10 DE MARZO DE 2024

Queridos hermanos y hermanas,

En este Cuarto Domingo de Cuaresma, conocido como Domingo Laetare, nos encontramos en un momento especial de nuestro camino espiritual, un tiempo para la alegría en medio de nuestra reflexión y penitencia. “Laetare”, que significa “alegrarse”, nos señala un rayo de luz en nuestra peregrinación cuaresmal, recordándonos la alegría y esperanza que la Resurrección de Cristo promete. El uso de vestimentas color rosa por el sacerdote hoy simboliza esa luz de Cristo que disipa las sombras de la Cuaresma con la promesa de la Pascua.

En las lecturas de la misa de hoy, somos abrazados por un profundo mensaje de esperanza y misericordia divina, temas que resuenan en las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de nuestra Iglesia. Este mensaje está magníficamente expresado en “Misericordiae Vultus” (“El Rostro de la Misericordia”) del Papa Francisco, donde describe el pacto de Dios con la humanidad como una “historia de misericordia”. Esta historia de compasión y ternura divinas es un relato de amor que alcanza su clímax en la Encarnación del Hijo de Dios, Jesucristo, la Misericordia hecha carne.

El Santo Padre nos recuerda que la Cuaresma es un “momento privilegiado” para vivir con mayor intensidad la experiencia de la misericordia de Dios. Nos llama a cada uno de nosotros a encontrarnos con Jesús, quien nos extiende su misericordia e invita a acogerla plenamente. Siguiendo las palabras de San Benito, esta temporada de Cuaresma nos reta a hacer “algo más”, un gesto que va más allá de nuestros sacrificios habituales, para abrir nuestros corazones a esta misericordia divina.

El tema cuaresmal de arrepentimiento, la conversión del corazón, requiere de una profunda introspección sobre nuestra propia esencia. La conversión va más allá de un simple cambio superficial; implica permitir que nuestros corazones sean transformados por la misericordia de Dios. Frente al dolor o al malentendido, por ejemplo, es fácil reaccionar o guardar resentimiento. Pero, ¿qué tal si optamos por dejar que ese dolor nos traspase, guiándonos a una comprensión más profunda y a la Presencia misericordiosa de Dios?

Entonces, debemos poner especial atención a nuestros corazones. Que los desafíos y dolores que enfrentamos no nos lleven a la reactividad, sino hacia una conversión más profunda, una transformación impulsada por la misericordia. Esta virtud es un remedio poderoso contra cualquier inclinación que nos aleje del amor de Dios y de la plenitud de vida que Él ofrece.

Por eso, los invito a reflexionar: ¿Qué “algo más” podemos hacer esta Cuaresma para abrir nuestros corazones de lleno a la misericordia de Dios? ¿Cómo podemos encarnar esa misericordia en nuestras acciones, pensamientos e interacciones con los demás?

En una nota personal, mientras leen esta carta, estoy en Phoenix, Arizona, ofreciendo un retiro sobre el tema de la misericordia de Dios en una parroquia, por invitación del Vicario para los Sacerdotes de esa diócesis, un antiguo colega mío en Roma. Luego, viajaré a Orange, California, para dirigir otro retiro para sacerdotes y líderes laicos de esa diócesis sobre el mismo tema, por invitación del Obispo de Orange. Tengan por seguro que están en mis oraciones durante estas misiones.

Les animo a reservar la fecha para nuestro propio Retiro Parroquial el próximo sábado con el Padre Joseph Gibino, Vicario de Evangelización y Catequesis de nuestra diocesis. Será una maravillosa oportunidad para reunirnos como comunidad y profundizar en nuestra comprensión y experiencia del amor misericordioso de Dios.

Con oraciones sinceras y bendiciones,

Mons. Cuong M. Pham