como un tiempo para reconocer y renunciar al control que ciertos comportamientos o inclinaciones tienen sobre nosotros. Se trata de permitir que Dios tome las riendas de nuestras vidas. El concepto de “desapego” se discute a menudo durante este período. Implica que, al estar menos ocupados con asuntos mundanos, hacemos más espacio para Dios en nuestras vidas. Además de la tradicional abstinencia de carne los viernes, la Cuaresma ofrece la oportunidad de renunciar a varias otras cosas: ver demasiada televisión, chismear compulsivamente, hábitos alimenticios poco saludables o cualquier vicio que impida nuestro crecimiento espiritual, como la pereza, la procrastinación, la falta de pasión o celo, o la tendencia a ejercer control o influencia sobre los demás, etc. Se trata de identificar nuestras luchas personales y centrar nuestra disciplina cuaresmal en superarlas.

Lejos de centrarse únicamente en el sacrificio, la Cuaresma es igualmente un tiempo para la transformación positiva y el crecimiento. Puede tratarse de adoptar mejores hábitos: uso responsable del dinero y del tiempo, moderación en la comida y la bebida, mantener un horario de sueño saludable, mejorar la organización personal, reducir el uso de internet o la dependencia de las redes sociales, o participar en la oración diaria y la meditación de las Escrituras. Estas prácticas no solo son beneficiosas para nuestro bienestar físico, sino también inmensamente nutritivas para nuestras almas.

Sin embargo, la austeridad de la Cuaresma no nos impide experimentar alegría y celebración. Se trata de pausar nuestra incesante búsqueda del placer y permitirnos ser sorprendidos por la alegría en su forma más pura. Cuando experimentamos estos momentos de felicidad, los reconocemos como regalos de Dios. Así, la Cuaresma no se trata únicamente de renuncia; también se trata de incorporar actos de bondad en nuestras vidas y en las vidas de los demás, alineándonos con las enseñanzas de Jesús.

Un aspecto significativo de la Cuaresma es el Sacramento de la Reconciliación. Les animo a visitar nuestra parroquia u otras iglesias para participar en la Confesión. Recuerden, la obra transformadora de Dios en nuestras vidas comienza cuando abrimos nuestros corazones a Su gracia. Como nos recuerda San Pablo, “ahora es el tiempo aceptable, ¡ahora es el día de la salvación!” (2 Cor 6:2). No demoremos en abrazar esta sagrada oportunidad.

Deseándoles una temporada de Cuaresma llena de alegría y renovación, me despido.

Fielmente suyo en Cristo,

Mons. Cuong M. Pham